lunes, 31 de marzo de 2014

Ending

Me dolió que me dejaras de leer. Quizá el cuentito del aborto fue demasiado. Quizá es confuso asomarte a este lado de mi existencia y reconocerte amado, odiado, deformado por mis recuerdos. Es posible que hayas empezado a notar episodios que no parecían ficción y hablaban de alguien más. Quizá eso no te gustó. Quizá es todo cosa y mía y no sólo no te importe, sino que todo haya sido mi imaginación y nunca hayas sabido de la existencia de este blog.

Nunca sabrás qué es autobiográfico y qué es prestado. No te lo diré nunca, sobre todo porque yo misma no lo sé. Los recuerdos son mentiras, dice Nacho Cano. Y sí. De nuestra historia, ya nunca sabré qué tanto inventé, qué tanto sucedió realmente. Sólo ahora me doy cuenta que tal vez no estuviste y le hablaba a un espejismo. 

Ha sido difícil volver a escribir. Sobre todo porque carezco ya de interlocutores. Lo he dejado. La búsqueda, pues. Creí que te importaba, que me entendías. Yo no sé qué fue todo eso, pero para pronto y en mi mundo te quedaste con la señorita que admite públicamente ser fan de cosméticos por catálogo y que no pudo sobrevivir en nuestro salvaje mundo. La que te necesita. La que es el amor de tu pinche vida y tiene lo que yo no. Llevo casi dos años de terapia tratando de asimilar eso: que puedas encontrar a otro ser humano, apasionarte con él, descubrir la posibilidad de una inmensa felicidad en sus ojos y que, después de mil aventuras prometidas, prefiera quedarse a ver la telenovela de las nueve. Porque sí. Y que te mienta tanto... Tú vas a decir que no, que nunca me dijiste nada que no fuera cierto. Pinche puto. Como si decirle a alguien que te estás enamorando de ella no implicara al menos una esperanza a tanto amor tirado a la basura. Como si la epifanía de la compatibilidad no pareciera una promesa. Me mentiste de la peor manera. Y yo me lo quise creer, todos los días, me aferré al instante y a dártelo todo porque, como bien dijiste una vez, no me guardé nada. Tú miraste mi alma abierta en canal, como una Frida cualquiera y sólo tuviste excusas. No pudiste decirme que me fuera a la mierda, aunque todos tus actos lo gritaban. Me quedé hasta que no pude más. Desde luego, tú no hiciste nada. No harás nunca nada y me duele decirlo, saberlo. Porque yo hubiera dado mi pinche vida por ti. Porque no amé nunca a nadie así.

Te odio terriblemente, porque no pudiste -no quisiste- quererme. Así. Y te necesito fuera, te necesito lejos. Todavía duele. Sobre todo porque contigo se me fueron las ganas de enamorarme. Se acabaron. Ya no creo, aunque quiera creer. Tengo algo muy roto, irremediablemente roto, porque la vida, contigo, me hizo la majadería de mostrarme que mi alma gemela existe, sólo que no quiere estar conmigo.

jueves, 6 de marzo de 2014

¿Sabes qué? No te olvido. No olvido tu cuerpo, ni tus manos, ni tu sexo. Dios, cómo extraño tu sexo. Tan perfecto, tan mío, tan de ella, pero también tan mío. Las madrugadas nos hacían una sola cosa, no había más sudor que el nuestro. Ni siquiera sé cómo decirlo, cómo decirme que tus ojos se clavaban en los míos y éramos materia flexible, húmeda, eterna. Que el corazón se me salía de ansiedad mientras te apresaba entre las piernas para no dejarte ir nunca.

Ya no sabré si me amaste. Probablemente no. Y sé que hablarás con ella esta noche y me moriré de rabia y no entenderé nunca cómo fue que decidiste llevarte la poesía de nuestras noches. Te buscaré: en todas las noches, en todos los cuerpos, siempre.

miércoles, 26 de febrero de 2014

II

Hay algo con los niños muertos. Un hilo de sangre. Todo empieza con un hilo de sangre o de cualquier fluido corporal espeso. Semen y sangre. Semen, sangre, sexo. Soy como un pez, como un bicho ciego que se mueve en el agua guiado por puro instinto. Del regusto metálico que me dejas en la boca, repto hacia tus dientes, que se cierran, crueles, sobre alguna pieza de mi carne. Ya no sé cuál.

Abro los ojos y mis huesos han dejado de ser gelatina. Se han vuelto estacas afiladas que no encuentran cobijo entre tu piel. Me marcho, antes de que tú decidas que es tarde. Somos un buen cliché, enemigos de la luz, gatos rencorosos. Un día cualquiera -así son ellos- empiezo a saber que algo me crece dentro, tan tuyo y tan mío. Sombrío, el niño se apodera de mis sueños y a veces parece más un verdugo que un hijo. El niño. Con sus ocho semanas llenas de uñas aterroriza horas llenas de fantasmas sin cara ni dueño.

A veces tiene un nombre secreto, sobre todo los domingos en que siento su quieto palpitar en mi centro, que se expande en la neblina solar. A veces es poco tiempo. El que toma viajar al DF un sábado frío y llegar a la clínica oculta entre dos edificios. Las mujeres te llaman nena, mientras preparan metales cubiertos de tela rosada. Él está ahí, latiendo quedamente, apenas con forma. No sabe ¿o sí? que se irá al país del olvido, a la bruma del domingo que cubrió nuestros secretos. Todo es brutalmente normal, una cánula en el brazo. Silencio. Los sueños.

lunes, 13 de enero de 2014

Qué placer tan atormentado es esta memoria de tu melodía, tus olores, tu silencio...

martes, 7 de enero de 2014

Ya no quiero decir. Si acaso, que vimos quinceañeras apiñadas en el Ángel, pagadas por el gobierno del pan y del circo. Que me besaste en un puesto de garnachas en medio de la Alameda y se te escurrió la salsa a la barbilla. Que hay una foto secreta en Chapultepec, con el inocente sol del sábado y nuestra cara de culpables gozosos, tan anacrónica que no está en el teléfono de nadie, sino en el fondo de un cajón, como todos nuestros buenos recuerdos.

También puedo hablar del taxi y de esa sensación tan rara que me deja ser yo a todas horas contigo, de esos besos que tienen no sé qué de ternura y de sincera mentira. Seguro que sí. Tal vez también recuerdes las despedidas, todas las despedidas, que nos dejan sin aliento y casi sin memoria después de tanta felicidad junta.

Todas mis horas, toda mi piel, todo mi cinismo... Ahora, eso eres tú, un fantasma que lentamente exorcizo.

jueves, 2 de enero de 2014

Madrugadas

Get lucky

Es posible que creas que lo que más recuerdo son los senos de Maxim nublándome la vista. O mi pequeño exhibicionismo, semidesnuda entre meseros que sabían que debían detener el espectáculo pero no querían, sobre todo porque estaban atónitos ante tu reacción, que era más la de un cómplice que la de un hombre momentáneamente olvidado por dos mujeres que de una forma u otra hubiera querido tener encima.

Para serte honesta, ese episodio, que fue más bien un guiño de las deidades tutelares del placer, apenas se siente en la memoria de esas noches. La imagen más nítida, que me ha detonado las obsesiones, es la del rostro de nuestra pequeña y andrógina amiga, sereno y confiado en la habitación que le ofrecieron un par de extraños, frente a mi cara que -seguro no viste- estaba contraída del dudoso placer que es redescubrir el sexo anal. Enmudecida, además, por el temor incongruente de despertarla y que el frágil equilibrio de aquella situación demente se fuera ocho pisos abajo.

El recuerdo me invadió a media frase sobre impuestos esta mañana y dediqué un largo minuto de vacío al morbo absoluto que se sentía al tratar de seducir a la más virginal de las putas, indescifrable en su pijama de niña y su indiferencia curiosa. ¿Qué clase de impulso suicida lleva a una mujer delicada y pequeñita a pasar la noche con desconocidos? Esa chica coqueteaba con la muerte y por eso nos encantó. Por eso nos desarmó y no nos quedó más remedio que saciar el deseo uno en el otro. Sobre todo cuando te acusó de robarla y todo fue tan absurdo que sólo quedaba morirse de la risa y fornicar hasta que el hambre nos echara a patadas de la habitación.

Ángela. Creo que el nuestro fue el tour de los deseos insatisfechos. Un retorcido placer, if you will. Ángela con sus devaneos, con su mente fascinante y el maldito autocontrol que la dejó jugar con los dos, como indefensos gatitos. Nos enfrentó como lo que somos, versiones distintas del mismo personaje, y me dejó penetrarla en el baño solamente para probar que podía tener a quien quisiera. Puede. Y debe. Aunque te haya enviado a un lugar que te es totalmente ajeno, en el que no eras más que un niño perdido. 

Lo que vino después sólo puedo pensarlo con rubores de por medio. Todo mi feminismo se volvió una broma de mal gusto ante el placer escalofriante de tu palma abierta contra mi cara. Una y otra vez, hasta que respirar se volvió insoportable y pude entender esa expresión tan decimonónica de sentir fuego en los pulmones. Ahí estás, en el más oscuro y torcido rincón de mi mente. Entenderás, supongo, que de momento me aterrorice volverte a ver.

domingo, 8 de diciembre de 2013