Le atacaron súbitos deseos de belleza en cualquiera de sus formas. Sólida, líquida, comestible, tóxica, intangible.
La realidad se masturbaba, desnuda e implacable; ante esa visión, prefirió sedarse con nostalgia de todo lo no vivido.
Durmió esa noche con la mente agarrada a todas las estrellas.
lunes, 31 de mayo de 2010
Nada me pone más alcohólica que la redacción de mi tesis..
sábado, 22 de mayo de 2010
Al parecer, hubo un pequeño incendio en el metro, así que estoy en la etapa post- monóxido de carbono. Se fue la energía unos minutos, y me quedé con cincuenta desconocidos en la más completa oscuridad, oliendo el humo.
Creo que justo ahora, recién salida de la estación, con la garganta irritada, es que en verdad comprendí mi pánico. Como aquella vez de la mega fuga de gas, me dio miedo pasar a la nada sin decir adiós a muchos de mis afectos. Aunque esta vez fue peor, porque a mi alrededor no había nadie de quien supiera siquiera el nombre. En la madrugada del gas estabas tú, y podía confiar en que nada sería tan malo contigo a un lado...
Esta mañana tuve mucho miedo...
Creo que justo ahora, recién salida de la estación, con la garganta irritada, es que en verdad comprendí mi pánico. Como aquella vez de la mega fuga de gas, me dio miedo pasar a la nada sin decir adiós a muchos de mis afectos. Aunque esta vez fue peor, porque a mi alrededor no había nadie de quien supiera siquiera el nombre. En la madrugada del gas estabas tú, y podía confiar en que nada sería tan malo contigo a un lado...
Esta mañana tuve mucho miedo...
miércoles, 19 de mayo de 2010
Work anger
Ok...
Odio a todos y cada uno de los litigantes pendejos que en sus pinches demandas de amparo usan expresiones ridículas como "el derecho, aunque se pretende ocultar, está de parte de aquel que acoge y ampara la ley."
Lo que me gustaría decirle al imbécil que les está tomando el pelo a los incautos que le confiaron su asunto es que ni tiene derecho, ni la ley lo ampara porque lo que están haciendo sus clientes es completamente-pinche-ilegal. La ley tampoco lo acoge, como mucho, se lo coge, y parado, porque al hijo de toda su pinche madre le va a ir taaan mal en la sentencia...
Encima, tardo cuatro veces más en responder pendejadas que en conceder la razón a una demanda bien fundamentada.
Pinches abogados...
Dios los libre de que alguna vez sea juez...
Odio a todos y cada uno de los litigantes pendejos que en sus pinches demandas de amparo usan expresiones ridículas como "el derecho, aunque se pretende ocultar, está de parte de aquel que acoge y ampara la ley."
Lo que me gustaría decirle al imbécil que les está tomando el pelo a los incautos que le confiaron su asunto es que ni tiene derecho, ni la ley lo ampara porque lo que están haciendo sus clientes es completamente-pinche-ilegal. La ley tampoco lo acoge, como mucho, se lo coge, y parado, porque al hijo de toda su pinche madre le va a ir taaan mal en la sentencia...
Encima, tardo cuatro veces más en responder pendejadas que en conceder la razón a una demanda bien fundamentada.
Pinches abogados...
Dios los libre de que alguna vez sea juez...
sábado, 15 de mayo de 2010
I just wanna be ugly
So they won't break my spine again
You know
It's crushed
I couldn't take it anymore
So
I am a boy
I'm ugly
So they won't break my spine again
You know
It's crushed
I couldn't take it anymore
So
I am a boy
I'm ugly
María (2)
Trabajaba en el mercado. Era muy joven para ser admitida en la zona industrial sin peligro de caer en la explotación infantil, a decir de los de recursos humanos.
Así que se gastaba la columna vertebral en el sótano húmedo donde se apiñaban los comercios de abarrotes.
No pensaba mucho en sí misma durante los meses previos a la gripe que parecía silbar al cabo de dos semanas sin descanso.
Un sábado particularmente asqueroso (cientos de mujeres en diciembre, tratando de comprar a granel su cena navideña) se dejó caer sobre un costal de papas y suspiró. Parecía un muchachito, con la camiseta holgada, los jeans y las eternas botitas de obrero que parecían de juguete en ella. La otra chica, Lorena, brillaba misteriosamente bajo la mugre y el sudor. La invitó a un bar.
Así descubrió el inmenso rito de fin de semana en que se convertía la ciudad. Fue a casa y sustituyó su uniforme por una camiseta igual de holgada, pero limpia. Sin maquillaje y sin pretensiones se dirigió al lugar.
Era un bar no del todo sucio, pero algo oscuro, sin sexo en el aire. Ahí acudían los inhaladores de toxinas cotidianos, a escupir su frustración contra los cuatrocientos pesos a la semana que valía su vida. Le gustó.
...no tengo tiempo de cambiar mi vida
la máquina me ha vuelto una sombra borrosa...
Así que se gastaba la columna vertebral en el sótano húmedo donde se apiñaban los comercios de abarrotes.
No pensaba mucho en sí misma durante los meses previos a la gripe que parecía silbar al cabo de dos semanas sin descanso.
Un sábado particularmente asqueroso (cientos de mujeres en diciembre, tratando de comprar a granel su cena navideña) se dejó caer sobre un costal de papas y suspiró. Parecía un muchachito, con la camiseta holgada, los jeans y las eternas botitas de obrero que parecían de juguete en ella. La otra chica, Lorena, brillaba misteriosamente bajo la mugre y el sudor. La invitó a un bar.
Así descubrió el inmenso rito de fin de semana en que se convertía la ciudad. Fue a casa y sustituyó su uniforme por una camiseta igual de holgada, pero limpia. Sin maquillaje y sin pretensiones se dirigió al lugar.
Era un bar no del todo sucio, pero algo oscuro, sin sexo en el aire. Ahí acudían los inhaladores de toxinas cotidianos, a escupir su frustración contra los cuatrocientos pesos a la semana que valía su vida. Le gustó.
...no tengo tiempo de cambiar mi vida
la máquina me ha vuelto una sombra borrosa...
lunes, 10 de mayo de 2010
María
La noche no era distinta entonces. Sólo era más insistente el calor y los ruidos salvajes de un afuera dependiente de la pared de bloques huecos se sentían un poco más cerca.
Olía a las cinco de la mañana. Un minuto o dos antes del despertador, ella se incorporó de la esponja que separaba su espalda de la base metálica y encendió el calentador. Tres cucarachas tamaño ratón salieron delante de la flama habitual.
Aquella vida implicaba cerrar los ojos sin mucho romanticismo, a pesar de lo que se diga de la escasez...
Sacó el uniforme sin planchar y dejó que el pelo húmedo y enredado le mojara la camisa. Se calzó las botas con un dejo de entusiasmo y empezó a narrar en tercera persona cada una de sus acciones matutinas, que implicaron la carencia de leche, que se le olvidó comprar la noche anterior.
A las seis en punto salió con el cd de Nirvana y le tuvo sin cuidado cada una de las miradas amenazantes de los automovilistas ante su figura pequeña y delgada, fantasmal a esa hora.
El camión de Industrias se detuvo con el tiempo justo y ella saltó para evitar un charco añejo. Le gustaba salir temprano, no por que amara la puntualidad, sino porque detestaba la cercanía de otros seres humanos. Prefería el autobús semivacío de las seis quince, escoger su lugar en el salón de clases y esperar, sin ganas, a que dieran las siete y ella pudiera tener en qué pensar para sobrevivir otro día en la ciudad gris de septiembre, en el edificio verde bilis que era su refugio.
No conocía a Marx más que de lejos, pero sospechaba que doce horas entre escuela y trabajo no son lo común a los quince años. Esa noche empezó a beber.
Olía a las cinco de la mañana. Un minuto o dos antes del despertador, ella se incorporó de la esponja que separaba su espalda de la base metálica y encendió el calentador. Tres cucarachas tamaño ratón salieron delante de la flama habitual.
Aquella vida implicaba cerrar los ojos sin mucho romanticismo, a pesar de lo que se diga de la escasez...
Sacó el uniforme sin planchar y dejó que el pelo húmedo y enredado le mojara la camisa. Se calzó las botas con un dejo de entusiasmo y empezó a narrar en tercera persona cada una de sus acciones matutinas, que implicaron la carencia de leche, que se le olvidó comprar la noche anterior.
A las seis en punto salió con el cd de Nirvana y le tuvo sin cuidado cada una de las miradas amenazantes de los automovilistas ante su figura pequeña y delgada, fantasmal a esa hora.
El camión de Industrias se detuvo con el tiempo justo y ella saltó para evitar un charco añejo. Le gustaba salir temprano, no por que amara la puntualidad, sino porque detestaba la cercanía de otros seres humanos. Prefería el autobús semivacío de las seis quince, escoger su lugar en el salón de clases y esperar, sin ganas, a que dieran las siete y ella pudiera tener en qué pensar para sobrevivir otro día en la ciudad gris de septiembre, en el edificio verde bilis que era su refugio.
No conocía a Marx más que de lejos, pero sospechaba que doce horas entre escuela y trabajo no son lo común a los quince años. Esa noche empezó a beber.
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