sábado, 28 de marzo de 2015

Si te vas

Cuéntame que harás después que estrenes su cuerpo/ cuando muera tu traviesa curiosidad/ cuando memorices todos sus recovecos/ y decidas otra vez regresar/ya no estaré aquí en el mismo lugar.


Empezó a teclear. 

¿Qué fue, dime?
¿Los niños?
¿O la oficina nueva?
¿Las mujeres en la oficina nueva?

Para qué mentirte yo a ti, si no te creí cuando pusiste toda tu ropa en dos maletas y las subiste a tu auto. Hablamos mucho, sí. pero el bebé lloraba y yo no te puse demasiada atención cuando decías algo sobre sentirte aislado e incomprendido y le explicabas al mayor que no era su culpa. Tal vez fue eso, que aquí todo era sobre los niños y no recuerdo la última vez que me vi al espejo por más de treinta segundos. Tú te ponías cada vez más guapo y comprabas trajes a la moda que te sentaban bien, para combinar con esa cara rasurada con todo cuidado cada mañana.

Espera. Ignora las preguntas. Otra vez me hago la estúpida para no discutir. No fueron ni los niños, ni la oficina nueva, ni las mujeres en esa oficina nueva. Fue una sola. Los dos sabemos quién. Y no fue ella, realmente. Fue el hombre que descubriste lejos de las trivialidades de una familia.

¿Sabes qué va a pasar cuando te canses de coger? Puede ser que le hagas un hijo. O no. Puede que antes te veas a ti mismo decorando un departamento mucho más bonito que el primero que tuvimos. Vas a creer que escoges los muebles que a ella le gustan y que ese cuadro de colores alegres lo pusiste tú en la sala. Si me preguntas, ni siquiera tú sabes qué cuadro colgarías. Nunca pudiste saber quién eras antes de casarte conmigo. Y yo ya no puedo imaginarme qué es la vida sin estos niños; los hicimos quizá un poco demasiado pronto. Tanto, que tampoco puedo saber ahora quién soy sin ti.

 Te adivino inseguro por primera vez, con tu cuerpo de hombre casado, porque ella será distinta y aprenderás nuevos trucos. No te cansarás pronto de su carne, algo más elástica que la mía, porque tendrás el aderezo de las cenas deliciosas en lugares caros, de los lugares que nunca visitamos porque no tenían área de juegos. Oh, y las conversaciones. Te aseguro que pasarás tremendas horas sin oír sobre leche o pañales o festivales de primavera. Sé que es joven, no tanto para hacerte sentir un viejo rabo verde, pero lo suficiente para contemplarte con ojos brillantes de admiración mientras ordenas el mundo atrás de una copa.

No será pronto, te digo. Pero ocurrirá que un día, quizá en un par de años, te va a dar una flojera tremenda rasurarte y empezarás a ver con incomodidad a los tipos del gimnasio al que te inscribiste porque, después de todo, ella se enamoró de ese tipo al que comenzaron a sentarle bien los trajes a la medida, sin panza que asome detrás de la solapa. Y de pronto verás que ella también deja las pantys secándose en la ducha y que no es del todo encantador pasar cuatro horas eligiendo un nuevo par de zapatos. Un día te van a dar ganas tremendas de ver un partido de futbol en esa TV enorme que compraste, a todo volumen y gritando palabrotas al defensa, pero lo vas a pensar mejor, porque ella es una chica tan dulce que detesta las groserías. Y la cerveza sin posavasos. O los nachos manchándote la camiseta interior, que te dejas para andar por casa. 

Un día te veré en sociales, te lo aseguro. Habrá un anillo de diamantes auténticos y una boda con pavorreales. Quizá también una vajilla que apenas puedas pagar con el sueldo finalmente recortado por la pensión para los niños que no salen en esas fotos. Tal vez venga ese hijo que te cuento, cuando te canses de coger y ella quiera completar la colección de fotos de sociales. Verás que todas las pieles se abren, que los pechos crecen en un momento deslumbrante para caerse y convertirse en alimento, sin adornos de encaje. Que la grasa se encapsula en los muslos, que las horas buscando zapatos serán más largas y que las palabras amables no podrán acabarse nunca, a menos que quieras enfrentarte a la realidad de tu propio cansancio.

En medio de ese cuento de hadas, ella se enterará de que dejas el baño inhabitable después de comer jalapeños y tú encontrarás algún tampón a medio envolver. Verán cosas que no querrán confesarse ni a sí mismos, dejarán de ser amantes casi incorpóreos y asépticos para volver a recorrer un camino que creías olvidado: el de los gases y los eructos, los aromas que dejan dos cuerpos acostumbrados el uno al otro. Notarás, como despertando de un sopor pesado, que hace un ruidito insoportable mientras mastica chicle.

¿Y qué harás entonces? ¿Volverás a tu infierno original, en el que sí podías comer nachos en la sala y gritarle a la tele en calzones? 

Yo ya no estaré aquí. Te juro que no. Y me veré mejor, porque los niños habrán crecido y tal vez pueda mirarme al espejo por una hora entera.  Ya no te esperaré, ni espiaré el sonido del motor de tu coche en la entrada. Habré olvidado cómo detestarte, cómo suena la puerta azotada con furia apenas contenida. Tal vez sepas dónde está mi casa, pero ya no sabrás cómo encontrarme.

Si me cambias/ 
por esa bruja, pedazo de cuero,/ 
no vuelvas nunca más/ 
yo no estaré aquí.

Terminó la estrofa y se sintió valiente por un segundo. Pensó en enviar el correo de una vez, pero lo leyó de nuevo y lo encontró irremediable. Dio una ojeada al citatorio -conciliación, decía- y decidió que no lo dejaría ir. Suspiró hondo y marcó el número.


miércoles, 4 de marzo de 2015

El derecho de estar hasta la madre

Soy una mujer. Eso dice mi acta de nacimiento y, más recientemente, mi barriga, que acumula los meses de un niño que todavía no nace.

En el trabajo, no tengo género. O sí. En el trabajo y en la mayor parte de la vida, soy un hombre. Debo ser un hombre. Trabajar sin quejas ni consideraciones. Bastarme a mí mismo. Aunque ya no pueda caminar derecho. Cualquier indicador de diferencia, sólo le daría la razón a los que piensan que las mujeres debemos renunciar a la vida pública cuando escogemos la maternidad.

La sociedad se ha encargado de transmitirme sis expectativas, para mi ser masculino y femenino. Debo ser una madre dedicada y ejemplar, florecer y resplandecer, aunque mis músculos no aguanten más, aunque me asalte la angustia a media noche y me quede pensando por horas si es que no estoy cometiendo algún crimen contra mi hijo por decidir tenerlo yo sola.

Debo ser un trabajador intachable, inmutable, eficiente. Más que hombre: inhumano. Sin derecho a la queja o a la exasperación, que viene de las mismas pequeñeces que no he podido superar del todo con los años.

Mi papá dice: debes ser niña siempre. Siempre. Una damita aunque me encabrone. Las damitas no se encabronan. Se molestan, si acaso, pero nunca, nunca lo dicen. Debo trabajar como cabrón, pero expresarme como su hubiera salido de una pinche novela victoriana.

Lo siento, pa. Lo siento, mundo. No puedo ser mujer ni hombre. Si acaso humana, en medio de todos los estereotipos que en realidad joden a  las unas y los otros. Madre, carretonero, albañil, obrero, intelectual, hervidero de hormonas, carne, sangre y huesos. Por favor, no me quiten el derecho de estar hasta la madre de todo.

domingo, 15 de febrero de 2015

No hay amor perfecto.
Pero eso no quiere decir que no te eche de menos.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Violencia sutil

No me relacioné con un hombre alcohólico. Tampoco con un ser que le haya levantado la mano a alguien; impensable un empujón o un jaloneo. Mi estabilidad laboral nunca estuvo vinculada a mi relación con él. Nunca me prohibió los escotes o las minifaldas. Mi labor intelectual no estuvo condicionada a su aprobación, ni intentó denostarme, Mi embarazo se dio a través de actos consensuales, pese a tomar precauciones anticonceptivas y contar con un diagnóstico de probable infertilidad.

Intentó dejarme muchas veces. Intenté dejarlo muchas veces. No parecíamos capaces de perder contacto uno con el otro. Cada vez que me encontraba con mi imagen en el espejo, en la mañana siguiente al melodrama, me oprimía una sensación de vacío y tenía el impulso irrefrenable de compartírselo. Así comenzaba otra vez el ciclo de codependencia, felicidad y dolor, condicionados por su estado de ánimo.

 Me sentía querida y valorada a través del sexo. Por eso, cada vez que disminuía su interés, entraba en una crisis de ansiedad que me dejaba al borde de la desesperación. Por eso, no toleraba la idea de que pudiera compartir intimidad con alguien más, pese a que no existía ninguna clase de acuerdo monógamo. Heredera del patriarcado, me sentía obligada a seducir y agradar, para valorarme como persona.

Toleré confesiones dolorosas e innecesarias, egoístas, hechas bajo la bandera de la sinceridad. Le escuché en más de una ocasión, referirse a una tercera persona como el amor de su vida. Me contó detalles íntimos de su relación con esa persona, que hasta hoy me dan vueltas en la cabeza, en loop infinito, como una constatación perenne de que yo no soy suficiente para reemplazar esa imagen idealizada del amor digno y público. En un descuido, abrió frente a mí una computadora en la que aparecían fotos de esa mujer en ropa interior. Sigo queriendo creer que sólo fue eso, un descuido.

Cada vez que pedía una salida o un momento de atención, me temblaban los dedos, por el temor al rechazo. Un dolor en la boca del estómago me aprisionaba hasta que él se dignaba a contestarme. Pasar tiempo juntos era una concesión graciosa.

Pero yo quería seguir siendo la cool girl del monólogo en Gone Girl, who is basically the girl who likes every fucking thing he likes and doesn’t ever complain.

Así que seguía esforzándome por parecer interesante, por ser comprensiva, por usar mi inteligencia, mi cuerpo, mi cultura y hasta mis ingresos para mantenerlo entretenido. Cada vez que la charada era demasiado dolorosa para continuar y estallaba de alguna forma, él se limitaba a desaparecer o a apuntar, como quien no quiere la cosa, que nunca prometió un compromiso. Como si sólo el compromiso convencional me diera el derecho de sentirme poca cosa, celosa o simplemente emocional. Para ser justos, nunca contradije esa definición implícita. Tras el estallido balbucía disculpas y me sorbía las lágrimas. Todos sabemos que las cool girls no lloran. Y si acaso fallan en esa obligación fundamental, regresan más sonrientes, seductoras y comprensivas.

Para hacerlo sentir importante, pedía su opinión para resolver cuestiones profesionales que soy perfectamente capaz de desenmarañar sola. Lo hacía partícipe de decisiones que sólo tenían qué ver conmigo.Nunca me corté el pelo tanto como quise, para no disgustarlo.

No, él nunca me amenazó. Nunca tuve la menor dependencia económica hacia él; incluso llegué a prestarle dinero. Que le ofrecí insistentemente. Porque la cool girl, si tiene un poco de dinero, es aún mejor. 

Todos estos años tuve un miedo paralizante a no ser suficiente, a ser abandonada, a quedarme sin una respuesta rápida, inteligente y sarcástica para enmascarar mi necesidad ingente de aprobación y lo que sea que mi madre me haya enseñado a llamar amor, que sólo valía algo si venía de él.

Aprendí a odiar a quien no conocía. A burlarme mentalmente de una mujer con la que nunca he cruzado palabra, sólo para sentirme superior y no sucumbir a la angustia. A temer a todas las mujeres, conocidas o desconocidas, que pudieran representar un nuevo entretenimiento para él. Ni una tesis de maestría laureada, una casa propia,  un empleo al que la mayoría sigue aspirando cuando son diez años mayores que yo, ni el respeto de mis pares, ni una perfecta salud, amigas y amigos (graciosos, valientes, humanos), o el amor de una familia solidaria por convicción, me salvaban de ese abismo de inseguridad. 

Desde luego que intenté dejar esos hábitos corrosivos. Conocí otras personas, viajé y lograba ser feliz a ratos. La felicidad, entonces, era definida por la sensación de no necesitarlo. Los recuerdos íntimos de esas escapadas fueron formando un bálsamo que me protegía de las comparaciones y el dolor. Un mantra que tenía qué repetirme para salvarme de las horas obsesivas ante la foto de perfil de alguien en una red social.

Sin embargo, seguía regresando. Poetizaba mi codependencia. Jugaba al poeta maldito, al taxista bohemio, al amante resignado. Adoptaba roles masculinos, para sentir que no era yo sólo una patética mujercita sufriente. Todo para poder seguir ignorando la ingente carencia de respeto a la que me sometía con nuestros vínculos retorcidos y enfermos. 

Porque sí, quien decidía estar ahí era yo. O más exactamente, la parte de mí que se sentía incapaz de sobrevivir a su falta de interés. La que suplicó más de una vez para que no le retiraran las migas de atención. Fui yo la que inventó justificaciones para seguir acomodándome a sus tiempos, su ego, sus manías, sus intereses. La que se fletó temporada tras temporada de futbol americano, aunque dijera en más de una ocasión que aquello no me interesaba en lo más mínimo. Lo curioso es que él siguera hablando del tema pese a mi disclaimer. Si lo veo con los ojos del feminismo, es bastante fácil saber por qué: él no tenía por qué cambiar el monólogo, porque yo estaba obligada a escuchar. Así lo ha dicho el patriarcado, ¿qué no?

Mi tolerancia de mujer sometida (no por él: antes de que llegara a mi vida, la sociedad ya había hecho el trabajo) aguantó el dolor casi físico de la conversación que tuvimos cuando descubrí que mi útero no tenía una disfunción, sino un embrión creciendo.

The cool girl, even pregnant, didn't break character. Lo escuché, ahora sí, descalificar mi felicidad ante la vida incipiente, tildarme de infantil ("no es un nenuco que recibas en navidad"), desesperar ante una hipotética atribución de paternidad en el trabajo, angustiarse por lo que dirían colegas que poco o nada tienen qué ver con nuestras vidas. En el extremo de la crueldad, toleré que me dijera que esa experiencia habría querido vivirla con la mujer etérea que siguió amando pese a los tres años con esta mujer terrena.

Lo único que pudo con mi pasividad fue su amenaza de reconocer a mi hijo. De darle su apellido, me dijo. No sé por qué. pero lo primero que pensé fue: "lo quiere marcar como a un becerrito". No había ni un atisbo de amor en esa frase. Era mera inercia de macho que quiere dejar clara su estirpe.

Así que hablé. Chale, como tantas mujeres que sólo alzan la voz cuando ven amenazada la integridad de sus bebés. Pero bueno, otra herencia del patriarcado que traigo a fuego en la psique. Sí, pues, hablé. Lo cuestioné sobre sus razones: ¿quería ser padre de este bebé? ¿o sólo apaciguar su conciencia y no quedar como uno de tantos que deja hijos regados por el mundo?
Supongo que era esto último, porque no insistió más.

Pasaron los meses. Mi hijo sigue creciendo en mi interior. Siento su cuerpecito estirarse, estremecerse, girar. Seguimos siendo cordiales. Seguimos en ese vínculo enfermo y extraño, aunque mi atención cada vez se dirigía más hacia mi propio cuerpo, sus tiempos, sus cambios. Seguí jugando a la cool girl a medio tiempo, con menos energía.

Pero hoy ya no puedo más. Ayer recibí esa llamada y no puedo más. Alguien hackeó mi teléfono desde quién sabe dónde, quién sabe cómo. Alguien que seguramente tiene tan poco aprecio de sí misma como yo lo llegué a tener. Alguien que quiere hacer daño, que amenaza con hacer públicas conversaciones íntimas. Alguien a quien yo no le intereso, pero tiene inmenso empeño a fastidiarlo a él.

Ayer recibí esa llamada, de él. De ese hombre que piensa que yo tengo tan poco qué hacer que quiero evidenciarlo. De ese hombre que me conoce tan poco, que piensa que a estas alturas voy a actuar como si fuera un personaje de la Rosa de Guadalupe. De ese hombre que no tuvo reparos en angustiar a una mujer con más de seis meses de embarazo, mientras intenta cumplir con su trabajo, sólo para constatar que no es parte de esa conspiración barata y poder descargar su angustia.

Hoy no puedo más, porque por primera vez, tuve miedo al dormir en mi casa. Porque comprendo lo que las mujeres somos capaces de hacernos unas a otras bajo la justificación de "esa zorra...", defendiendo quién sabe qué apegos, capaces de decir "ese hombre es mío".

Hoy no puedo ser la cool girl, porque tengo una vida frágil y dulce qué proteger. No puedo fingir que todo está bien. Aunque mi reacción sea sólo fruto de otro estereotipo, aunque la certeza de mi maternidad sea mi única y cuestionable bandera, hoy no puedo más. Nunca es tarde. Se lo he dicho a incontables víctimas de violencia, desde la seguridad de mi escritorio y de mi estatus de mujer con educación universitaria. No es tu culpa. No es fácil romper con la violencia. Menos cuando es tan sutil.

martes, 25 de noviembre de 2014

La vida dividida

Un día me desperté y de pronto, era una. Lo gracioso es que mi centro de gravedad me recordó al instante que en realidad somos dos. Pero de ser una mujer con una vida pública, decente, aburrida y otra vida privada confusa, retorcida, agonizante y clandestina, pasé a ser un solo ente para todas mis trincheras. La vida oculta, siempre más fértil que la vida pública, me dejó una presencia que es cada vez más realidad y menos potencia, más huesos y sangre tibia, menos idea abstracta de células reproduciéndose a la velocidad de la luz.

Antes de hoy, me sentía hipócrita hablando de mi crío. Quizá porque pensaba más en la tormentosa y catastrófica relación que lo originó, que en su realidad de personita entrañable y creciente, de tripulante omnioso de mis días. Pero cada día, entre mi vientre desafiante y sus movimientos, primero cautos y ahora inconfundibles, empezó a hacerme entender que mis melodramas inconclusos no tienen qué ver con él, que gira y flota en la oscuridad, sólo consciente de mí, que soy casa, alimento y barco por el mundo.


jueves, 30 de octubre de 2014

domingo, 12 de octubre de 2014

Día 40

No sé por qué, pero me siento más confiada al hablar de ti, ahora que tienes todas esas neuronas en tu cabecita de alienígena. Después de semanas de náusea constante, existencial y física, tu presencia invisible me ha dado una tregua. Será que descubrí que esta condición tiene muy poco de tragedia y un potencial inagotable de comedia involuntaria. O sea, no es tanto que la humanidad ahora me deba el conocimiento de que un embarazo no equivale a un apocalipsis zombie, sino que ya me acomodé a la idea, falta un chingo para que vengas y mientras, tengo que irme despidiendo de ciertas cosas, acomodando otras.

Hoy, por ejemplo, saqué del fondo del cajón, mis jeans más ajustados. Los que compré para celebrar la pérdida de esos dos kilos que, adivina, ya volví a subir. Entré en ellos temerariamente, dispuesta a la derrota ante el botón. Increíblemente, cerraron. Como algo así no volverá a suceder en más o menos un año, aproveché la ocasión y me puse tacones. Homenaje casi póstumo a mi trasero pre maternidad, que está volviéndose rápidamente un recuerdo de glorias extintas.

Le dije adiós a los pantalones inhibidores de la circulación y a cambio he abrazado la existencia del corrector para ojeras. No importa cuánto duerma, ahí amanecen. La semana que viví de gatorade y pan tostado, ocupaban la mitad de mi cara. Ahora, aunque pueda zamparme unas enchiladas y dormir como oso, sigo pareciendo un poco cruda todo el tiempo. Eso del glow materno ha venido a ser puro cuento chino.

...

Ahora que no tienes 40 días, sino algo así como 63, pude seguir escribiendo la entrada que interrumpí en un arranque de neurosis. Hasta ahora, de ti saben muy pocos, no porque yo tenga algún pudor en andar por la vida adorando el spandex, sino porque estoy previamente hasta la madre de todas las preguntas pendejas que me esperan sobre el origen de tu existencia. Digo, la gente se hace cogiendo ¿no? Lo tenemos clarísimo. Entonces ¿habrá quien todavía tenga la imbecilidad de preguntar? Vamos, tengo casi 30 pinches años, marido no, ni mucho a quién colgarle el milagrito. Ya no sé si estoy enojada con la gente o conmigo, por la cantidad de chaquetas mentales que llevo elaboradas sobre reacciones de entes que no son ni tú ni yo, que somos los que realmente tenemos algo qué ver con este cuento.

Desde luego, no me ayuda mucho el miedo que acompañó el anuncio de tu existencia: vives en un útero tamaño Infonavit. Ahí tendrás qué crecer y hacer todas esas cosas que los demás niños hacen en espacio estándar. Esperemos que las herencias de tus ancestros, acostumbrados a dormir de a 15 en un jacal, te guíen hacia el confort y te salven de la claustrofobia, que al fin y al cabo nomás tienes qué aguantar el encierro otros seis meses. En el viaje hasta acá afuera te esperan muchos peligros, pero confío en que seguirás siendo prudente y sabio como hasta ahora y que llegarás hasta esta Penélope tuya que no sabe tejer para entretenerse.

Mientras, espero la liberación que será decirle a nuestra familia que vienes en camino. Espero y temo, pero a final de cuentas, ahí estás. Aquí vamos. A ser ante los otros.