sábado, 24 de mayo de 2008

Mesa 5. La emo y el bestia.

Para contextualizar, diré que la conocí unos meses antes de que le saliera el busto, y de que empezara a cubrir su bonita cara con un fleco. Ahora, espera impaciente por la prepa que la libere de su escuela de soya. Mientras tanto, hace algunas incursiones al mundo real más próximo, que se materializa en forma de cortos, sexo, alcohol, algunas drogas ilegales y dos o tres obras de teatro.

Hoy llegó temprano para una cita concertada con un director de pornografías fílmicas de tres minutos, barnizadas de pretensión; me encontró secando vasos atrás de la barra. Se tomó un frapé, me contó del tipo. Expresé mi escepticismo acerca del “proyecto”, me arrojó un vaso de papel a la cabeza, con mala puntería.

Ahora están a la mesa en cuestión, y él bebe espresso tras espresso mientras trata de convencerla de la profundidad artística de encuerarse frente a un montón de gente con cámaras y montárselo con otra chica. Me pregunto si él sabe que la muchacha que se come con los ojos apenas pasa de catorce, porque por más cara de depravado que tenga este hombre cuadrado y apestoso a colonia de tianguis, no puede ser tan estúpido.

Ella ríe. Me ha dicho que le asquean los tipos que la acosan, pero quizá es que ya descubrió lo difícil que es resistirse al deseo ajeno. Más que desear, ser deseada es droga dura, como dice un tal Velasco en la maquillada boca de una tal Violetta. Pone, se resbala al interior de una, y así es como he acabado aflojándole a los tipos más impensados. Ellos parecen sacados de uno de esos viejos comerciales de “ojo, mucho ojo”; claro que a mí me correspondería ir en este momento hacia su mesa, y sacar a la señorita Cantoral de la cueva lobuna en la que se está metiendo. Pero yo no tengo vocación de ángel de la guarda. A lo mucho, llego a diablo guardián.

Conjugación a destiempo

¿Y qué? Más. Soy olvidable, olvidada, olvidadiza. Tiemblo frente a una pantalla, acecho, busco, me pierdo, muerdo, desespero. Me estremezco en esta parálisis imposible, molesta, inoportuna, silenciosa, y encima de todo, por abajo de todo, dolorosa.

jueves, 22 de mayo de 2008

The scientist en una cantina

Afuera estaba el ruido de los autos que pasaban a distancia, afuera estaban las luces que se encendían ante el crepúsculo...afuera la gente que seguía con sus vidas, afuera estaban ellos, quizá en el cine, quizá se tomaran de la mano.

Pero ella miraba todo desde dentro, a través de las cortinas amarillas que puso ese día en la sala inmaculada a fuerza de neurosis, de evasión.

¿Cómo había llegado hasta allí, cómo se salta de la relativa felicidad a la miseria en menos de cuatro meses? Ella era otra. Era pelirroja, y todo en su mundo resplandecía, todo en colores, lleno de respuestas sencillas, de aprobación. Su paraíso. Él entró, y Eli creyó que el amor era justamente eso, ese paraíso inacabable de donde la habían expulsado sin una sola buena razón. Un edén con el ángel vengador más anodino y más pendejo posible. La tomó desprevenida, pero el caso es que las estrellas se ocultaron, se le perdieron. Ahora usaba el pelo rubio, se dibujó una estrella en el vientre, pero nada se iluminaba. Él se fue con esa bruja, y se llevó todas las seguridades de la vida anterior. ¿Cómo pierde una princesa ante un plebeyo sin chiste? La dejó en universo donde la fealdad y la tristeza eran posibles, sin importar los kilos de ropa bonita que le pusieras encima. Hacía frío allí, había soledad y preguntas sin respuesta. Estaba oscuro.



Chris Martin la entendía a la perfección, la consolaba desde esa canción repetida una y otra vez: “oh, take me back to the stars”. Pero no había nadie capaz de llevarla de nuevo hasta ahí. Lucio se había ido, y la había alejado. Limpiándose la nariz, se incorporó lentamente del sofá. Buscó en la bolsa de Liverpool, ahí estaban. Sacó el paquete y fue hacia su habitación. Sin poder evitar los sollozos, ni las mejillas húmedas, las fue pegando poco a poco en las paredes, en el techo, en su cabecera. “Oh let's go back to the stars”, susurró, con la vocecita enronquecida de dolor. Se tendió en la cama, a oscuras. Sus estrellas brillaban, pero parecían estar horriblemente lejos. No podía alcanzarlas...pero tenía que regresar hasta ahí, de algún modo. Volver a su mundo. Recuperar sus certezas, sus colores. En el buró había un par de frascos de píldoras que desaparecieron gentilmente en su garganta. Unos minutos después, en la oscuridad, redescubrió a sus estrellas.”