Un día me desperté y de pronto, era una. Lo gracioso es que mi centro de gravedad me recordó al instante que en realidad somos dos. Pero de ser una mujer con una vida pública, decente, aburrida y otra vida privada confusa, retorcida, agonizante y clandestina, pasé a ser un solo ente para todas mis trincheras. La vida oculta, siempre más fértil que la vida pública, me dejó una presencia que es cada vez más realidad y menos potencia, más huesos y sangre tibia, menos idea abstracta de células reproduciéndose a la velocidad de la luz.
Antes de hoy, me sentía hipócrita hablando de mi crío. Quizá porque pensaba más en la tormentosa y catastrófica relación que lo originó, que en su realidad de personita entrañable y creciente, de tripulante omnioso de mis días. Pero cada día, entre mi vientre desafiante y sus movimientos, primero cautos y ahora inconfundibles, empezó a hacerme entender que mis melodramas inconclusos no tienen qué ver con él, que gira y flota en la oscuridad, sólo consciente de mí, que soy casa, alimento y barco por el mundo.
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