domingo, 27 de julio de 2008

Pantimedias de malla ciclónica

Puta madre, las seis. Abro los ojos, y no ha sonado el despertador. Apenas me remuevo entre las sábanas, en busca del sueño perdido, cuando la vibración del plástico del celular contra el plástico de la mesa de cerveza que hace las veces de mesita de noche me jala abruptamente, alejándome del muñeco de plástico satánico que me persigue en medio de mi vieja preparatoria.

La realidad es mi cuarto acechado por alacranes, y la falda de algodón-poliéster negra que lleva tacones abajo y blusa de siete botones arriba. También, el tribunal hermético como cárcel y aséptico como hospital. La realidad son mis 22 años y mi carrera al setenta por ciento, mis ambiciones y mi prestanza a los silenciosos y crueles juegos de poder que orquesta el jefe.

Es lunes. Llevo el cabello recogido y mi eterna cara de pendeja. Leo de nuevo el manual, evalúo a mi competencia. Género masculino, veinticuatro años, carrera terminada. Mi egomaníaco arrogante discute con mi autoestima, y no se ponen de acuerdo. Me termina valiendo madre.

Hoy tocan las pantimedias de malla ciclónica, en prevención de todo bien y todo mal, para sobrevivir a la euforia del triunfo y la mierda del fracaso. Como las cosas sigan importándome tanto, voy a terminar usando chaquetas de acero inoxidable...