Vienes a este mundo mañana. En quince horas deberé tener puesta una bata de hospital y estaré contando los minutos para conocerte. Un muchachito como cien mil muchachitos. Pero mío, pero hecho de mi sangre, tripulante de mis huesos. En quince horas conoceré esa faceta de la existencia humana que es territorio vedado a los varones, que es un signo cambiante y misterioso, universal pero que siento único: me añadiré a la maternidad en cuanto vea tu cara. Y sospecho que no seré más la mujer que creo conocer.
Siento frío y anticipación, dudas, miedos, alivio ante la certeza de que mi cuerpo podrá descansar del reto inconmensurable que ha sido convertirme en tu primer hogar. Esperanza de que todo vaya bien y no te aparten de mí, porque no imagino mi cuerpo solo, sin ti, así de pronto. Tú me necesitas y yo a ti.
Mis maneras neuróticas repasan una y mil veces los preparativos, como un conjuro contra la catástrofe. Es un hábito que tengo desde segundo de primaria, cuando soñaba que llegaba tarde al primer día de clases y que sobrevivió intacto hasta los viajes en avión que me regalé para que vieras un poco de mundo en mis ojos.
Apenas puedo con esta humanidad elefantiásica, que es el resultado de este viaje de ocho meses, veinticuatro días y veinte kilos de más. Pero, por alguna razón, siento una pequeña tristeza cuando pienso que es la última noche en la que somos uno.