Me dolió que me dejaras de leer. Quizá el cuentito del aborto fue demasiado. Quizá es confuso asomarte a este lado de mi existencia y reconocerte amado, odiado, deformado por mis recuerdos. Es posible que hayas empezado a notar episodios que no parecían ficción y hablaban de alguien más. Quizá eso no te gustó. Quizá es todo cosa y mía y no sólo no te importe, sino que todo haya sido mi imaginación y nunca hayas sabido de la existencia de este blog.
Nunca sabrás qué es autobiográfico y qué es prestado. No te lo diré nunca, sobre todo porque yo misma no lo sé. Los recuerdos son mentiras, dice Nacho Cano. Y sí. De nuestra historia, ya nunca sabré qué tanto inventé, qué tanto sucedió realmente. Sólo ahora me doy cuenta que tal vez no estuviste y le hablaba a un espejismo.
Ha sido difícil volver a escribir. Sobre todo porque carezco ya de interlocutores. Lo he dejado. La búsqueda, pues. Creí que te importaba, que me entendías. Yo no sé qué fue todo eso, pero para pronto y en mi mundo te quedaste con la señorita que admite públicamente ser fan de cosméticos por catálogo y que no pudo sobrevivir en nuestro salvaje mundo. La que te necesita. La que es el amor de tu pinche vida y tiene lo que yo no. Llevo casi dos años de terapia tratando de asimilar eso: que puedas encontrar a otro ser humano, apasionarte con él, descubrir la posibilidad de una inmensa felicidad en sus ojos y que, después de mil aventuras prometidas, prefiera quedarse a ver la telenovela de las nueve. Porque sí. Y que te mienta tanto... Tú vas a decir que no, que nunca me dijiste nada que no fuera cierto. Pinche puto. Como si decirle a alguien que te estás enamorando de ella no implicara al menos una esperanza a tanto amor tirado a la basura. Como si la epifanía de la compatibilidad no pareciera una promesa. Me mentiste de la peor manera. Y yo me lo quise creer, todos los días, me aferré al instante y a dártelo todo porque, como bien dijiste una vez, no me guardé nada. Tú miraste mi alma abierta en canal, como una Frida cualquiera y sólo tuviste excusas. No pudiste decirme que me fuera a la mierda, aunque todos tus actos lo gritaban. Me quedé hasta que no pude más. Desde luego, tú no hiciste nada. No harás nunca nada y me duele decirlo, saberlo. Porque yo hubiera dado mi pinche vida por ti. Porque no amé nunca a nadie así.
Te odio terriblemente, porque no pudiste -no quisiste- quererme. Así. Y te necesito fuera, te necesito lejos. Todavía duele. Sobre todo porque contigo se me fueron las ganas de enamorarme. Se acabaron. Ya no creo, aunque quiera creer. Tengo algo muy roto, irremediablemente roto, porque la vida, contigo, me hizo la majadería de mostrarme que mi alma gemela existe, sólo que no quiere estar conmigo.
1 comentario:
:o
Yo siempre ando por estos lares leyendo. Aunque los blogs, creo, están casi olvidados, todavia hay quienes resistimos un leve.
Chido texto, loco por íntimo o íntimo por loco, no importa: me ha gustado.
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