martes, 30 de octubre de 2012

Elefante

¿Cuánto tiempo me queda de ti, de este dolor de ti, de esta ansiedad tan conocida y tan nueva?

¿Cómo eres posible tú y qué vas a hacer conmigo, que sólo puedo enamorarme de esta manera dolorida y martirizada, como un San Sebastián cualquiera?

Mi amor es una carga, una tempestad, una incomodidad. Yo no sé que hacer con él, porque no hay un mar que no lo escupa y por más que sea tuyo, darte este amor es como entregarte un elefante.

Te mirará dulcemente mientras pisotea tu jardín y no entenderá por qué no puede dormir contigo. Pobre de mi amor elefante, que no cabe en ningún lado y no está hecho para esta ciudad de callejones y casitas de Infonavit. Que no cabe en tu vida, que no cabe en tu casa y te mira desde su jaula de circo, que espera cada escapada tuya, sabiendo que no podrá seguirte, porque es enorme y torpe y un poco estúpido, dios, qué estúpido es mi amor elefante.

Sabe algunas cosas, sin embargo. Que no puede entrar en tu casa, que le profesas buena voluntad aunque lo destruya todo, tímidamente, a su paso.

Sabe también que no puedes cumplir su nostálgico sueño de elefante y montarle un zoo. Otra cosa hubiera sido, sí, haber nacido en la India y vagar mansamente en la llanura.

Mi amor elefante, sin embargo, te espera con una paciencia de paquidermo triste. Te espera siempre, siempre, hasta que el tiempo y el circo y tu casita diminuta lo consuman todo, hasta que la memoria le falte a fuerza de recordarte.

Pobre, pobre amor elefante.




 

viernes, 26 de octubre de 2012

El espejo

Yo vivo aquí, con mi necesidad enfermiza de contar, nutriéndome de la tragedia, de la deriva de los otros. Al borde de la psicosis, cuando la otra no puede con su propia oscuridad, vengo a transformar su porquería amorfa en cobardes manchas de bits, contando la historia desde el lado de la tramposa omnipotencia del escritor, para que ella pueda seguir sonriendo, para que pueda continuar con su existencia aparentemente inocente, limpia de rencores y remordimientos.
 
Suelo enamorarme de mujeres fatales, seres cuya sed de autodestrucción lo devore todo, hasta mi devoción, para acabar alejándome, reprochando el horror que me postró de hinojos. Mi pasión, disfrazada de amistad, se agazapa en el silencio.
 
Como asesino serial, codicio lo que no tengo: la sonrisa irresistible, los senos en flor, cierta estupidez que en el mundo pasa por candor y a mí siempre me ha parecido el disfraz que usaría una planta carnívora para hacerse pasar por un geranio. Soy lo que se llama una mustia. Con la identidad hecha a base de intelecto, sueño con ser capaz de esa seducción, como pez abisal con la luz.
 
Soy una gran admiradora del desastre. Compro boletos en primera fila, caliento las palmas en el fulgor de la pira funeraria y, mientras tanto, me como un malvavisco asado en la destrucción. A veces, me da la impresión de ser un Oliveira cualquiera, un pobre personaje de Sábato que anda perdido tras una Alejandra de espuma.
 
Yo soy ese Martín, con la doble impotencia de ser mujer y un mirón pusilánime. Pero no se engañen. También soy la que se oculta, muerta de miedo, deseosa de salvar y salvarse, contando la historia de ese ser que se destruye, un hombre tras otro, cargando culpas imaginarias, clavando los colmillos en otra víctima propiciatoria.
 
No hay víctimas ni verdugos absolutos en este cortejo de perdición, en el que me vuelvo carne blanda para el monstruo de su ego, un dulce tapete para el lodo de las pequeñas victorias permitidas sobre los hombres, esos hombres que siempre veré ajenos, inermes, como yo, ante un escote y la posibilidad de una vagina.
 

jueves, 11 de octubre de 2012

Review

Me leo hace cuatro años y no me creo. Tan jovencita, tan tímida, tan determinada a partirme la madre aquí y a dejarlo todo en cualquier día que mis ganas de mar sean más grandes que las de estrenar coche o cambiar las horas de mi vida por números en la cuenta de banco.

No me ganó el mar. Sigo aquí, cada vez más Gregorr Samsa y menos yo, aunque de pronto me dé por implementar maniobras suicidas y ver si de una vez por todas me vetan en ocho estados de la República.

La gente aquí siguió viviendo su vida, y casi sin darme cuenta me cambiaron el elenco de cartón por personajes más parecidos a seres humanos, menos conformes con su condición de esclavos de Circe. Encontré otros outsiders, perdidos en este edificio de tabla roca, nostálgicos del mundo y los empecé a querer, sobre todo porque mi propia esencia comenzó a teñirse de burocracia, sin diluirse del todo.

Sobre todo, porque escogí la incertidumbre de esta seguridad a pensarme para siempre la misma.