Crecí entre un montón de gente cuyo segundo cromosoma X era cojo; como los míos están completos, tuve que entender que no era razonable ponerme a llorar por un anuncio de Metlife (ese donde la mamá se deshace en llanto después de entregar al niño a su primer día de escuela).
El mundo está regido por gente razonable, entonces. Hombres. Los que ponen esa exigencia idiota de que una no se vuelva loca cada treinta días (¡pero algún día...!)
Mucho tiempo he creído que Dios, en caso de existir, es un misógino de tiempo completo. ¿Qué otra cosa explicaría que cada mes pase cuatro días hipersensible, hinchada y deprimida? Eso sin mencionar el bajón de coeficiente intelectual, que no ayuda nada cuando tienes un jefe de inteligencia satánica y tendencia al autismo.
La vida es extraña, cuando no completamente triste. Hay cachorros perdidos por doquier, gatos abandonados, gente desesperanzada. Y el estrógeno es un lente que magnifica todo ello... la mejor explicación que alguien me ha dado al respecto, es que sin tanta pinche hormona, de seguro no habría nadie dispuesto a tolerar infantes -obstáculo severo para la subsistencia humana- lo cual hace que tenga algo de sentido el por qué puedo pasar dos horas comentando los detalles de la última fiesta infantil en la que estuvo mi sobrina de año y medio.
Aún así, no me gusta el estrógeno. No me gusta la debilidad, porque soy una miedosa sensible que tiene que jugar con las mismas reglas que los del cromosoma Y...
Y, bueno, porque tanto estrógeno hace que tampoco sepa muy bien cómo perder.
Y, bueno, porque tanto estrógeno hace que tampoco sepa muy bien cómo perder.