Para mí escribir siempre ha sido cosa de impulsos vergonzantes. No compartiré la bochornosa historia infantil que originó semejante concepción, pero que ahí quede. El proceso de vaciar mi cabeza en papel involucra, en casi todas las ocasiones, un sentimiento de culpa parecido al que inculcan los curas sobre la masturbación.
Ahora siento un impulso tremendo de decir, pero no sólo ahora, sino continuar con el parloteo hasta que se me seque el cerebro y tenga que acostarme a esperar a los gusanos.
Tal vez tienes razón y disfrazo mi megalomanía con la baja autoestima... amo el sonido de mi propia voz...