Lo único real son mis manos. Manos grandes, llenas de venas aparentes y nudillos toscos, impropios de una señorita. Crecí observando mis manos bastas y deseando la delicadeza de los nudillos pálidos y dedos finos de otras mujeres.
Podríamos decir que mi rostro no existe, porque yo no confío en los espejos. Confío en la parálisis que me invade cuando intento corregir mi gesto, esconder las encías cuando río. Lo único que ha salido de eso es que siempre aparezco con mirada amenazante en las fotos.
Si algo existe de mi rostro es mi nariz, porque alcanzo a verla, sosteniendo el marco de los anteojos. Si la veo, es quizá demasiado prominente para ser bella. Prominente, flaca y apenas un poco ganchuda, dicen los espejos.
Puedo decirte que existen también las calles torcidas en invierno, por las que camino de prisa. Existe la gente en ellas, la lluvia helada y grácil, las moles grises de piedra enmohecida, putrefacta. Los jardines demasiado breves y escarpados, inútiles para pasear con una carriola. Existe esta ciudad de la que me enamoré, tumba, nido, manicomio a la medida de mis soledades intermitentes.
Más que mi cara, tú deberías saber que yo soy un mero presentimiento, un latido. Bum, bum, bum. Soy el latido perceptible después de que el café llega a zarandearme gentilmente las neuronas. Soy mis propios ojos, abiertos de gozo en las mañanas misericordiosamente frías, soy el aire helado que entra a mis pulmones, cargado de apenas de los humores que deja el inicio del día: los oficinistas perfumados, la calle recién barrida, el humo de los autos y el de la tostadora de café en el callejón.
Todavía no huele a mierda el día y por eso es que puedo caminarlo, vivirlo, intentarlo.
No soporto las tardes, los mediodías que deberían ser patrimonio exclusivo de la siesta. Si hay horas muertas son estas, porque la mañana resplandece y la noche agoniza, pero ambas seducen en su ingenuidad o su podredumbre. Odio las tardes porque se parecen a la gente decente, con la cabeza bien asentada y a medio camino de todo lo que vale la pena vivir. Nunca fui capaz de hacer nada a media tarde, que no implicara comer o dormir. Hasta coger es insoportable a esas horas, en las que el sudor y el día inacabado te impiden remolonear. Dame las seis de la mañana o las doce de la noche, no las patéticas tres de la tarde con su sol descarado y su gente apendejada de hambre.
Pero te decía. Mis manos. Son capaces de abarcar rostros enteros, de desaparecer cuerpos bajo ellas. En mis manos cabía la espalda de mi recién nacido, su cabeza. En sus relieves apenas rugosos se detenía el cuerpo resbaladizo, anfibio, de mi criatura apenas despertada a la vida.
Mis manos son reales pero yo no voy a ninguna parte. Yo no tengo un hilo conductor, soy puras evocaciones. Imágenes que no puedo atrapar con esos dedos eficientes y utilitarios, de hombre.
Yo soy siempre los otros, los que amaron, los que traicionaron, los que se consagraron a una escultura, los que pueden echar tortillas de maíz en el comal, los que descifran partituras y los que son capaces de terminar una novela.
Yo soy las imágenes que dejan los otros en mí, soy cada una de las copas bebidas, de las risas, de los ridículos, las caminatas, los sueños.
Yo soy este delirio que no se anima a callarse de una vez.
Mi propia alucinación.
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