Acá, por ejemplo, quería escribir sobre Cuba, porque el calor redondito de este abril me tiene a la piel evocando ese otro calor pegajoso que sólo se disfrutaba de noche, cuando una podía salir a caminar. Yo no conocí a la Habana fiestera, porque tuve a bien ir sola y no sé si preñada, pero muy convencida de velar por mi seguridad -lo que no me pasó en otros viajes-.
Tal vez era eso, el cuerpo dictando sus reglas indiscutibles, la vida anidando. Tal vez fueron las hormonas las que me llevaron por las provincias cargando bebés y calentándome el corazón con cabecitas rizadas. Pero me gustó lo que vi. Con todo y las quejas, el calor, los timos y la soledad.
Es más una sensación que un recuerdo preciso. La calle Obispo, mil veces recorrida, siempre distinta, siempre en otro tiempo. La banqueta y sus niños libres, desenvueltos, sin amenazas de violadores, pederastas y criaturas malignas. Las casas abiertas, las comunidades de madres tomando café y contándote su vida, toda de un jalón, en un departamento de inspiración soviética que a mí me recordó otros multifamiliares en mi infancia.
Si hay algo sabroso y sorprendente en esta vida es escuchar a Lola recibir una panda de desconocidas en su casa, mientras el niño mexicano rompe la timidez y se integra a los juegos de los otros desconocidos, que serán sus amigos esa tarde.
Si hay algo más cálido y bonito todavía, es haberte confundido con los mexicanos que conociste en la casa de huéspedes un par de días antes y dejarte llevar por la cirquera de pelo rojo que para taxis ilegales para hacer el recorrido hasta la casa de una amiga que no ha visto nunca.
Fuimos a un cine, a ver el estreno de Meñique, la primera peli animada hecha por cubanos, con canciones de Silvio Rodríguez y claras alusiones a la política del régimen. Niños, palomitas en cucurucho, la ausencia del aire acondicionado que da por supuesto cualquier clasemediera oficinista mexicana. Un viaje en el tiempo a mi propia infancia ambientada por la Solidaridad de Carlos Salinas y su arquitectura social deprimente.
Aquí puedes pensar que regresé a besar el suelo capitalista, pero la verdad es que no. Llegué acá y me invadió la parálisis ante la vida de consumo, la nostalgia por un buen ron y una gente que más que jabones te pide que te bajes un momento de la nube y te sientes a escuchar su vida, que les dejes ver qué traes en la tuya, por qué tan desconfiada, mexicana.
Extrañé montar al caballo tranquilo que soportó mi peso por las tres horas de recorrido. El paso rápido, la sensación de suficiencia y libertad. Los libros por céntimos, el barrio chino lleno de cubanos.
Esa isla que apenas sueño ha desaparecido este año. La Revolución se vistió de Chanel y probablemente todo se vaya a la mierda bien pronto: la nutrición de los niños, la libertad, la educación.
Conozco a un chico que seguramente comprará un par de tenis Nike.
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