viernes, 12 de agosto de 2016

Soledad

Un perro rabioso que me acosa desde que puedo recordar. El sentimiento difuso, omnipresente, casi omnipresente, de estar sumergida en una pecera. El hastío, la nada, los neurotransmisores que no encuentran su cauce.

Empiezo a tener sueño. La espiral descendente que me hará buscar el estímulo que deje en carne viva a mi ánima, hasta devolverme la capacidad de soportarme a mí misma, de tolerar el día. El mecanismo es el mismo de siempre, pero el aprendizaje me ha conducido a evitar el drama como alivio del tedio. He llegado a la conclusión de que sólo la creación, el deleite de la mente y los sentidos, puede salvarnos de la nada. Sólo el placer, el efímero y esquivo placer, otorga sentido a este transcurrir de los latidos, encaramados como mosquitas microscópicas en un mundo que es a la vez insignificante y majestuoso.

El deseo de conectar con otro, con otros, un hambre instintiva que se pelea con este delicado mundo interno de contemplación. Ver otra cara reaccionar a la mía, ser capaz de disfrutar una botella de vino, una comida, un momento. Reírme. ¿Pero de qué? Aquí viene mi depresión auto diagnosticada de nuevo. El exilio auto impuesto respecto de los otros, que me son siempre ajenos o atemorizantes, cuando no directamente tóxicos.

La tóxica soy yo. Enredada sobre mí misma, chupándome el veneno. Sólo maravillada ante un pequeño niño que no ha olvidado cómo vivir. Ante el mundo que extiende sus lugares desconocidos como una tentación, eterno llamado a no volver. Ante la posibilidad del amor (¿cuál amor? ) inventado, con cara de hombre, con olor de hombre, pero con manos de mujer.


miércoles, 10 de agosto de 2016

Los iracundos

¿En qué círculo del infierno se encuentran los que se dejaron llevar por la furia? En el quinto, me recuerda Wikipedia. Tal vez no debí leer la Divina Comedia hace tantos años, porque la he olvidado casi por completo. Sólo recuerdo que en el corazón de las tinieblas no hay fuego, sino hielo infinito.

Los iracundos, hundidos en el lodo, impotentes, mordiéndose con los propios dientes. Así hoy yo, buscando metáforas baratas para sentirme atrapada por mi propia, ilusoria miseria.
Dame una fábula, una conseja que me permita jugar con esas imágenes del medievo, para acomodarlas a esta realidad de enajenación incompleta, de pequeña rebeldía ante el escritorio y el pantalón de poliéster, de ser poca cosa y mucho sentimiento de injusticia.

Admiro a los iracundos. La rabia constante debería ser considerada disciplina olímpica, porque un día  de eso alcanza para dejarte completamente exhausto. Ira, un sentimiento que encuentro tan inútil.
La realidad, sin embargo, parece desmentirme. Veo a los iracundos abrirse paso en la vida, con el temor que genera su rabia. Iracundo mi padre con el cinturón en la mano, reventando a cuerazos a mi hermano, adolescente y borracho. Mi madre, reventando la cuchara de madera en la espalda del niño que no quería comer habas. Terribles ante niños indefensos.

Porque la ira, desde luego, sólo impone si va acompañada de un poco de poder. El suficiente para que el miedo viva alrededor tuyo. De hecho, a veces el poder genera, por sí solo, la percepción de una ira temible, aunque nunca se materialice. Así mi padre, temeroso de las reacciones de sus hijos adultos. Así mi madre, que me miente para no hacerme enojar y piensa que si eso pasa dejaré de pasarle su mesada. Tengo un mínimo poder doméstico y han inventado mi ira. La que me emborucó como bola de estambre y me dejó bebiendo té verde, respirando con cuidado, descubriendo que me dibujan los miedos de los otros.