lunes, 27 de abril de 2015

No sólo quisiera decir más, quisiera decir mejor. Pero aquí estoy, casi catatónica, acuciada solamente por la necesidad que tendré de recordar esta noche.

Vienes a este mundo mañana. En quince horas deberé tener puesta una bata de hospital y estaré contando los minutos para conocerte. Un muchachito como cien mil muchachitos. Pero mío, pero hecho de mi sangre, tripulante de mis huesos. En quince horas conoceré esa faceta de la existencia humana que es territorio vedado a los varones, que es un signo cambiante y misterioso, universal pero que siento único: me añadiré a la maternidad en cuanto vea tu cara. Y sospecho que no seré más la mujer que creo conocer.

Siento frío y anticipación, dudas, miedos, alivio ante la certeza de que mi cuerpo podrá descansar del reto inconmensurable que ha sido convertirme en tu primer hogar. Esperanza de que todo vaya bien y no te aparten de mí, porque no imagino mi cuerpo solo, sin ti, así de pronto. Tú me necesitas y yo a ti. 

Mis maneras neuróticas repasan una y mil veces los preparativos, como un conjuro contra la catástrofe. Es un hábito que tengo desde segundo de primaria, cuando soñaba que llegaba tarde al primer día de clases y que sobrevivió intacto hasta los viajes en avión que me regalé para que vieras un poco de mundo en mis ojos.

Apenas puedo con esta humanidad elefantiásica, que es el resultado de este viaje de ocho meses, veinticuatro días y veinte kilos de más. Pero, por alguna razón, siento una pequeña tristeza cuando pienso que es la última noche en la que somos uno.

lunes, 13 de abril de 2015

Acto de contrición

Será que aparezco más por estos lares, justo ahora que estoy por parir...pero qué colección de azotes los míos.
Me arrepiento de no dejar que mi lado alivianado escriba de vez en cuando.

viernes, 10 de abril de 2015

Los caminos

Llévenme a Oaxaca, porque ando herida. Llévenme a tomar mezcal y a rezar a Santo Domingo; llévenme a cubrirme de oro mientras atardece.

Llévenme por las carreteras en el coche rojo que se deshizo contra un muro de contención. Llévenme por los caminos de la depresión y la locura que me regalaron atardeceres precisos entre volcanes que entienden de los pesares del amor.

A quemarme la lengua con el chocolate espeso del otro lado del mar, a pasear de la mano de un extraño por el parque del Retiro y jugar a que nada me hacía falta. Llévenme a llenarme los ojos de belleza familiar y extraña, a los muros, a la Anunciación, al desfile triste de las putas africanas por Chueca. 

Déjenme descansar un momento mientras me hace el vermut en esa tarde en la que todo ardía: la calle, mi piel, el silencio. Vamos al desierto, a soñar con el adobe abandonado. Llévenme a la cerveza barata de Maruata, al miedo de Puerto Escondido, al Caribe y su turquesa engañoso, inacabable. Al hombre que vendía "Lays" para vivir y me regaló las que hicieran falta. 

Úntenme la lengua con sal de gusano, dejen que mis sentidos se nublen. Que me sienta inmortal con un vino afrutado, intoxicante. Que pueda reír y dejar de buscar. Dejen correr la carretera bajo el coche rojo, la carretera sola, con sus promesas de reventarme todas las pústulas de amor echado a perder de tanto guardarse.

Regrésenme la tarde gris de Catedral, la vela al santo nonato, el perdón que pedí por mis pecados, por sus pecados. Las noches de pesadilla con la ausencia comiéndome los huesos como un cáncer en ese hotel sin ventanas. La cordura, la eterna salvación del camino, la esperanza de lo incierto.

Llévenme a bailar bajo la lluvia con pelucas de colores, a la vieja resaca de pesadilla, a la luz boreal de las migrañas. 

Ay Dios mío, cómo te amé.
Te amé por todos los caminos.

Un poco de más.
Sin saber mucho. Inventándome lo demás.

Y ahora voy a parir a ese hijo que hice yo sola, persiguiendo tu ausencia.