lunes, 30 de noviembre de 2015

Siete mujeres

Una mesa circular agrupa a siete mujeres. Cada una está marcada por los hombres: su presencia, su ausencia, su modo particular de relacionarse con ellos. Cada una soportando un rumor a su espalda, como un letrero malintencionado de escuela secundaria.

P. está sola. Pero tal vez no lo estuvo siempre. Todas sabemos que es lesbiana y exuda el estereotipo: fuerte, neta, alta y casi andrógina. Bella y gastadamente andrógina. A los 38, la naturaleza se encargó de bombardearla con la bendita maldición de quitarle la opción a la que ya había renunciado, con una histerectomía de emergencia que la dejó preguntándose... P. se definió en su negación hacia los varones, que en esta sociedad del centro de la República se lleva tan bien con la imagen de decencia.

A su derecha está L., una mujer guapa y femenina, el amor rabioso y apenas disimulado de P., que se largó a vivir a 400 kilómetros de aquí cuando L. se casó y alumbró a una niña fea como el padre, que sin embargo ha heredado las maneras delicadas de la madre. L. sigue mirando con ternura a P., quizá las manos perdidas debajo del mantel se acuerden de Nacho Cano y sus canciones. L. pasa la canasta del pan con sus dedos manicurados mientras se habla de jefes maduros y atractivos, divorciados. L. es el upgrade de uno de ellos, que como siempre ocurre, se casó con la novia de la preparatoria que se quedó en calidad de ama de casa, sólo para divorciarse y conseguir una esposa de mejores gustos.

B. está embarazada por tercera vez, de un marido en camino al estrellato profesional. Cada hito de esa carrera ha sido convenientemente asegurado con un hijo más. Todos varones, todos sanos y perfectos, salidos de una mujer con habilidades para parir y criar sin quejarse ni buscarse otro entretenimiento. En una mesa de profesionistas, B. es la única esposa de. La única que debe contestar preguntas que no se refieren a ella, la única que no ha conocido de primera mano el salario. Una rareza de los años 50, colada en la reunión de mujeres que tratan de ser tomadas en serio dentro del mundo de hombres que ha conquistado su esposo. Por alguna curiosidad ginecológica, la única que ha dado a luz por parto vaginal, en medio de abogadas que sólo pudieron echar a sus niños al mundo mediante una intervención quirúrgica. Habría qué hacer un estudio sobre las interferencias de la vida profesional en la dilatación del cuello uterino.

G. está de regreso del psiquiátrico, a donde la mandaron dos frascos de barbitúricos y un fracaso matrimonial que se conoció en 6 estados. Fresca, recién divorciada y con una discreta cirugía de busto, se ofrece guapa y sarcástica. Es mi favorita, porque está a la vuelta de todo: amor, desamor, hijos, amantes, sexo, éxito, teorías. Por eso y porque detrás del Chanel bien plantado, se percibe tremenda esencia de libertad que no han apagado 15 años de oficina. Una libertad frágil, un poco hecha a la histeria, en la que se adivinan las largas noches mirando los pies enfundados en calcetines a media pregunta, de esas que ni siquiera se pueden verbalizar.

G. es mi favorita porque es una niña perdida, como yo. 

Yo, que estoy en medio, con mi hijo en brazos. También definida por los hombres: más precisamente, por la ausencia de uno, el que me hizo el hijo. Cercada por preguntas sobre la llegada del inexistente hermano de mi pequeño, que afortunadamente cambian hacia guarderías, horarios de oficina, extensión de la lactancia. Todas miran cuando saco la teta para amamantar y todas paran un momento para ajustar el discurso progresista ante mi descaro evidente, que es más pereza ante los biberones que ganas de retar a la sociedad. Que la sociedad se rete sola. Soy la más joven aquí; quizá también, la que menos entiende de la tensión que nos pone máscaras frente a las otras.

S. está a mi lado, con los rumores malintencionados que levanta el marido atractivo y joven, de mirada bobalicona, que guarda silencio ante sus intervenciones en otros ambientes. S. fea, exitosa y segura, sin historias fuera del guión. Una fugitiva de la maldición de las profesionistas sin hombres que llenan el imaginario popular femenino con terrores a la tercera década y al útero implacable que, aseguran, tarde o temprano reclamará su vacío. S. con la casa de cuento y el mito de la vida resuelta que adivino injusto, porque la vida puede ser mierda hasta en la seguridad del molde. Una hijita parece haberle revivido la ternura en el rostro cansado de ver expedientes.

A. trata sin éxito de que su niño de 2 años se quede quieto para seguir la conversación. Dolorosamente guapa para esta reunión, intensamente agradable, habla como reina sin corona del muy reciente ex marido, que anda por la vida desmintiendo las fotos de Facebook que los proclaman lindos y felices.
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Llegué a un punto de este texto en que me duele seguir.
Yo...yo aprendí a usar los prejuicios para ordenar una realidad que se presenta caótica. Aprendí a ridiculizar lo diferente para no tener qué pensar demasiado en lo semejante. Vi a estas mujeres sentadas a la mesa, cada una representando un estereotipo, una categoría, atacando en la conversación el modo de vida de la otra. Cada quien desde una trinchera imaginaria, cada una marcada en el discurso por algo tan ajeno como sus relaciones con los varones. No pude evitar verlas y pensar: lesbiana, divorciada, casada, ama de casa, soltera.

Ha pasado un tiempo desde que las vi. La odiosa observación de entonces, hoy releída, me parece machista y obsoleta. ¿Cómo es que no podemos ser vistas sin pensar en nuestras relaciones con un pene? Ni yo pude sustraerme a mirarlas a través de ese cristal. Poco sé si les gustan los musicales o las telenovelas, las bandas de rock o las orquestas. Si son de izquierda, de derecha o si la política no les interesa. Si leen, si van al cine, si tienen pequeñas obsesiones secretas.

En gran parte, no sé de ellas porque ellas mismas se niegan. La conversación de esa mañana no se apartó del papel de compañeras, de madres. De la natación de la pequeña, del parto complicado, de la ex esposa del marido. Claro, el útero marca la vida. Pero ¿hay vida después del útero? ¿Existimos las mujeres?

Me sentí desnuda al leer nuevamente el borrador que escribí aquella noche. Me sentí asqueada. Parte del eficiente sistema que nos reduce a máquinas de parir, clasificando sin reflexión a esas mujeres que se sentaron a la mesa en una mañana de sol.

Lo único que persiste en mi mente de esa mañana, es la herida oculta que adiviné detrás de cada rostro ecuánime, el grito reservado para nunca o para después.