miércoles, 31 de julio de 2013

lunes, 22 de julio de 2013

Cómo no ser adicta a ti, si eres tan incierto como amanecer mañana...
Si toda interacción tuya y mía está sombreada de final y precipicio...
La invisible cuerda que nos une, es gozarte un instante y sufrirte al siguiente, decirte adiós en un parasiempre que dura hasta que rompes el silencio y vuelves a irrumpir en mi vida, con tu perversa ingenuidad.
Puedo levantar este amor desde las cenizas cada fin de semana, construirte un mundo y prenderle fuego cuando tus gestos se vuelven ajenos de nuevo.
Así me has hecho quererte, irremediable, desesperanzado. Así te prefiero ahora, así te vivo, te como, te sueño. Lejos, pegado a mi piel, mirando a través de mis ojos lo que no vamos a vivir los dos.

Tú me enseñaste que siempre y nunca es una misma cosa.

jueves, 11 de julio de 2013

Más puede un par de tetas...

Tuve un problema con ellos desde que supe que tenía qué esperarlos. Mis senos. Mi pubertad pasó con todos sus achaques sin que yo viera clara su presencia. Se resistían a ocupar un lugar en el corpiño que mi madre decidió que debía usar y las tardes de mis obsesiones se arremolinaban en torno a ese vacío. La historia de mi sexualidad, equívoca y llena de dudas (como, quiero asumir,  es la de todos los seres que transitamos por mutaciones adolescentes) estuvo marcada por su casi imperceptible existencia.

Construí mi feminismo personal basada, en parte, en que la feminidad iba más allá de una copa C (ya ni soñar la D) y que la belleza está en todos lados, en todos los cuerpos, todas las posibilidades. Eso me llevó a extraños vericuetos eróticos que oscilaban entre el hedonismo y la casta pureza, a cerrar los ojos y buscar el placer, porque al abrirlos, los vientres abultados se tornaban atractivos, no había un molde al que debiera ajustarse una pierna, un ombligo, para poder ser lamido con adoración. Por lo mismo, un rostro excesivamente simétrico o un abdomen modelado en gimnasio no garantizaban goce alguno.

Ese convencimiento, creado a fuerza de mi imposibilidad de procurarme implantes para olvidar mis inseguridades -de la misma forma que habría servido una cirugía de nariz- llegó a ser tan constante que, ahora que se me olvida cuando me pagan, porque nunca gasto todo mi dinero, ahora que podría intentar sanar todas mis inseguridades -nariz, senos, panza- descubro que hace mucho las olvidé. Me da igual si tengo que sacarme la ropa a plena luz o en la oscuridad. No me gusta la celulitis -siempre al acecho en los probadores- pero la olvido fácilmente. Últimamente estoy más preocupada por saber cómo arreglar el mundo que por tener escote hipnotizante.

El sexo ya no es fácil, porque pienso más y la piel se me ha llenado de dudas. Es más complicado llegar ahí, pero cada vez vale la pena, en este año marcado por un enamoramiento muy a la antigua, terriblemente fiel, que se ahoga en una pasión que hace estallar mis sentidos, que ignora sutilezas y me deja convencida de que eso y no otra cosa es lo que yo quiero al hacer el amor, con ese hombre o cualquier otro.

Con tanta tranquilidad es difícil no juzgar a otra mujer que decide renunciar a diez años de terapia y ponerse senos, para algo tan simple como volverse a desnudar frente a otro, sin miedo. Adecuarse a esa idea que no sé si es suya, de la sociedad o de Mattel. Titubeo ante la afirmación tajante por una sola cosa. Humanidad, creo. En toda su disfuncionalidad gloriosa. Con senos nuevos, por qué no, sin panza, con panza, desnuda, en Chanel y en ropa reciclada, abajo de un puente, en la cama de un hotel de cinco estrellas, en una iglesia.
Mi propio estándar de benedicencia se quedaría seco y aburrido si todos lo abrazaran. Que haya pasión errores, escotes, suicidios, depresiones. Deseo, perversiones, dudas. Que haya vida, pues.