miércoles, 26 de febrero de 2014

II

Hay algo con los niños muertos. Un hilo de sangre. Todo empieza con un hilo de sangre o de cualquier fluido corporal espeso. Semen y sangre. Semen, sangre, sexo. Soy como un pez, como un bicho ciego que se mueve en el agua guiado por puro instinto. Del regusto metálico que me dejas en la boca, repto hacia tus dientes, que se cierran, crueles, sobre alguna pieza de mi carne. Ya no sé cuál.

Abro los ojos y mis huesos han dejado de ser gelatina. Se han vuelto estacas afiladas que no encuentran cobijo entre tu piel. Me marcho, antes de que tú decidas que es tarde. Somos un buen cliché, enemigos de la luz, gatos rencorosos. Un día cualquiera -así son ellos- empiezo a saber que algo me crece dentro, tan tuyo y tan mío. Sombrío, el niño se apodera de mis sueños y a veces parece más un verdugo que un hijo. El niño. Con sus ocho semanas llenas de uñas aterroriza horas llenas de fantasmas sin cara ni dueño.

A veces tiene un nombre secreto, sobre todo los domingos en que siento su quieto palpitar en mi centro, que se expande en la neblina solar. A veces es poco tiempo. El que toma viajar al DF un sábado frío y llegar a la clínica oculta entre dos edificios. Las mujeres te llaman nena, mientras preparan metales cubiertos de tela rosada. Él está ahí, latiendo quedamente, apenas con forma. No sabe ¿o sí? que se irá al país del olvido, a la bruma del domingo que cubrió nuestros secretos. Todo es brutalmente normal, una cánula en el brazo. Silencio. Los sueños.

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