lunes, 19 de noviembre de 2018

Días de otoño en tiempos revueltos

Mi casa está silenciosa. No sé si el año entrante seguirá siendo mi casa, pero he decidido hacer lo humanamente posible para que así siga.

Es un día de tregua, o al menos así lo siento. Mi madre ha regresado a su casa y he pasado los días con Diego, cada vez menos bebé y más compañero. Fuimos a la sierra y me atrevo a pensar en que fuimos felices ahí, correteando con las perras, haciendo picnic o "pini", como él dice. Cada día, especialmente los días "malos", estoy un poquito más convencida de lo providencial de mi pequeña familia, de este raro privilegio de ver crecer a las células que me habitaron y que hoy son voluntad y verbo, carne y alma que salta y se regocija. Porque Diego es un niño feliz, o al menos me lo parece. Se acurruca a mi lado en el sillón como un gatito, arma rompecabezas, descifra el mundo, aprende palabras nuevas en esa escuela privada que le elegí nada más porque se encuentra en las montañas.

Es un día bueno, precisamente porque,  como todos los fines de semana que me quedo a solas con mi hogar después de días de mucha saturación emocional, la ansiedad me apresa. Pero no me vence ya. He aprendido a reconocerla, a darle sedantes, a dejarla salir en forma de carreras demenciales, ejercicio o a invitarle una copa de vino. He aprendido, sobre todo, a hacerme responsable de mí misma y de mi hijo, sin necesidad de demandar el auxilio absoluto de algún interés romántico.

Las nubes de tormenta (nunca he usado mejor esa imagen tan común) siguen en el horizonte, sé que se acercan. Anuncian los cambios, lo irremediable. Pero (quizá sea el chocolate con vino tinto) por hoy sé que las atravesaré y seré fuerte para los míos, sé que la fuerza viene del amor y que el amor no es ingenuo ni trágico, pero sí constante. 

Diego a veces me dice: ya no te quiero nunca más. Yo le contesto que está bien, que yo sí lo quiero aunque me enoje, aunque se enoje. Y tal vez no sea capaz de lograr otra cosa en esta vida, tal vez estoy muy cansada y empecé todo demasiado temprano y ya no me queden ganas de dejar el cuerpo y las horas empezando otra vez, pero sí estoy orgullosa de esta maternidad y este amor.

Acabo de ver Briget Jones otra vez y aunque amo mucho al personaje, con sus muslos abundantes, su torpeza y su fe en el amor abstracto de un hombre, porque refleja tanto de mí misma, también me distancio de la protagonista. Tal vez pueda disfrutar de mis Daniel Cleaver, de los que pasan por mi vida ofreciendo orgasmos, charlas apasionadas, risas, hasta ternura. Siempre voy a estar enamorada de sus pasiones, siempre voy a tener esas horas largas conmigo. Sus espaldas, sus risas, sus miradas, sus historias. Pero quizá sea buen momento aceptar que a mis treinta y tres años, no los necesito. También que el corazón y la intimidad no son para ellos, a lo mejor nada más porque estoy decididamente rota y soldé mal. Porque los elijo igualmente rotos e inhabilitados para amarme. Ahora, en lugar del culparlos por lo que no pueden ser, quizá aprenda a gozarlos y dejarlos ir con apenas una sonrisa, una llorada de tarde y algo de nostalgia.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Día de muerte

Es peculiar, creo, o al menos una coincidencia macabra, que hoy hayan entregado los primeros resultados concluyentes del cáncer de mi madre. El tumor original, parece ser, sí está en el seno.

(Este quería ser un post de fb, pero nomás de imaginarme las palabras de simpatía o consuelo me dieron arcadas; en eso me parezco a mi madre).

Metástasis. Eso lo supimos después del jueves aquel. Primero malignidad, luego, metástasis y origen indeterminado. Las células invasoras de origen desconocido. Un chingadazo tras otro, una realidad más horrenda que la anterior cada semana y ni siquiera ha comenzado el tratamiento.

Madre dice que no quiere quimioterapia. Esa idea me trajo con náuseas durante semanas, y ahora las siento otra vez. Piernas de chicle, ganas de gritar, ganas de quemarlo todo. Estoy llena de rabia. Ella no se puede morir ¿me explico? La afirmación ni es verdadera, ni es racional, pero es la única que encuentro para verbalizar mi pinche vértigo. No, señora, usted no tiene derecho de hacerme sentir esto, no puede abandonarme emocionalmente en la infancia y salirme con esto como un truco final, como un mago que se envuelve en su capa para desaparecer después de sacar al conejo del sombrero. O hacerlo en chile rojo, que para el caso es lo mismo.

No se puede morir ahora que ya no hay golpes, ni humillaciones, ni carencias. No se puede morir ahora que tiene seis nietos en este mundo y todos la adoran. Lo que más rabia me da es que ella parece, justamente, desear el final y luego me siento mierda por que hasta su actitud ante la enfermedad me cause resentimiento.

Quiero decirle: no nos dejes sin luchar. Aguanta. Pero qué putada es eso, qué putada decirle eso a alguien que tiene el cuerpo invadido. No es mi cuerpo, no caben mis reclamos. Ya muchos ha recibido de quienes han creído que sí.

Pero igual tengo niebla en mi cabeza. Igual mi respuesta es mandar a mi hermano por unas cervezas. Igual -miserable adicta- le voy a tupir al clonazepam para seguir viviendo.

Cómo se parecen estos tiempos a un mar picado, sabiendo, como sé, que no sé nadar. Y cada ola me sepulta un poquito. Cada ola, también, me deja respirar.