martes, 6 de diciembre de 2016

Disciplina

Leo el título del boletín que babycenter me envía con regularidad y el estómago se me revuelve. Leo el método para que un niño de dos años deje de morder y patear y me asqueo definitivamente. 

Probablemente nadie esté de acuerdo conmigo en esta, pero tengo que decírtelo: yo no soy nadie para disciplinarte. Y odio esa palabra, disciplina, que a mí sólo me sugiere uniformes grises, barrotes y gritos furiosos de adultos importantes. Tanto la odio, que nunca la he practicado. Aquí te diré un secreto: la verdad es que nunca he hecho nada por obligación. Ni siquiera ir a la escuela. O a este trabajo, que con sus más y sus menos nos deja vivir nuestra vida unas dieciocho horas al día y a mí me hace sentir una persona cuerda.

Pensarás: me cuidas porque estás obligada a ello. Pero eso es mentira. Te cuido, te traje a este mundo, porque te amo más allá de cualquier explicación razonable. Te abrazo, te canto, te limpio, te alimento y arreglo tu desmadre porque te quiero y quiero verte mientras creces. Más que verte, necesito olerte, sentirte mientras lo haces. Nadie va a venir a fiscalizar cuántos aros de cereal dejamos en el piso, pequeño mío. En lo nuestro no he podido sentir jamás el peso de una obligación. Si acaso, la carga de los límites que obedecen a mi humana resistencia, que a veces me deja imposibilitada para inventar otro juego o cocinar algo más sabroso. 

Entonces, nada más lejos de mí que intentar condicionar tu conducta. Seguro que lo hago, porque vamos, te pongo ropa y pañales y te llevo a una guardería todos los días. Lo hago porque así son las cosas, porque yo necesito que alguien esté contigo mientras me ausento, porque creo que pasarás frío si no te envuelvo en esas prendas miniatura, porque no quiero andar detrás de ti limpiando tus desechos. No porque yo me crea con la autoridad moral para pensar que nada de eso sea mejor que las otras infinitas formas de cuidar de un infante.

Siento que me perdería de algo muy tuyo si me pusiera a mí misma como medida de las cosas. Por ahora es mi turno de esperar y cuidar, de vigilar mientras permito que te estires y florezcas. No de disciplina.