viernes, 14 de noviembre de 2008

El blues del estrógeno

Crecí entre un montón de gente cuyo segundo cromosoma X era cojo; como los míos están completos, tuve que entender que no era razonable ponerme a llorar por un anuncio de Metlife (ese donde la mamá se deshace en llanto después de entregar al niño a su primer día de escuela).


El mundo está regido por gente razonable, entonces. Hombres. Los que ponen esa exigencia idiota de que una no se vuelva loca cada treinta días (¡pero algún día...!)


Mucho tiempo he creído que Dios, en caso de existir, es un misógino de tiempo completo. ¿Qué otra cosa explicaría que cada mes pase cuatro días hipersensible, hinchada y deprimida? Eso sin mencionar el bajón de coeficiente intelectual, que no ayuda nada cuando tienes un jefe de inteligencia satánica y tendencia al autismo.


La vida es extraña, cuando no completamente triste. Hay cachorros perdidos por doquier, gatos abandonados, gente desesperanzada. Y el estrógeno es un lente que magnifica todo ello... la mejor explicación que alguien me ha dado al respecto, es que sin tanta pinche hormona, de seguro no habría nadie dispuesto a tolerar infantes -obstáculo severo para la subsistencia humana- lo cual hace que tenga algo de sentido el por qué puedo pasar dos horas comentando los detalles de la última fiesta infantil en la que estuvo mi sobrina de año y medio.


Aún así, no me gusta el estrógeno. No me gusta la debilidad, porque soy una miedosa sensible que tiene que jugar con las mismas reglas que los del cromosoma Y...

Y, bueno, porque tanto estrógeno hace que tampoco sepa muy bien cómo perder.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Basura

Me tomo la cerveza a tragos apresurados y largos.

De momento, soy un lienzo gris- no, más bien beige- sobre el que las cosas de los demás van dejando una embarradita de color, una marca de sus dolores y sus neurosis, hasta de sus pequeños placeres .

Un amigo -¿o era un amante? cuando una habla con ellos se hace difícil distinguir - me dijo que los blogs estaban bien mientras se tratara de chismorreo, pero cuando intentaban ha(sc) er literatura le parecían el intento más patético de un intelectual por ser leído.

Estoy de acuerdo, con la salvedad de que no me considero intelectual -patética sí, a veces-. También carezco de sistemática, y si no balbuceara on line, de seguro terminaría babeando servilletas (bueno, ya lo hago, pero probablemente lo haría más seguido en ese caso).

Las florecitas siempre me salen chuecas, pero me niego a poner la concentración necesaria en ellas para que salgan proporcionadas. Afuera, la gente forma nubes desde la nariz y la boca; una vez leí que parecían globitos de diálogo. En ese entonces me gustó la idea, ahora me parece una pendejada.

Mis manos se ven agrietadas alrededor de la porcelana, aspiro antes de emprender la rutina de equilibrista que implica servir un chocolate. Están agrietadas, en realidad. Tengo 23 años, y manos de sirvienta, pero leo a Simone de Beauvoir.

En una de esas tiene razón. Este mundo está lleno de historias baratas, de emoción fácil, como aquella del niño que se enamoró de la prostituta. Los blogs, supongo, son para los impacientes, para los indisciplinados -y para los exhibicionistas, diría yo-. Qué putada. Todos queremos ser especiales.


Me gusta cómo se me afila la cara con el frío, o la engañosa sensación de ello, al menos. Encima de las dos camisetas tengo un mandil, el cuello desaparecido bajo la bufanda. Saludo al esquizofrénico local para que me farfulle un augurio. Ahora dice algo sobre las vaginas, y yo me siento, por millonésima vez, como un personaje gastado en una obra absurda, que algún maniático decidió montar en el fondo de un barranco.

Sí, estoy vomitando basura. Lo peor, supongo, es saberlo y no frenarlo, no apretar el botón (esto es literal en el servidor éste) para desaparecer mis balbuceos. Lo admito: mi propia imbecilidad me enternece.