miércoles, 23 de enero de 2013

Se llamaba Toshiro Mifune. O eso entendió Pablo.

Yo te puedo decir que usaba camisas caqui que le quedaban chicas. Como para que un eventual narrador, fascinado por su aparición a contraluz, al final del pasillo, dijera "el uniforme de la prisión le venía pequeño". Pero la verdad de las cosas es que en la cárcel del Estado no te dan uniforme, sólo te reducen a todos los tonos de beige, como para que te vayas olvidando de quién eras antes de que todas esas puertas se cerraran a tus espaldas. De dónde saques la ropa para cumplir con esa regla, no era problema de los custodios ni del director del Cereso.
 
Si consideras que era 2006 y él tenía encerrado desde 1980, quince años en una cárcel federal y once más en Puentecillas, o sea veintiséis años de sobreviviente, seguramente ya podía escoger qué ponerse, entre la ropa que reparten las almas piadosas y la de presos más débiles. Así que, con toda seguridad, usaba camisas pequeñas para alardear los músculos del encierro. La coleta, los ojos entornados y el gesto adusto le daban un extraño aire de samurai, una figura de ficción entre todos esos fantasmas anónimos, todos iguales, todos irremediablemente marcados.
 
Fanfarroneaba. Parte de su rutina era 'recibir' a los nuevos, extorsionarlos y dejar claro que los que rifaban en ese mundo venían de las entrañas de Almoloya. Por eso siempre me preguntaré cómo es que mi hermanito, de ojos de cachorro y recién salido de la adolescencia, aguantó la brutalidad inicial (y son mis pesadillas aquí las que reemplazan al lenguaje; yo sólo podía pensar en mi niño hecho un santocristo, muerto de miedo y llorar y rezar y morirme, porque no alcanzaba todo mi amor y mi pena para protegerlo de la oscuridad que lo devoraba) para convertirse en un camarada más del patio al que salía para aliviarse el dolor de las moraduras.
 
Así escuchó la historia de Toshiro, el mexicano-japonés que fue un joven sicario allá en la época dorada del PRI.
 
-Era muy buen negocio, mi Harry. Cien mil por un cristiano, doscientos por un puerco. Empecé de morrito y ya a los veinte hice mi casa. Bien chingona. Tenía vidrios blindados, aguantaban un calibre 50 sin pedos. Cuando fueron por mí, me asomaba por las ventanas y me reía en la cara de esos pendejos. Se les acabó la munición y no quebraron ni uno.

-¿Y cómo fue que acabaste aquí?

Sentí cómo goteaba la salsa de la flauta a medio camino de mi boca. El silencio se espesó sobre la mesa de plástico, de manera que el crujido de la tortilla frita sólo se hizo más incómodo. Las épicas particulares no pueden ser arruinadas de esa manera. No por señoritas ojerosas que visitan los domingos, con una bolsa de mandado llena de comestibles y cigarrillos.

Aún así siguió su relato.

-El pedo fue que tenía un pasadizo, un túnel para escapar. Y los puercos sabían de eso. No sé cómo se enteraron, porque me tuve qué tronar a todos los albañiles de la construcción para que no fueran a chivatear. Sentí gacho, pero ps no había de otra. Igual alguien rajó.

Fue después de que me chingué un pinche guacho. Bueno, no un guacho cualquiera, era un tenientito que no había cumplido su chamba pero seguía cobrando su lana. Yo que sé. Nunca manejé guachos, porque son como los perros, Harry. Matas uno y se te va la jauría encima. Pero me ganó la ambición. No te voy a decir cuánto, pero era una feria, y pues llegué en la moto, lo tenía medido, pum, pum y ya. Fácil, afuera de un putero, buenas noches y adiós.

Pero no, a los días tenía los puercos a las puertas de mi casa. Doce horas aguantó el portón del túnel. Cuando entraron por mí, estuve a punto de pegarme un tiro, pero me apendejé. No sé si era la puta edad o el miedo o que todo fue muy rápido, pero me agarraron. El licenciado se chingó la lana, el tiempo fue pasando.

Y ya. Sesenta años, nomás. Homicidio de funcionario público y los que se fueron acumulando, porque les faltaba a quién echarle la culpa de otros angelitos. Algunos sí, otros no me acuerdo. De todas formas les salgo debiendo, porque no era de a uno ni dos a la semana. Así es el pedo, así toca. Ya no supe nunca quién fue el que me chingó. Pero igual, he vivido más tiempo adentro que afuera. ¿Si es cierto lo de los celulares?


 
 
 
 
 
 
 

viernes, 4 de enero de 2013

Dude, you make me sick.
Literally, I want to throw up if I think you still exist.