Es posible que creas que lo que más recuerdo son los senos de Maxim nublándome la vista. O mi pequeño exhibicionismo, semidesnuda entre meseros que sabían que debían detener el espectáculo pero no querían, sobre todo porque estaban atónitos ante tu reacción, que era más la de un cómplice que la de un hombre momentáneamente olvidado por dos mujeres que de una forma u otra hubiera querido tener encima.
Para serte honesta, ese episodio, que fue más bien un guiño de las deidades tutelares del placer, apenas se siente en la memoria de esas noches. La imagen más nítida, que me ha detonado las obsesiones, es la del rostro de nuestra pequeña y andrógina amiga, sereno y confiado en la habitación que le ofrecieron un par de extraños, frente a mi cara que -seguro no viste- estaba contraída del dudoso placer que es redescubrir el sexo anal. Enmudecida, además, por el temor incongruente de despertarla y que el frágil equilibrio de aquella situación demente se fuera ocho pisos abajo.
El recuerdo me invadió a media frase sobre impuestos esta mañana y dediqué un largo minuto de vacío al morbo absoluto que se sentía al tratar de seducir a la más virginal de las putas, indescifrable en su pijama de niña y su indiferencia curiosa. ¿Qué clase de impulso suicida lleva a una mujer delicada y pequeñita a pasar la noche con desconocidos? Esa chica coqueteaba con la muerte y por eso nos encantó. Por eso nos desarmó y no nos quedó más remedio que saciar el deseo uno en el otro. Sobre todo cuando te acusó de robarla y todo fue tan absurdo que sólo quedaba morirse de la risa y fornicar hasta que el hambre nos echara a patadas de la habitación.
Ángela. Creo que el nuestro fue el tour de los deseos insatisfechos. Un retorcido placer, if you will. Ángela con sus devaneos, con su mente fascinante y el maldito autocontrol que la dejó jugar con los dos, como indefensos gatitos. Nos enfrentó como lo que somos, versiones distintas del mismo personaje, y me dejó penetrarla en el baño solamente para probar que podía tener a quien quisiera. Puede. Y debe. Aunque te haya enviado a un lugar que te es totalmente ajeno, en el que no eras más que un niño perdido.
Lo que vino después sólo puedo pensarlo con rubores de por medio. Todo mi feminismo se volvió una broma de mal gusto ante el placer escalofriante de tu palma abierta contra mi cara. Una y otra vez, hasta que respirar se volvió insoportable y pude entender esa expresión tan decimonónica de sentir fuego en los pulmones. Ahí estás, en el más oscuro y torcido rincón de mi mente. Entenderás, supongo, que de momento me aterrorice volverte a ver.
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