lunes, 28 de abril de 2014

¿Y ahora?

Tal como lo sospechaba, el día después de la quema final de puentes hacia mis dramas, iba a quedarme de frente con mis ojos de espanto en el espejo. Algo que he evitado, concienzudamente, desde que tengo 15 años.

Life is fucking weird. Bueno, la mía. O la de todas las mujeres que, primero viendo Disney y luego con Bridget Jones, cultivamos la creencia de que all you need is love and by love I mean un hombre que te trate como reinita. La vida se vuelve rara, porque te acostumbras a vivirla viendo a otro, a pensarte frente a un otro que es siempre igual pero distinto, que, a veces sin saberlo y otras entendiendo todo, se vuelve el eje de tu vida, desde las bragas hasta el corte de pelo, pasando por decisiones de carrera, cambios de Estado (o sea, mudanzas de pánico a 400 kilómetros, lo menos) y consumo de enervantes (o sea, chocolate, otros hombres y un largo etcétera). Por lo menos yo, he escrito, pensado y bebido sobre mis hombres desde que Miguelito me jalaba la trenza en segundo de primaria. Bueno, tal vez no bebía demasiado antes de los 16, pero la frase sonaba bien cuando la pensé.

Y podremos especular mucho sobre la naturaleza gregaria de la humanidad, pero la verdad es que no me he muerto en este par de años fuera de mi papel de mujer de hogar. Tampoco se me secó el cerebro o alguna otra parte del cuerpo. Claro que estar jugando a la otra me tenía muy ocupada como para darme cuenta de que en realidad estaba sola. Mi hombre prestado me hacía suficiente desmadre en la cabeza como para no tener qué pensar todo el tiempo en quién diablos soy yo y qué quiero hacer de mi vida.

But, here I am. Sin saborizantes ni colorantes artificiales. Cansada de a madres. A dos rayas de los 30, a punto de resignarme a ser adulta, a mi singularidad y todavía no sé si esa una victoria para mi personalidad de avestruz o de plano significa otra cosa. Alguna de las que me dicen, inarticuladamente, mi madre, la cultura pop, mi kafkiano ambiente oficinesco, en las que va implícita la insinuación de que si mi cama y mi útero siguen vacíos, soy un ser humano irremediablemente perdido.

Pero ha de haber un truco por ahí. Las historias de amor que conozco de primera mano, son muchas veces crónicas de muertes anunciadas, amores coléricos, o repeticiones mareadoras de episodios aburridísimos.O sea, happily ever after my ass. 

Puta. Esto está a punto de convertirse en un post ardilla contra el amor y sus demonios. Y sí, se acaba de morir García Márquez y me paso de lista. La verdad es que no sé. No me como los cuentos...los escupo, la mayoría de las veces. Cada ser humano está irremediablemente solo. Y eso no está mal. No tengo las soluciones, sólo los cuentos. Quizá debiera deformarlos. Quizá debiera escribirlos.

lunes, 21 de abril de 2014

Atrás

Pues nada. Te preferí lejos de veras. Te preferí muerto. Preferí el panteón de mis nostalgias que el manicomio de la compañía emponzoñada de deseo. Tú te enojaste, desde luego. Pero tu enojo fue tan guango y tan pobre que sólo alcanzaste a postear una canción de abandono, que desde luego no sé si en verdad es para mí. Ni un grito, un sollozo, nada. Vamos, lo que hiciste es tan poquita cosa que ese verbo no existía hace veinte años. Me dejaste ir en medio de un silencio mediocre y mustio, como de misa de seis. Probablemente convencido de que he de volver...si lo he hecho tantas veces.

Pero me he secado: las palabras se me fueron a otra parte. Me quedé sin ganas de llamar a tu puerta. Me entró la vergüenza de haber profanado el bello de cadáver de una pasión prohibida con una amistad llena de intenciones ocultas, una amistad pinche e indigna de los ojos de loca iluminada con los que te busqué este par de años. Un amor tan puro que era capaz de la vileza, de los que se lloran de rodillas en la ceniza, porque uno sabe que cuando se mueren, esa parte del alma ya no vuelve nunca.

Por eso dejo que pasen los días y se parezcan, aunque sean distintos. Miro mis manos, las siento nuevas; mis ojos en el espejo saben ya que mis pasos resuenan en el vacío, no estás. De pronto me siento desnuda de símbolos, vacía de rituales, y cada sorbo de vida es sólo eso. Mi vida sin hombre, por vez primera. Mi vida sin prisas, sin maestría, sin pretextos para huir de mi. La vida que me estuve guardando en alguna parte, tan olvidada que la olfateo con miedo. Vida-caballo, vida-carretera, vida-madre, vida encierro de soledad gozosa, viciosa. Vida que se abre hacia adentro y se alcanza a reconocer.

Reconozco, poco a poco, los alivios de mi ascetismo inventado. El recuerdo de mi ex marido me hace sonreír ante la fila del supermercado, porque sé que ya no tendré qué  escuchar sus quejas sobre la gente y las quincenas. Los pasillos están llenos de pequeñas recompensas, como comprar naranjas sin miedo a su recriminación -se desperdician tanto, decía- y olvidarme de los embutidos, que odio. Pensar en mí, en mis neurosis de mujer sola que toma leche de arroz y tés orientales, para rumiar plácidamente los silencios, que conforme crece la década, se suman. Y soy libre ahora del pequeño grillete electrónico en el que me dabas tu interés en menos de dos líneas, cómodamente, desde tu trinchera de hombre cobarde y egoísta. Con el que me hacías tu corresponsal en mi mundo, en el que mis ojos eran tus ojos y hacía que me quedara a medio vivir de todas las cosas, extrañándote aunque no estuvieras nunca ahí. 

Escribo aquí, en el desierto. Ya no me temo.