jueves, 30 de octubre de 2014
domingo, 12 de octubre de 2014
Día 40
No sé por qué, pero me siento más confiada al hablar de ti, ahora que tienes todas esas neuronas en tu cabecita de alienígena. Después de semanas de náusea constante, existencial y física, tu presencia invisible me ha dado una tregua. Será que descubrí que esta condición tiene muy poco de tragedia y un potencial inagotable de comedia involuntaria. O sea, no es tanto que la humanidad ahora me deba el conocimiento de que un embarazo no equivale a un apocalipsis zombie, sino que ya me acomodé a la idea, falta un chingo para que vengas y mientras, tengo que irme despidiendo de ciertas cosas, acomodando otras.
Hoy, por ejemplo, saqué del fondo del cajón, mis jeans más ajustados. Los que compré para celebrar la pérdida de esos dos kilos que, adivina, ya volví a subir. Entré en ellos temerariamente, dispuesta a la derrota ante el botón. Increíblemente, cerraron. Como algo así no volverá a suceder en más o menos un año, aproveché la ocasión y me puse tacones. Homenaje casi póstumo a mi trasero pre maternidad, que está volviéndose rápidamente un recuerdo de glorias extintas.
Le dije adiós a los pantalones inhibidores de la circulación y a cambio he abrazado la existencia del corrector para ojeras. No importa cuánto duerma, ahí amanecen. La semana que viví de gatorade y pan tostado, ocupaban la mitad de mi cara. Ahora, aunque pueda zamparme unas enchiladas y dormir como oso, sigo pareciendo un poco cruda todo el tiempo. Eso del glow materno ha venido a ser puro cuento chino.
...
Ahora que no tienes 40 días, sino algo así como 63, pude seguir escribiendo la entrada que interrumpí en un arranque de neurosis. Hasta ahora, de ti saben muy pocos, no porque yo tenga algún pudor en andar por la vida adorando el spandex, sino porque estoy previamente hasta la madre de todas las preguntas pendejas que me esperan sobre el origen de tu existencia. Digo, la gente se hace cogiendo ¿no? Lo tenemos clarísimo. Entonces ¿habrá quien todavía tenga la imbecilidad de preguntar? Vamos, tengo casi 30 pinches años, marido no, ni mucho a quién colgarle el milagrito. Ya no sé si estoy enojada con la gente o conmigo, por la cantidad de chaquetas mentales que llevo elaboradas sobre reacciones de entes que no son ni tú ni yo, que somos los que realmente tenemos algo qué ver con este cuento.
Desde luego, no me ayuda mucho el miedo que acompañó el anuncio de tu existencia: vives en un útero tamaño Infonavit. Ahí tendrás qué crecer y hacer todas esas cosas que los demás niños hacen en espacio estándar. Esperemos que las herencias de tus ancestros, acostumbrados a dormir de a 15 en un jacal, te guíen hacia el confort y te salven de la claustrofobia, que al fin y al cabo nomás tienes qué aguantar el encierro otros seis meses. En el viaje hasta acá afuera te esperan muchos peligros, pero confío en que seguirás siendo prudente y sabio como hasta ahora y que llegarás hasta esta Penélope tuya que no sabe tejer para entretenerse.
Mientras, espero la liberación que será decirle a nuestra familia que vienes en camino. Espero y temo, pero a final de cuentas, ahí estás. Aquí vamos. A ser ante los otros.
...
Ahora que no tienes 40 días, sino algo así como 63, pude seguir escribiendo la entrada que interrumpí en un arranque de neurosis. Hasta ahora, de ti saben muy pocos, no porque yo tenga algún pudor en andar por la vida adorando el spandex, sino porque estoy previamente hasta la madre de todas las preguntas pendejas que me esperan sobre el origen de tu existencia. Digo, la gente se hace cogiendo ¿no? Lo tenemos clarísimo. Entonces ¿habrá quien todavía tenga la imbecilidad de preguntar? Vamos, tengo casi 30 pinches años, marido no, ni mucho a quién colgarle el milagrito. Ya no sé si estoy enojada con la gente o conmigo, por la cantidad de chaquetas mentales que llevo elaboradas sobre reacciones de entes que no son ni tú ni yo, que somos los que realmente tenemos algo qué ver con este cuento.
Desde luego, no me ayuda mucho el miedo que acompañó el anuncio de tu existencia: vives en un útero tamaño Infonavit. Ahí tendrás qué crecer y hacer todas esas cosas que los demás niños hacen en espacio estándar. Esperemos que las herencias de tus ancestros, acostumbrados a dormir de a 15 en un jacal, te guíen hacia el confort y te salven de la claustrofobia, que al fin y al cabo nomás tienes qué aguantar el encierro otros seis meses. En el viaje hasta acá afuera te esperan muchos peligros, pero confío en que seguirás siendo prudente y sabio como hasta ahora y que llegarás hasta esta Penélope tuya que no sabe tejer para entretenerse.
Mientras, espero la liberación que será decirle a nuestra familia que vienes en camino. Espero y temo, pero a final de cuentas, ahí estás. Aquí vamos. A ser ante los otros.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)