viernes, 10 de junio de 2016

Maillard

La descubrí por accidente, buscando poemas sobre el cuerpo, tratando de traducir en palabras el gozo infinito de las horas pasadas inventando caricias, llenas de semen, saliva y fluidos que de tanto mezclarse sólo podían ser nuestros, no tuyos ni míos.

Se me reveló paralizada de placer, abrumadora como un torrente, sufriente y gozosa, atónita como yo ante el cuerpo del otro que nunca vuelve a ser el mismo después de que nos hemos derramado sobre él, por más medidas higiénicas que se tomen después del estertor, doblemente delicioso porque además era un estertor ilícito, culpable.

Ella escribía mis dudas, mis obsesiones, mi caída al vacío después de cada encuentro que era como recibir una descarga eléctrica. Recuerdo mi propia mente emborronada, me veía a mí misma como un pájaro cayendo a plomo, girando tras recibir el proyectil, delirante. Caía sólo para poder levantarme y buscar un poco más de aquello que era mayor y mejor que cualquiera de los dos. Éramos apenas sirvientes de ese deseo implacable, materializábamos en nuestra carne ordinaria la danza extraordinaria que ordenaba alguna divinidad, deseosa de mostrar su perfección a este mundo.

Ahora intento leer sus Diarios, que me retan, me contorsionan, me dejan la cabeza adolorida. Descubro que la intimidad, el vértigo, el susurro mínimo, existen en letra impresa, listos para dejarme temblando, sintiéndome desnuda, aterrada ante la evocación del pasado y la soledad, la soledad que oprime y libera, el destino de los que sueñan y los que sienten más allá de los límites de su propia piel.

Siento que cometo una inmoralidad, un acto transgresor inconcebible al abrir aquí  el libro de color arena clara, editado con una sobriedad que esconde su contenido explosivo. Me siento esa niña tramposa, asustada de que le descubrieran el mundo inabarcable que ocultaban los tomos de aspecto inofensivo que iban y venían de la biblioteca municipal, un universo poblado por viajeros incansables, bestias imaginarias, heroínas locas, muchachos ordinarios y hasta niñas pre púberes, que la Poniatowska hacía preparar para el matrimonio, ese matadero disfrazado de altar (que, al fin y al cabo, suelen ser lo mismo).

Leo a esta mujer con mis años de burócrata a cuestas, y me hace sentir absurdamente viva, nuevamente tocada por el rayo de la palabra, ese logos totalizador que a veces nos elige sólo para martirizarnos.

jueves, 9 de junio de 2016

Los viernes pueden ser terribles. Lo son cuando significan algo. Algo que a veces importa más, otras menos. Que te vas a ponerte el disfraz de esposo y padre ejemplar. Tu costoso disfraz, que a veces es más bien triste. Hoy eso importó un poco más.

Yo me quedo en esta orilla y lo sé, así como lo he sabido siempre. Hoy te busqué los ojos, pero la mirada ya se te había ido a otra parte. Mi pleito -ahora lo sé- no es contigo. Nunca lo fue. Es con la parte de mi ser que sólo se ve a través de ti. La que todavía se retuerce de angustia si cree que te está aburriendo. Otra vez no puedo más. Otra vez quiero que te borres y que no importes. Que te vayas con tus idealizaciones a otra parte, que no me lastimen tus alusiones a un pasado que me es ajeno. Donde no sienta la profunda injusticia de ser público, cómplice y víctima de tu monólogo de juguete roto.

Yo estoy tan rota como tú. Y es grave, mucho más grave, porque yo tengo una cría diminuta debajo de las costillas, a la que tendré qué explicarle el mundo. Su comienzo, que fuiste tú, de alguna manera. Que fue esto que no acaba de ser pero ya tiene una abultada consecuencia. Claro que es ya tan demandante que he pasado semanas sin pensarte. Pero hay noches que vuelvo a odiarme a mí misma por buscar tu calor, un rescoldo que me alivie del mundo por un par de horas. Vuelvo a mi mundo variopinto agradeciendo que no estés ahí, pero siempre echándote en falta.

Me siento loca, me veo loca. me reconozco loca y digo: nunca más. Por el niño que crece, por mí. Nunca más encajaré mis uñas tras mi cerebro, buscando alivio de tu silencio. Nunca más veré cualidades que no tienes, nunca más pasaré por alto tus trajes lustrosos de mugre, tu barba descuidada, tus marcas de acné, la verborrea con que encubres la superficialidad de tus conocimientos sobre ciertas cosas. Nunca más te saldrás de la fila de los mortales, nunca más tendrás tu olimpo particular en mi torcida mente de niña desamparada. Te destierro de mis afectos, Peter Pan. Te destierro de mis oraciones y mis ruegos. Nunca más me heriré contigo, Peter Pan. Nunca más.

La isla

Acá, por ejemplo, quería escribir sobre Cuba, porque el calor redondito de este abril me tiene a la piel evocando ese otro calor pegajoso que sólo se disfrutaba de noche, cuando una podía salir a caminar. Yo no conocí a la Habana fiestera, porque tuve a bien ir sola y no sé si preñada, pero muy convencida de velar por mi seguridad -lo que no me pasó en otros viajes-.

Tal vez era eso, el cuerpo dictando sus reglas indiscutibles, la vida anidando. Tal vez fueron las hormonas las que me llevaron por las provincias cargando bebés y calentándome el corazón con cabecitas rizadas. Pero me gustó lo que vi. Con todo y las quejas, el calor, los timos y la soledad.

Es más una sensación que un recuerdo preciso. La calle Obispo, mil veces recorrida, siempre distinta, siempre en otro tiempo. La banqueta y sus niños libres, desenvueltos, sin amenazas de violadores, pederastas y criaturas malignas. Las casas abiertas, las comunidades de madres tomando café y contándote su vida, toda de un jalón, en un departamento de inspiración soviética que a mí me recordó otros multifamiliares en mi infancia.

Si hay algo sabroso y sorprendente en esta vida es escuchar a Lola recibir una panda de desconocidas en su casa, mientras el niño mexicano rompe la timidez y se integra a los juegos de los otros desconocidos, que serán sus amigos esa tarde.

Si hay algo más cálido y bonito todavía, es haberte confundido con los mexicanos que conociste en la casa de huéspedes un par de días antes y dejarte llevar por la cirquera de pelo rojo que para taxis ilegales para hacer el recorrido hasta la casa de una amiga que no ha visto nunca.

Fuimos a un cine, a ver el estreno de Meñique, la primera peli animada hecha por cubanos, con canciones de Silvio Rodríguez y claras alusiones a la política del régimen. Niños, palomitas en cucurucho, la ausencia del  aire acondicionado que da por supuesto cualquier clasemediera oficinista mexicana. Un viaje en el tiempo a mi propia infancia ambientada por la Solidaridad de Carlos Salinas y su arquitectura social deprimente.

Aquí puedes pensar que regresé a besar el suelo capitalista, pero la verdad es que no. Llegué acá y me invadió la parálisis ante la vida de consumo, la nostalgia por un buen ron y una gente que más que jabones te pide que te bajes un momento de la nube y te sientes a escuchar su vida, que les dejes ver qué traes en la tuya, por qué tan desconfiada, mexicana.

Extrañé montar al caballo tranquilo que soportó mi peso por las tres horas de recorrido. El paso rápido, la sensación de suficiencia y libertad. Los libros por céntimos, el barrio chino lleno de cubanos.

Esa isla que apenas sueño ha desaparecido este año. La Revolución se vistió de Chanel y probablemente todo se vaya a la mierda bien pronto: la nutrición de los niños, la libertad, la educación.

Conozco a un chico que seguramente comprará un par de tenis Nike.

Delirio

Lo único real son mis manos. Manos grandes, llenas de venas aparentes y nudillos toscos, impropios de una señorita. Crecí observando mis manos bastas y deseando la delicadeza de los nudillos pálidos y dedos finos de otras mujeres.

Podríamos decir que mi rostro no existe, porque yo no confío en los espejos. Confío en la parálisis que me invade cuando intento corregir mi gesto, esconder las encías cuando río. Lo único que ha salido de eso es que siempre aparezco con mirada amenazante en las fotos.

Si algo existe de mi rostro es mi nariz, porque alcanzo a verla, sosteniendo el marco de los anteojos. Si la veo, es quizá demasiado prominente para ser bella. Prominente, flaca y apenas un poco ganchuda, dicen los espejos.

Puedo decirte que existen también las calles torcidas en invierno, por las que camino de prisa. Existe la gente en ellas, la lluvia helada y grácil, las moles grises de piedra enmohecida, putrefacta. Los jardines demasiado breves y escarpados, inútiles para pasear con una carriola. Existe esta ciudad de la que me enamoré, tumba, nido, manicomio a la medida de mis soledades intermitentes.

Más que mi cara, tú deberías saber que yo soy un mero presentimiento, un latido. Bum, bum, bum. Soy el latido perceptible después de que el café llega a zarandearme gentilmente las neuronas. Soy mis propios ojos, abiertos de gozo en las mañanas misericordiosamente frías, soy el aire helado que entra a mis pulmones, cargado de apenas de los humores que deja el inicio del día: los oficinistas perfumados, la calle recién barrida, el humo de los autos y el de la tostadora de café en el callejón.

Todavía no huele a mierda el día y por eso es que puedo caminarlo, vivirlo, intentarlo.

No soporto las tardes, los mediodías que deberían ser patrimonio exclusivo de la siesta. Si hay horas muertas son estas, porque la mañana resplandece y la noche agoniza, pero ambas seducen en su ingenuidad o su podredumbre. Odio las tardes porque se parecen a la gente decente, con la cabeza bien asentada y a medio camino de todo lo que vale la pena vivir. Nunca fui capaz de hacer nada a media tarde, que no implicara comer o dormir. Hasta coger es insoportable a esas horas, en las que el sudor y el día inacabado te impiden remolonear. Dame las seis de la mañana o las doce de la noche, no las patéticas tres de la tarde con su sol descarado y su gente apendejada de hambre.

Pero te decía. Mis manos. Son capaces de abarcar rostros enteros, de desaparecer cuerpos bajo ellas. En mis manos cabía la espalda de mi recién nacido, su cabeza. En sus relieves apenas rugosos se detenía el cuerpo resbaladizo, anfibio, de mi criatura apenas despertada a la vida.

Mis manos son reales pero yo no voy a ninguna parte. Yo no tengo un hilo conductor, soy puras evocaciones. Imágenes que no puedo atrapar con esos dedos eficientes y utilitarios, de hombre.
Yo soy siempre los otros, los que amaron, los que traicionaron, los que se consagraron a una escultura, los que pueden echar tortillas de maíz en el comal, los que descifran partituras y los que son capaces de terminar una novela.
Yo soy las imágenes que dejan los otros en mí, soy cada una de las copas bebidas, de las risas, de los ridículos, las caminatas, los sueños.
Yo soy este delirio que no se anima a callarse de una vez.
Mi propia alucinación.