Pues nada. Te preferí lejos de veras. Te preferí muerto. Preferí el panteón de mis nostalgias que el manicomio de la compañía emponzoñada de deseo. Tú te enojaste, desde luego. Pero tu enojo fue tan guango y tan pobre que sólo alcanzaste a postear una canción de abandono, que desde luego no sé si en verdad es para mí. Ni un grito, un sollozo, nada. Vamos, lo que hiciste es tan poquita cosa que ese verbo no existía hace veinte años. Me dejaste ir en medio de un silencio mediocre y mustio, como de misa de seis. Probablemente convencido de que he de volver...si lo he hecho tantas veces.
Pero me he secado: las palabras se me fueron a otra parte. Me quedé sin ganas de llamar a tu puerta. Me entró la vergüenza de haber profanado el bello de cadáver de una pasión prohibida con una amistad llena de intenciones ocultas, una amistad pinche e indigna de los ojos de loca iluminada con los que te busqué este par de años. Un amor tan puro que era capaz de la vileza, de los que se lloran de rodillas en la ceniza, porque uno sabe que cuando se mueren, esa parte del alma ya no vuelve nunca.
Por eso dejo que pasen los días y se parezcan, aunque sean distintos. Miro mis manos, las siento nuevas; mis ojos en el espejo saben ya que mis pasos resuenan en el vacío, no estás. De pronto me siento desnuda de símbolos, vacía de rituales, y cada sorbo de vida es sólo eso. Mi vida sin hombre, por vez primera. Mi vida sin prisas, sin maestría, sin pretextos para huir de mi. La vida que me estuve guardando en alguna parte, tan olvidada que la olfateo con miedo. Vida-caballo, vida-carretera, vida-madre, vida encierro de soledad gozosa, viciosa. Vida que se abre hacia adentro y se alcanza a reconocer.
Reconozco, poco a poco, los alivios de mi ascetismo inventado. El recuerdo de mi ex marido me hace sonreír ante la fila del supermercado, porque sé que ya no tendré qué escuchar sus quejas sobre la gente y las quincenas. Los pasillos están llenos de pequeñas recompensas, como comprar naranjas sin miedo a su recriminación -se desperdician tanto, decía- y olvidarme de los embutidos, que odio. Pensar en mí, en mis neurosis de mujer sola que toma leche de arroz y tés orientales, para rumiar plácidamente los silencios, que conforme crece la década, se suman. Y soy libre ahora del pequeño grillete electrónico en el que me dabas tu interés en menos de dos líneas, cómodamente, desde tu trinchera de hombre cobarde y egoísta. Con el que me hacías tu corresponsal en mi mundo, en el que mis ojos eran tus ojos y hacía que me quedara a medio vivir de todas las cosas, extrañándote aunque no estuvieras nunca ahí.
Escribo aquí, en el desierto. Ya no me temo.