La descubrí por accidente, buscando poemas sobre el cuerpo, tratando de traducir en palabras el gozo infinito de las horas pasadas inventando caricias, llenas de semen, saliva y fluidos que de tanto mezclarse sólo podían ser nuestros, no tuyos ni míos.
Se me reveló paralizada de placer, abrumadora como un torrente, sufriente y gozosa, atónita como yo ante el cuerpo del otro que nunca vuelve a ser el mismo después de que nos hemos derramado sobre él, por más medidas higiénicas que se tomen después del estertor, doblemente delicioso porque además era un estertor ilícito, culpable.
Ella escribía mis dudas, mis obsesiones, mi caída al vacío después de cada encuentro que era como recibir una descarga eléctrica. Recuerdo mi propia mente emborronada, me veía a mí misma como un pájaro cayendo a plomo, girando tras recibir el proyectil, delirante. Caía sólo para poder levantarme y buscar un poco más de aquello que era mayor y mejor que cualquiera de los dos. Éramos apenas sirvientes de ese deseo implacable, materializábamos en nuestra carne ordinaria la danza extraordinaria que ordenaba alguna divinidad, deseosa de mostrar su perfección a este mundo.
Ahora intento leer sus Diarios, que me retan, me contorsionan, me dejan la cabeza adolorida. Descubro que la intimidad, el vértigo, el susurro mínimo, existen en letra impresa, listos para dejarme temblando, sintiéndome desnuda, aterrada ante la evocación del pasado y la soledad, la soledad que oprime y libera, el destino de los que sueñan y los que sienten más allá de los límites de su propia piel.
Siento que cometo una inmoralidad, un acto transgresor inconcebible al abrir aquí el libro de color arena clara, editado con una sobriedad que esconde su contenido explosivo. Me siento esa niña tramposa, asustada de que le descubrieran el mundo inabarcable que ocultaban los tomos de aspecto inofensivo que iban y venían de la biblioteca municipal, un universo poblado por viajeros incansables, bestias imaginarias, heroínas locas, muchachos ordinarios y hasta niñas pre púberes, que la Poniatowska hacía preparar para el matrimonio, ese matadero disfrazado de altar (que, al fin y al cabo, suelen ser lo mismo).
Leo a esta mujer con mis años de burócrata a cuestas, y me hace sentir absurdamente viva, nuevamente tocada por el rayo de la palabra, ese logos totalizador que a veces nos elige sólo para martirizarnos.
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