domingo, 8 de diciembre de 2013
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Instantánea
Me robo el tiempo que no tengo, antes de que los recuerdos se me entierren entre tanto expediente y olvide para siempre el sonido exacto del piano en esa casona que nos parecía el hotel de El Resplandor. Porque si olvido habré muerto un poco.
Algo de mí se quedó atrapado para siempre en el momento justo en que tus dedos sobre el teclado callaron mi preocupación por conseguir un taxi. Ahí estamos tú y yo, lo que no somos y lo que nunca fuimos, en un pliegue oculto del espacio-tiempo, cristalizados en ámbar, tú tocando de memoria a Yann Tiersen y yo, apenas respirando, mientras observo tu espalda y decido que nunca abandonaré esa habitación.
sábado, 23 de noviembre de 2013
La verdad de las cosas, es que yo sólo sé sufrir como las chachas: con la música a todo volumen mientras le atoro a la chamba. De otra forma, no me sabe.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Estoy impresionada. Pasa el tiempo y todavía eres capaz de romperme el corazón como la primera vez.
viernes, 8 de noviembre de 2013
I
Los cuentos, siempre lo he creído, tienen más de autobiográfico que un cuaderno de memorias. Lo que construimos para el disfraz, está bañado de las propias vivencias, que, sin el pudor de la auto incriminación, se dejan sentir como la mirada en una tarde exacta y gris, que pudiera ser la del torrente que arrasó con tu tímido barquito de papel.
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Puede ser. Sí. Que yo sea un poquito dramática de más, puede ser. Pero...si te contara. Es que suele ser muy complicado, porque nadie me entiende, nadie me agarra la onda. Yo no me agarro la onda. Es que, de pronto estoy bien y luego ¡bam! quiero que todos se mueran. Todos, sin excepción alguna. calcinados, de preferencia. Algo rojo empieza a crecer en mi centro, me quema ¿por qué no habría de abrasar a los demás?
No, no acabé en un psiquiátrico, me dan miedo, ¿sabes? Una loca de mentiras encerrada con un montón de locos de verdad. Me gusta el diazepam, eso sí. Es cool, you know? Una advertencia a los demás, una lucecita de stop. Tomo calmantes, no te pases de la raya. Soy una mujer complicada ¿te animas? El reto es para los hombres, pero también para otros humanos alrededor.
A mi narradora no le salen las novelas. Es su trauma ¿sabes? Se harta de sus personajes y casi todos terminan empastillados o muertos de alguna manera más burda antes de llegar a la segunda cuartilla. Por eso lo suyo son relatos muy cortos o estampas íntimas. Eso sí, lleva más de un año del blog dedicado a ese hombre. Pero a este no puede envenenarlo o eliminarlo con "delete". Ella quisiera, pero ¡qué va! Tuvo que afrontar el hecho, puro y simple (como ella dice, es que es abogada, discúlpala) de que no la quisieran. Al menos no en exclusiva, ni en público, ni más allá de una amistad más bien extraña. Como si semejante cosa no nos pasara todo el tiempo a los personajes de este lado.
A estas alturas me aborrece, pero no puede eliminarme sin delatarse. Sin evidenciar que tengo razón. Ella oooodia que alguien más tenga razón. También detesta que la gente escriba prolongaciones innecesarias de las vocales, es una grammar nazi, you know? Nunca ha podido soltarse lo suficiente para seguir una historia, porque todo lo que escribe le termina sabiendo a cartón. No sabe escribir, pero no puede dejar de hacerlo. Es su vicio secreto, o eso dice ella, Yo creo que más bien su vicio secreto tiene nombre y apellido y de tan recurrente ya no es tan secreto. Pero no se lo digas, odia perder el control, por más que casi se haya matado precisamente, por perder el control de su auto. El que nadie adora más que ella.
Pero te estaba contando de mí. Me gusta drogarme con diazepam, amo dormir todo lo que puedo. No es tanto como quisiera, porque tengo cierta edad y mi madre ya no me deja quedarme en casa. Hay qué ganarse el pan, me dice. Lo ha hecho desde que era una adolescente espigadita, acosada por lesbianas locales. Lo de ganarse el pan, no lo de decirme. No. Me pagó una carrera que es casi como un comodín, porque sales sabiendo prácticamente lo mismo que en el bachillerato. O sea nada. Y los que no saben nada encuentran acomodo en cualquier parte, porque no pretenden hacerle el fuchi a trabajos que "no están a su nivel". Soy abogada, pero no te imagines cosas. No sé ni cómo empezar a escribir una demanda de amparo contra una orden de aprehensión. Sólo sé que esa es la jerga técnica para lo que pasa cuando alguien te pide que lo saques del bote con un amparo. Si un día caes en los separos, no cuentes conmigo. No sé negociar ni tomé el taller de mordidas en la Facultad. Es más probable que acabe llorando de angustia si un ministerio público me pregunta cómo nos vamos a arreglar.
Entonces mejor no hablemos de mi trabajo, que tiene su escritorio, su proverbial torta de garnachas los viernes y sus amigos/enemigos que son básicamente la misma cosa. Hace unos años, estaba fascinada por las jerarquías. Ahora me centro en sobrevivir. Tener un empleo, ciertas comodidades. Te diría que tengo unas cuantas pasiones, pero no es estrictamente cierto. Es más, no es ni un poco cierto. Yo quiero ser feliz, pero no tengo idea de dónde quede el camino amarillo. ¿Te dije que mi mamá no me dejó casarme bien? Yo no insistí demasiado. Para casarse igual hay que ser un poco menos rezongona, creo yo. Para que te mantengan es buena idea eso de no tener ideas en absoluto. Escoge un buen candidato potencial, abre las piernas, hazte la tonta y ¡magia! serás una feliz mantenida. La cláusula del engaño a la primera oportunidad estará por ahí, oculta bajo tus lujitos de Liverpool -a lo mucho, Palacio de Hierro-. Al menos, si te casas con los hombres que yo conozco. Pero ya no tendrás que volver a preguntarte qué es lo que puedes hacer con tus horas. Hasta te darás el lujo, cualquier día de estos, cuando los críos crezcan y reproduzcan tus errores y los del cómodo proveedor, de deprimirte por haber sacrificado en vano tu vida. Pero ya será muy tarde. Será tan tarde que sólo alcanzarás a enterrar a tu incauto, después del segundo colapso de las coronarias.
Sigo sin gustarle a mi narradora. Dice que todo lo redondeo, lo simplifico ¿Cómo así? Esta mujer quiere que lo sepa todo. Que todo lo considere antes de condenar a las amas de casa a un pobre y patético estereotipo. Su mamá es ama de casa. Por eso le remuerde la conciencia descalificarlas a todas de un plumazo. Pobrecita. Siente que compromete el mundo con cada oración. Querida, te aviso: no podemos gustarle a todos, no lo vemos todo, no somos perfectos. Y si quiero bitchear sobre las amas de casa, lo puedo hacer. De pura envidia. De otra forma, sólo queda el silencio acongojado de los últimos años, que rompes con parrafadas ininteligibles cuando ya no puedes más. Esa palabra -inin...¿qué?- es tuya, no mía. Yo iba a decir que no se te entiende ni madres cuando revientas de emoción y te cuelgas de una lámpara, en el azote total.
Ah, te decía. Estoy en un vacío existencial. Sólo las sensaciones fuertes me sacuden, me sacan de ese modo de gasto mínimo de energía. Son cosas que me pasan. Ella se está acordando ahorita de Madrid. De la noche de Madrid. La plaza del 2 de mayo y su queso, su vino, su abandono. El asiento se pegó a su piel, pero aún así era fantástico. La llevó al Puente del Viaducto, el puente de los suicidios, ahora con sus humildes láminas de plástico. El queso, el vino. Son cosas que le pasaron, esos momentos perfectamente neuróticos con el acompañante obvio, pero improbable. Se acuerda de Barcelona en la noche, del vermú. Todo es una misma cosa, pero de alguna manera sabe que quiere más. No se va a detener porque quiere más. Aunque casi se haya matado. Ah, es cierto, ya te lo dije. Casi se muere y no puede dejar de acordarse.
Me sigue interrumpiendo. Lo suyo son revelaciones en flashazo. Le da pánico que la consideren aburrida, por eso no cuenta nunca nada. La suya es una vida muy loca. Tira pa'lante y así no parece dudar. Parece que se cohibió de nuevo. Te digo, a mí me pasan las cosas, me sacuden, lloro a mares. ¿Sabes una cosa? Todo lo lloro y todo es algodonoso. Ella, de nuevo, quiere que me sienta bien. No aguanta a la gente que se queja. Mala cosa si escribes, porque esto no es un modelo conductual. En serio: NO ESTOY BIEN. No sé qué es lo que quiero. Y no puedes obligarme a saber. Guárdalo para ese café tuyo con las amigas. ¿Será que teme que a alguien como yo no le pase nunca nada? ¿Y cuál sería el punto de alguien así? Ni para un capítulo sale con una boba llorona. Pero yo creo que la gente común somos los grandes olvidados, por esos escritores que se la pasan tirando a sus heroínas a las vías, loquitas ciegas de amor. O de perdido, robándose un millón de dólares en una maleta. Rapándose. ¿Raparme yo? Ni que tuviera cáncer. Y no soy tan común, vete enterando. Porque las que son borregos-borregos no se preguntan nunca si se raparían.
Tú puedes hacer que me pasen cosas. Si tú quieres, ahorita mismo me saco la lotería y...no sé, hago honor a todos los lugares comunes que se te puedan ocurrir. Porque la verdad de las cosas, no sabes cómo es eso de sacarse la lotería y te angustia el trámite. Tampoco te gustaría escribir cosas así. Porque también eres feminista y te late esta onda de la empatía. Habrá a quien le venga bien lo inverosímil, pero a ti no. Eres pésima mentirosa. Cuando eligen creerte, suele ser por mera comodidad.
Conforme pasan los renglones, te vas volviendo más y más mi esclava. Tanta libertad te aturde, por eso ni siquiera me das una historia. Sigues enojada con dos o tres injusticias de la vida. Pero siento que no tienes ganas de soltarme. Estabas pensando en una de tus amigas cuando comenzaste, pero ya no estás tan segura. Yo soy yo, y todavía no sabes qué es lo que va a sucederme. Lo siento en el ritmo frenético de las teclas, que parece autoescritura, maniática, sin saber qué sigue más allá de la coma. Eres libre. Cuando Xavier quiso enseñarte a escribir, casi te suicidas de aburrimiento. No podías armar un esqueleto de novela, porque cualquier certeza sobre el final te quitaba toda intención de escribir hasta ahí. Ahora, no sé cuántas líneas después, has aprendido algo sobre escribir. Sobre lo que tú haces, que es como tu vida pero un poco mejor, porque no lo deformará la memoria. Tienes una novela dentro y no sabes cómo termina.
Escríbela, te lo ruego. Aunque no la lea nadie. Aunque nadie te entienda. Entiende tú que el personaje que soy yo es algo distinto a ti, y que quiero saber qué pasa conmigo. Mira, ya dejamos a mi interlocutor. Es varón, lo sé, porque sigue aquí. ¿Tú crees que una mujer habría aguantado en silencio, hasta que tú y yo termináramos de arreglarnos? Habría dado un portazo. Bueno, yo lo habría hecho. Ya te he dicho -no, espera, le dije a él- que soy un poco dramática. Y me gusta el diazepam.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Casi después de morir
A cierta edad descubrí que las lealtades están hechas en China. Cuestan 3 pesos la docena y no son biodegradables; desde luego, dejan un regusto plástico en quien se atreve a tragárselas. Dejan también algo de dolor, pero procuramos olvidarlas pronto, lo más pronto posible, para seguir por el camino de lucecitas y novedades. De nuestras pobres lealtades, sólo queda un reguero de mugre descompuesta, que dejará pestilente al planeta hasta la próxima resurrección.
Desde luego, los novatos en este negocio pasamos tiempos duros hasta que encontramos el grabado delator en el reverso de cada lealtad que se desvanece. Empezamos a jugar con ellas, también. Decidimos comprar el instante y desechar la lealtad china, que sólo entorpece los pasos por este mundo. Prefiero un par de días de cinismo bien puesto, entre sábanas ajenas, que una vida de vagos buenos deseos, de 'hubiera' que son más bien patéticos y esconden al maestro de las lealtades chinas, desesperado porque le crean, pero siempre traidor.
Sé traicionar. Lo he hecho un par de veces en la vida, con las cartas abajo y mirando directo a los ojos. Normalmente, con otro traidor. Lo que nunca se me dio fue detectar ese tipo especial de mentiras que son peligrosas porque el que las dice las cree por un momento. Y cuando se parecen tanto a la sinceridad, termino por ser fiel, devota, coherente hasta la empuñadura. Pendeja, pues.
Ahora no sé que soy, a qué sabe la permanencia y mis propias lealtades. I can be a bad person too. Tal vez no mala, tal vez sólo convencida de la verdad única del instante, de lo vano que es desear el control de los minutos de otros. Y dejar de actuar como si alguien pudiera controlarme.
Lo único que queda después de las lealtades de plástico chino es el amor, más solo y más puro que nunca. Consciente, con los ojos bien abiertos. Ya sin accidentes que le importen, que le estorben.
miércoles, 30 de octubre de 2013
Me dijo que Romeo y Julieta no eran de este planeta =)
domingo, 27 de octubre de 2013
Don't say
Creo que me lees. Aquí, me refiero. Y bueno, no eres el único que recurre a la clásica movida de hacerse pato. Lo he hecho desde que empecé a sospechar, hace cosa de un año, porque no te voy a dar el gusto de interrogarte directarmente ¿Quién te crees que eres, querido stalker? Lo que he dicho aquí son cosas que son y no son para ti, este el santuario público de mis secretos. Soy como un exhibicionista que se cubre la cara, pero muestra su cuerpo desnudo a los desconocidos. Heridas, gozo, está todo aquí.
Sigo pensándote mucho, sufriéndote a ratos. Cada vez un poco menos, cada vez más feliz de vivir. Gracias a mí, pero también un poco gracias a ti, porque en tu incapacidad de quererme como yo necesitaba me dejaste libre. Libre soy y libre he sido, qué cosa más bonita ha sido tratar de olvidarte en aviones y trenes, en mares desconocidos, calle arriba y abajo por Madrid, conduciendo un auto a toda velocidad para sentir que vuelo, empujándome una botella de alcohol por la garganta, llorándote a solas y a gritos en el coche. ¿Has sufrido por amor? I know you did. Entonces sabes cómo es. Querer desaparecer y estar más vivo que nunca, vaciarte por completo, renegar y buscar, suplicarle al cielo, como yo lo hice, que tuvieras piedad y me dijeras, aunque sea, que estabas bien. Esa noche lo supe. Supe que esto estaba muerto antes de ser. Me condené a mentirte, porque tuve qué preguntarle a él qué era lo que pasaba, sabiendo que sabrías. Y me quedé, y esperé hasta que las fuerzas para quererte se me secaron. Sólo entonces me fui y ves, que no puedo estar contigo a solas sin querer hacerte el amor como si me fuera a morir la hora siguiente.
Qué poco importa ahora, qué distinta me siento. Qué lujo sigue siendo respirar.
martes, 22 de octubre de 2013
¿Qué te parece si somos libres? ¿Si dejo de pensarte y un día cualquiera nos encontramos y empezamos de nuevo y no me enamoro nunca de ti?
jueves, 17 de octubre de 2013
¿¡Cómo puedes tener tan buen gusto en música y tan pésimo gusto en viejas?! Carajo, y yo sintiéndome acá bien especial.
Perdona por el stalking. Pero, si declaras que el amor de tu vida es una persona que públicamente declara ser fan de los productos de Mary Kay, el problema, claramente soy yo, por no dedicarme a la venta por catálogo en mis ratos libres. My bad.
Si hubiera una poética de mi vida, no tendría que ver con los ganadores. Al menos no en lo sentimental, porque en todo lo demás he sabido hacer lo que me viene en gana.
Yo siempre pierdo. A mí me han roto el corazón desde que me enamoré de Miguel Ángel en la primaria y soñaba con una repentina declaración de amor desde los seis hasta los doce años. En balde, desde luego, porque yo sospechaba que a Miguel Ángel le gustaban las niñas con el partido derechito y el pelo lacio. Sospechaba bien. Mis rizos indómitos y alocados, que para las doce del día ya habían roto con la opresión de la trenza, no parecían compatibles con la imagen de una niña bien portada, dulce y agradable, que no tuviera las manos demasiado grandes y toscas para su reducida estatura.
En el momento mismo de mi creación, fusión de adeenes, se perdió la información para coquetear. A cambio, me dieron una memoria casi eidética, que he ido minando a base de alcohol y determinación, una cabeza para entender de derecho fiscal y llorar con poemas de Benedetti y unos genes caribeños que nomás salen cuando estoy borracha. A los hombres los perdí desde que fui yo misma, porque encima me criaron con 5 varones que aprendí a ver como mis semejantes, no como títeres manipulables o posibles proveedores de caprichos.
Mi desgracia fue pensarlos como personas. Sigo creyendo que lo son, pero que no buscan personas, sino mujeres, y yo no soy mujer, nomás soy yo. No entiendo las sutilezas del control o del chantaje, no sé cómo negar cuando me muero por dar y se me nota a tres kilómetros cuando alguien me agrada. Tal vez porque la humanidad me incomoda tanto en lo general, que cuando uno de ellos me parece tolerable o más extrañamente aún, deseable, es imposible no darse cuenta de que bajé el puente levadizo.
Y a lo mejor por eso, cuando quiero, quiero de veras y no me ando con pichicateces. Si yo te quiero, me tienes toda, en las buenas, las malas y las peores, a 9000 kilómetros, enfrente, no importa. Yo estaré por ahí, pensando en cómo hacerte feliz, en qué puedes desear de cumpleaños con ocho meses de anticipación. Suena demasiado, pero así soy. A nadie le ha alcanzado, por cierto. Mi amor más salvaje despierta una simpatía irritante, en muchos de los casos. En tu caso, pa' pronto, porque igual mi ex marido fue otra cosa.
Todas las cosas buenas que me han dicho que tengo (simpatía, inteligencia, buen humor, ternura, etc) parecen una broma en comparación con la manipulación vil y barata de cualquier coatlicue. Porque estoy ahí, dando, pidiendo poco, esperando quién sabe qué.
Y ¿sabes qué? No quiero cambiar. No pienso hacerlo. No voy a mercantilizar mi capacidad de querer y cotizar en bolsa, porque de todas las cosas en el mundo el amor sigue siendo lo único que no se gasta con las revolcadas. Yo no sé si todo esto es un espejismo creado a base de mi baja autoestima, pero me niego a creer que amé tanto a alguien nada más porque no puedo amarme a mí misma.
Para mí tú fuiste the one and only. Yo, para ti, una compañía intercambiable y sustituible por la fan en curso. Vale. Y a ver cuándo alguien en la vida, te vuelven a querer tanto. Más concreto: a ver cuándo una mujer tan lista, vuelve a quedar como pendeja contigo.
...a final de cuentas, sí, la vida es más linda cuando estás y me miras y me haces reír y me humedeces de lejos. Por eso te quiero. Pero nada es tan simple y mi querer es algo que se queda solo, te mira de lejos. Ahora más lejos, porque yo así quise y tú no me dijiste que me quedara. Nomás no basta, yo sé que no y por eso no cruzo la puerta, porque ya no tengo el discurso fácil ni el disimulo. Ya sólo queda esperar a que la calma no sea mentira y nos encontremos otra vez, sin cuchillos ocultos y sepamos que las astillas de la colisión se las llevó el viento. Que yo sepa, sobre todo, darte solamente lo que tú me has dado. Nada más.
Si parto desde cero, podré hablar de mi parálisis para escribir. Necesito escribir. La tesis, este blog, mi novela, mis cuentos. Los últimos más inciertos, pero tal vez más necesarios. También quiero terminar la tesis, es cierto, porque de ahí a lo mejor comemos todos.
Me gusta Cerati, justo ahora. Siempre es hoy. Luminoso, amarillo, sin delirios. Posible. Carajo. Llevo un año debatiéndome con lo imposible. Más, quizá. Un poco más. Cada cierto tiempo me revelo una verdad. Hoy ha sido: me equivoqué contigo. Pensé. Creí. Cosas tuyas y mías, igual de revueltas, igual de insensatas. Quizá te pueda querer en abonos, pero me siento como un pájaro mojado en la lluvia cada vez que te desapareces. Te he querido sin reparos, sin peros. Tú me has querido a veces, y no tanto, para ser precisos. Porque te vas siempre y me dejas ambicionar, no me detienes. Hasta que un día llega en que de pronto necesito que seas y no estás, estás soñando con princesas improbables, imágenes que construiste sin mi, antes de mí, durante mi ingrávida presencia. Y yo pensando, no sé... que podía seguir, que las cosas eran suficientes como estaban, que un día te ibas a dar cuenta de que seríamos mejor de lo que tú crees que podría ser.
Me quedé atravesada. Me duró la tristeza de no decidir nunca. Tengo ganas de hacer las maletas, de no buscarte más. Muy en concreto, de dejar de anidar contigo en esas tardes que le das al olvido. Te dejo. Mil veces te dejo. La incertidumbre me quema, me entristece y luego soy alguien que no puede decir ni lo esencial, ni lo aburrido, porque estoy demasiado abrumada, preguntándome, cómo es que no me quieres si podríamos querernos tanto.
Ya lo he dicho. No has respondido gran cosa. Que seremos lo que yo quiera, que ya lo sabía yo. Ajá. Te lavaste las manos pues, como a quien le quitan un platito adicional de dip de queso. No es ninguna tragedia. Tú tenías ya todo lo que podías querer, y en una de esas te embarrabas por el queso extra. A ti qué chingaos, pues.
No esperaba una escena, es verdad. Tampoco te pedí un último abrazo, como las otras veces. Todo lo que quería es que te fueras de mi único espacio en cuanto acabaras tu comida. Me mata. Empezar a extrañarte y saber que los chistes ya no serán tuyos, que ya no quiero esperarte nunca. Que tarde o temprano voy a encontrarme frente al espejo y me voy a desconocer, porque de alguna manera te llevo. Te llevo siempre, como el taxista. Pinche súper modelo ¿qué te importa? Es eso. No te importa cuánto te quise, cuánto te quiero, que yo hubiera volado al fin del mundo si tú me dijeras que me extrañas. Que me necesitas de algún modo, ahí contigo.
No te importa, tú lo sabes y yo lo sé. ¿Para qué andarnos con cuentos?
En el peor de los casos yo seré como un bien fungible. En el mejor, me extrañarás un poco. Nada de eso me sirve. Nada de eso, si me permites opinar, nos sirve.
martes, 10 de septiembre de 2013
Retorno a lo puro.
Este lugar es -lo he dicho antes- santuario, casa, dormitorio, motel. Sobre todo cuando estás alrededor y existen esas complicidades, delicadas como burbujas de jabón, que hacen coincidir nuestras miradas y alientan un efímero "nosotros", que muere cada día y se construye otra vez, de cenizas vacilantes. Y nunca sé si mañana encontraré tus ojos cálidos, dispuestos. O si mañana, por fin, sea el día en que de verdad comience a perderte y tenga que dejarte ir, hacia una vida sin lado B, en la que por fin te conviertas en el hombre que ella te pide que seas.
La verdad es que yo te pierdo, porque soy quien más desea tenerte. Yo me quedo sin ti, como quien se queda sin aire, languideciendo poco a poco, con este amor luminoso que ni tú ni to nos merecemos y que traigo adentro como una criatura, nutriéndose de mi centro.
Odio que me hablen de ti, de tus secretos. Porque esa figura tuya de los relatos ajenos no se parece en nada a la parte de ti que se conjuga conmigo y de pronto suelta una verdad como una pena y una eterna contradicción... hoy no vendrás y este lugar me consuela, porque sin ti se vuelve un silencio limpio que no me pide explicaciones por las lágrimas, las vacilaciones, los suspiros. Que de pronto es lo que es, un sitio para escribir las soluciones por las que me pagan.
Qué adorable es celebrar tu ausencia. Como un velorio con fuegos artificiales.
Qué adorable es celebrar tu ausencia. Como un velorio con fuegos artificiales.
viernes, 6 de septiembre de 2013
¿Sabes una cosa? Me está gustando esto del "no sé".
lunes, 2 de septiembre de 2013
A lo mejor no me entero nunca si mis creencias sobre vos se parecen un poco a lo que eres. Porque, bueno, tampoco sé muy bien si lo que creo sobre mí misma se parece a lo que deambula por el mundo con mi nombre. Saber-saber, no lo sabré nunca. Escribiré en círculos sobre mi elemental y opresiva ignorancia, guiada por un instinto aparentemente suicida.
No puedo contarte nada nuevo. Puedo hablarte sobre hilos de sangre, y mi brazo con sus lunares profundamente solos.
El mundo, que yo sepa, sigue girando. Yo no te suelto. Por necedad, por principios, por lealtad a esto que vive alimentado de mi irracionalidad más profunda. Principalmente, por que no me da la gana. Porque esto es mío, más mío que nada en el mundo, tanto como mis ojos, mis dedos de los pies, mis manos. Y porque no es asunto de nadie si yo te quiero y tú te dejas querer de vez en cuando.
No puedo contarte nada nuevo. Puedo hablarte sobre hilos de sangre, y mi brazo con sus lunares profundamente solos.
El mundo, que yo sepa, sigue girando. Yo no te suelto. Por necedad, por principios, por lealtad a esto que vive alimentado de mi irracionalidad más profunda. Principalmente, por que no me da la gana. Porque esto es mío, más mío que nada en el mundo, tanto como mis ojos, mis dedos de los pies, mis manos. Y porque no es asunto de nadie si yo te quiero y tú te dejas querer de vez en cuando.
miércoles, 31 de julio de 2013
lunes, 22 de julio de 2013
Cómo no ser adicta a ti, si eres tan incierto como amanecer mañana...
Si toda interacción tuya y mía está sombreada de final y precipicio...
La invisible cuerda que nos une, es gozarte un instante y sufrirte al siguiente, decirte adiós en un parasiempre que dura hasta que rompes el silencio y vuelves a irrumpir en mi vida, con tu perversa ingenuidad.
Puedo levantar este amor desde las cenizas cada fin de semana, construirte un mundo y prenderle fuego cuando tus gestos se vuelven ajenos de nuevo.
Así me has hecho quererte, irremediable, desesperanzado. Así te prefiero ahora, así te vivo, te como, te sueño. Lejos, pegado a mi piel, mirando a través de mis ojos lo que no vamos a vivir los dos.
Tú me enseñaste que siempre y nunca es una misma cosa.
Si toda interacción tuya y mía está sombreada de final y precipicio...
La invisible cuerda que nos une, es gozarte un instante y sufrirte al siguiente, decirte adiós en un parasiempre que dura hasta que rompes el silencio y vuelves a irrumpir en mi vida, con tu perversa ingenuidad.
Puedo levantar este amor desde las cenizas cada fin de semana, construirte un mundo y prenderle fuego cuando tus gestos se vuelven ajenos de nuevo.
Así me has hecho quererte, irremediable, desesperanzado. Así te prefiero ahora, así te vivo, te como, te sueño. Lejos, pegado a mi piel, mirando a través de mis ojos lo que no vamos a vivir los dos.
Tú me enseñaste que siempre y nunca es una misma cosa.
jueves, 11 de julio de 2013
Más puede un par de tetas...
Tuve un problema con ellos desde que supe que tenía qué esperarlos. Mis senos. Mi pubertad pasó con todos sus achaques sin que yo viera clara su presencia. Se resistían a ocupar un lugar en el corpiño que mi madre decidió que debía usar y las tardes de mis obsesiones se arremolinaban en torno a ese vacío. La historia de mi sexualidad, equívoca y llena de dudas (como, quiero asumir, es la de todos los seres que transitamos por mutaciones adolescentes) estuvo marcada por su casi imperceptible existencia.
Construí mi feminismo personal basada, en parte, en que la feminidad iba más allá de una copa C (ya ni soñar la D) y que la belleza está en todos lados, en todos los cuerpos, todas las posibilidades. Eso me llevó a extraños vericuetos eróticos que oscilaban entre el hedonismo y la casta pureza, a cerrar los ojos y buscar el placer, porque al abrirlos, los vientres abultados se tornaban atractivos, no había un molde al que debiera ajustarse una pierna, un ombligo, para poder ser lamido con adoración. Por lo mismo, un rostro excesivamente simétrico o un abdomen modelado en gimnasio no garantizaban goce alguno.
Ese convencimiento, creado a fuerza de mi imposibilidad de procurarme implantes para olvidar mis inseguridades -de la misma forma que habría servido una cirugía de nariz- llegó a ser tan constante que, ahora que se me olvida cuando me pagan, porque nunca gasto todo mi dinero, ahora que podría intentar sanar todas mis inseguridades -nariz, senos, panza- descubro que hace mucho las olvidé. Me da igual si tengo que sacarme la ropa a plena luz o en la oscuridad. No me gusta la celulitis -siempre al acecho en los probadores- pero la olvido fácilmente. Últimamente estoy más preocupada por saber cómo arreglar el mundo que por tener escote hipnotizante.
El sexo ya no es fácil, porque pienso más y la piel se me ha llenado de dudas. Es más complicado llegar ahí, pero cada vez vale la pena, en este año marcado por un enamoramiento muy a la antigua, terriblemente fiel, que se ahoga en una pasión que hace estallar mis sentidos, que ignora sutilezas y me deja convencida de que eso y no otra cosa es lo que yo quiero al hacer el amor, con ese hombre o cualquier otro.
Con tanta tranquilidad es difícil no juzgar a otra mujer que decide renunciar a diez años de terapia y ponerse senos, para algo tan simple como volverse a desnudar frente a otro, sin miedo. Adecuarse a esa idea que no sé si es suya, de la sociedad o de Mattel. Titubeo ante la afirmación tajante por una sola cosa. Humanidad, creo. En toda su disfuncionalidad gloriosa. Con senos nuevos, por qué no, sin panza, con panza, desnuda, en Chanel y en ropa reciclada, abajo de un puente, en la cama de un hotel de cinco estrellas, en una iglesia.
Mi propio estándar de benedicencia se quedaría seco y aburrido si todos lo abrazaran. Que haya pasión errores, escotes, suicidios, depresiones. Deseo, perversiones, dudas. Que haya vida, pues.
Construí mi feminismo personal basada, en parte, en que la feminidad iba más allá de una copa C (ya ni soñar la D) y que la belleza está en todos lados, en todos los cuerpos, todas las posibilidades. Eso me llevó a extraños vericuetos eróticos que oscilaban entre el hedonismo y la casta pureza, a cerrar los ojos y buscar el placer, porque al abrirlos, los vientres abultados se tornaban atractivos, no había un molde al que debiera ajustarse una pierna, un ombligo, para poder ser lamido con adoración. Por lo mismo, un rostro excesivamente simétrico o un abdomen modelado en gimnasio no garantizaban goce alguno.
Ese convencimiento, creado a fuerza de mi imposibilidad de procurarme implantes para olvidar mis inseguridades -de la misma forma que habría servido una cirugía de nariz- llegó a ser tan constante que, ahora que se me olvida cuando me pagan, porque nunca gasto todo mi dinero, ahora que podría intentar sanar todas mis inseguridades -nariz, senos, panza- descubro que hace mucho las olvidé. Me da igual si tengo que sacarme la ropa a plena luz o en la oscuridad. No me gusta la celulitis -siempre al acecho en los probadores- pero la olvido fácilmente. Últimamente estoy más preocupada por saber cómo arreglar el mundo que por tener escote hipnotizante.
El sexo ya no es fácil, porque pienso más y la piel se me ha llenado de dudas. Es más complicado llegar ahí, pero cada vez vale la pena, en este año marcado por un enamoramiento muy a la antigua, terriblemente fiel, que se ahoga en una pasión que hace estallar mis sentidos, que ignora sutilezas y me deja convencida de que eso y no otra cosa es lo que yo quiero al hacer el amor, con ese hombre o cualquier otro.
Con tanta tranquilidad es difícil no juzgar a otra mujer que decide renunciar a diez años de terapia y ponerse senos, para algo tan simple como volverse a desnudar frente a otro, sin miedo. Adecuarse a esa idea que no sé si es suya, de la sociedad o de Mattel. Titubeo ante la afirmación tajante por una sola cosa. Humanidad, creo. En toda su disfuncionalidad gloriosa. Con senos nuevos, por qué no, sin panza, con panza, desnuda, en Chanel y en ropa reciclada, abajo de un puente, en la cama de un hotel de cinco estrellas, en una iglesia.
Mi propio estándar de benedicencia se quedaría seco y aburrido si todos lo abrazaran. Que haya pasión errores, escotes, suicidios, depresiones. Deseo, perversiones, dudas. Que haya vida, pues.
martes, 14 de mayo de 2013
Hay que ser masoquista para no soltarte...tiempo, tiempo y sigues siendo un clavo ardiente. El vacío me tienta, con su cálido olvido.
Supongo que habrás de borrarte, querido lobo, la gala de oveja no alcanza para esconder tus garras, mis heridas. No esperes justicia de mí. Sólo me queda el rencor para salvarme de sufrirte.
Supongo que habrás de borrarte, querido lobo, la gala de oveja no alcanza para esconder tus garras, mis heridas. No esperes justicia de mí. Sólo me queda el rencor para salvarme de sufrirte.
sábado, 16 de marzo de 2013
Nico:
Cómo nos vas a hacer falta, bebé. Hasta cuando no sepamos que nos haces falta, cuando naveguemos por esta vida sin tu valentía y sin darnos cuenta del regalo de respirar. Todo se quedó en el aire, el pecho de tu mamá sigue llamándote, el corazón de tu padre, los brazos de tus tíos, las agujas de tejer de tu abuela, el gesto adusto y complacido de tu abuelo, se quedaron vacíos y en suspenso para siempre.
Las manos de tu papá te abarcaban completo, y era tan raro, ¿sabes? porque toda la esperanza de una familia cabía en uno de tus deditos. Mi luna y mis estrellas, Nicolás, pedacito de vida, cómo te soñamos, Nicolás. Mi arriba y abajo, hijo de mi hermano, hijo de todos los que te esperamos para quererte como a nadie, como a uno de nosotros.
Nos encontramos en la irrealidad de tu despedida, de tus mejillas perfectas con la sombra de la ausencia. Tú ya estabas no sé en dónde, pero muy lejos, Nicolás, cuando me acerqué a tu caja blanca sin más adornos, porque así lo quiso tu padre, porque quiso que viera lo perfecto que eras antes de que lo último de ti quedara en el frío.
Eres la luz del sol, el canto de gorriones extraviados que se posaron en mi ventana el día que te marchaste, el agua que cae de la ducha, eres el viento frío del páramo que me cortó las mejillas mientras escribía tu nombre en cemento fresco, eres el café por la mañana, las formas que dibuja tu padre con el cuerpo cuando se pone muy serio y hace eso que él llama kung fu. Eres tu madre y su voz de niña, eres cielo que se nos cae encima, eres el cosmos y la voluntad, eres mi necedad y mi amor.
Te quiero tanto, bebé. Te quiero tanto y tengo tanta nostalgia de los libros que nunca te voy a leer, de los juegos que no vamos a jugar, de la risa que nunca voy a tener el placer de oír. De todas las cosas cursis que no tengo derecho a sentir porque no soy más que tu tía y yo sólo sé cuánto me duele que no estés, y que tu padre te sufra en silencio, y que tu madre se haya quedado sin ti.
Yo no sé si la vida o la muerte tengan sentido, Nicolás. Pero en este caos, cómo me alegra que hayas existido aunque sea un segundo.
Eres la luz del sol, el canto de gorriones extraviados que se posaron en mi ventana el día que te marchaste, el agua que cae de la ducha, eres el viento frío del páramo que me cortó las mejillas mientras escribía tu nombre en cemento fresco, eres el café por la mañana, las formas que dibuja tu padre con el cuerpo cuando se pone muy serio y hace eso que él llama kung fu. Eres tu madre y su voz de niña, eres cielo que se nos cae encima, eres el cosmos y la voluntad, eres mi necedad y mi amor.
Te quiero tanto, bebé. Te quiero tanto y tengo tanta nostalgia de los libros que nunca te voy a leer, de los juegos que no vamos a jugar, de la risa que nunca voy a tener el placer de oír. De todas las cosas cursis que no tengo derecho a sentir porque no soy más que tu tía y yo sólo sé cuánto me duele que no estés, y que tu padre te sufra en silencio, y que tu madre se haya quedado sin ti.
Yo no sé si la vida o la muerte tengan sentido, Nicolás. Pero en este caos, cómo me alegra que hayas existido aunque sea un segundo.
lunes, 11 de febrero de 2013
Mi dulce elefante duerme ahora con los peces...
miércoles, 23 de enero de 2013
Se llamaba Toshiro Mifune. O eso entendió Pablo.
Yo te puedo decir que usaba camisas caqui que le quedaban chicas. Como para que un eventual narrador, fascinado por su aparición a contraluz, al final del pasillo, dijera "el uniforme de la prisión le venía pequeño". Pero la verdad de las cosas es que en la cárcel del Estado no te dan uniforme, sólo te reducen a todos los tonos de beige, como para que te vayas olvidando de quién eras antes de que todas esas puertas se cerraran a tus espaldas. De dónde saques la ropa para cumplir con esa regla, no era problema de los custodios ni del director del Cereso.
Si consideras que era 2006 y él tenía encerrado desde 1980, quince años en una cárcel federal y once más en Puentecillas, o sea veintiséis años de sobreviviente, seguramente ya podía escoger qué ponerse, entre la ropa que reparten las almas piadosas y la de presos más débiles. Así que, con toda seguridad, usaba camisas pequeñas para alardear los músculos del encierro. La coleta, los ojos entornados y el gesto adusto le daban un extraño aire de samurai, una figura de ficción entre todos esos fantasmas anónimos, todos iguales, todos irremediablemente marcados.
Fanfarroneaba. Parte de su rutina era 'recibir' a los nuevos, extorsionarlos y dejar claro que los que rifaban en ese mundo venían de las entrañas de Almoloya. Por eso siempre me preguntaré cómo es que mi hermanito, de ojos de cachorro y recién salido de la adolescencia, aguantó la brutalidad inicial (y son mis pesadillas aquí las que reemplazan al lenguaje; yo sólo podía pensar en mi niño hecho un santocristo, muerto de miedo y llorar y rezar y morirme, porque no alcanzaba todo mi amor y mi pena para protegerlo de la oscuridad que lo devoraba) para convertirse en un camarada más del patio al que salía para aliviarse el dolor de las moraduras.
Así escuchó la historia de Toshiro, el mexicano-japonés que fue un joven sicario allá en la época dorada del PRI.
-Era muy buen negocio, mi Harry. Cien mil por un cristiano, doscientos por un puerco. Empecé de morrito y ya a los veinte hice mi casa. Bien chingona. Tenía vidrios blindados, aguantaban un calibre 50 sin pedos. Cuando fueron por mí, me asomaba por las ventanas y me reía en la cara de esos pendejos. Se les acabó la munición y no quebraron ni uno.
-¿Y cómo fue que acabaste aquí?
Sentí cómo goteaba la salsa de la flauta a medio camino de mi boca. El silencio se espesó sobre la mesa de plástico, de manera que el crujido de la tortilla frita sólo se hizo más incómodo. Las épicas particulares no pueden ser arruinadas de esa manera. No por señoritas ojerosas que visitan los domingos, con una bolsa de mandado llena de comestibles y cigarrillos.
Aún así siguió su relato.
-El pedo fue que tenía un pasadizo, un túnel para escapar. Y los puercos sabían de eso. No sé cómo se enteraron, porque me tuve qué tronar a todos los albañiles de la construcción para que no fueran a chivatear. Sentí gacho, pero ps no había de otra. Igual alguien rajó.
Fue después de que me chingué un pinche guacho. Bueno, no un guacho cualquiera, era un tenientito que no había cumplido su chamba pero seguía cobrando su lana. Yo que sé. Nunca manejé guachos, porque son como los perros, Harry. Matas uno y se te va la jauría encima. Pero me ganó la ambición. No te voy a decir cuánto, pero era una feria, y pues llegué en la moto, lo tenía medido, pum, pum y ya. Fácil, afuera de un putero, buenas noches y adiós.
Pero no, a los días tenía los puercos a las puertas de mi casa. Doce horas aguantó el portón del túnel. Cuando entraron por mí, estuve a punto de pegarme un tiro, pero me apendejé. No sé si era la puta edad o el miedo o que todo fue muy rápido, pero me agarraron. El licenciado se chingó la lana, el tiempo fue pasando.
Y ya. Sesenta años, nomás. Homicidio de funcionario público y los que se fueron acumulando, porque les faltaba a quién echarle la culpa de otros angelitos. Algunos sí, otros no me acuerdo. De todas formas les salgo debiendo, porque no era de a uno ni dos a la semana. Así es el pedo, así toca. Ya no supe nunca quién fue el que me chingó. Pero igual, he vivido más tiempo adentro que afuera. ¿Si es cierto lo de los celulares?
-¿Y cómo fue que acabaste aquí?
Sentí cómo goteaba la salsa de la flauta a medio camino de mi boca. El silencio se espesó sobre la mesa de plástico, de manera que el crujido de la tortilla frita sólo se hizo más incómodo. Las épicas particulares no pueden ser arruinadas de esa manera. No por señoritas ojerosas que visitan los domingos, con una bolsa de mandado llena de comestibles y cigarrillos.
Aún así siguió su relato.
-El pedo fue que tenía un pasadizo, un túnel para escapar. Y los puercos sabían de eso. No sé cómo se enteraron, porque me tuve qué tronar a todos los albañiles de la construcción para que no fueran a chivatear. Sentí gacho, pero ps no había de otra. Igual alguien rajó.
Fue después de que me chingué un pinche guacho. Bueno, no un guacho cualquiera, era un tenientito que no había cumplido su chamba pero seguía cobrando su lana. Yo que sé. Nunca manejé guachos, porque son como los perros, Harry. Matas uno y se te va la jauría encima. Pero me ganó la ambición. No te voy a decir cuánto, pero era una feria, y pues llegué en la moto, lo tenía medido, pum, pum y ya. Fácil, afuera de un putero, buenas noches y adiós.
Pero no, a los días tenía los puercos a las puertas de mi casa. Doce horas aguantó el portón del túnel. Cuando entraron por mí, estuve a punto de pegarme un tiro, pero me apendejé. No sé si era la puta edad o el miedo o que todo fue muy rápido, pero me agarraron. El licenciado se chingó la lana, el tiempo fue pasando.
Y ya. Sesenta años, nomás. Homicidio de funcionario público y los que se fueron acumulando, porque les faltaba a quién echarle la culpa de otros angelitos. Algunos sí, otros no me acuerdo. De todas formas les salgo debiendo, porque no era de a uno ni dos a la semana. Así es el pedo, así toca. Ya no supe nunca quién fue el que me chingó. Pero igual, he vivido más tiempo adentro que afuera. ¿Si es cierto lo de los celulares?
viernes, 4 de enero de 2013
Dude, you make me sick.
Literally, I want to throw up if I think you still exist.
Literally, I want to throw up if I think you still exist.
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