La noche no era distinta entonces. Sólo era más insistente el calor y los ruidos salvajes de un afuera dependiente de la pared de bloques huecos se sentían un poco más cerca.
Olía a las cinco de la mañana. Un minuto o dos antes del despertador, ella se incorporó de la esponja que separaba su espalda de la base metálica y encendió el calentador. Tres cucarachas tamaño ratón salieron delante de la flama habitual.
Aquella vida implicaba cerrar los ojos sin mucho romanticismo, a pesar de lo que se diga de la escasez...
Sacó el uniforme sin planchar y dejó que el pelo húmedo y enredado le mojara la camisa. Se calzó las botas con un dejo de entusiasmo y empezó a narrar en tercera persona cada una de sus acciones matutinas, que implicaron la carencia de leche, que se le olvidó comprar la noche anterior.
A las seis en punto salió con el cd de Nirvana y le tuvo sin cuidado cada una de las miradas amenazantes de los automovilistas ante su figura pequeña y delgada, fantasmal a esa hora.
El camión de Industrias se detuvo con el tiempo justo y ella saltó para evitar un charco añejo. Le gustaba salir temprano, no por que amara la puntualidad, sino porque detestaba la cercanía de otros seres humanos. Prefería el autobús semivacío de las seis quince, escoger su lugar en el salón de clases y esperar, sin ganas, a que dieran las siete y ella pudiera tener en qué pensar para sobrevivir otro día en la ciudad gris de septiembre, en el edificio verde bilis que era su refugio.
No conocía a Marx más que de lejos, pero sospechaba que doce horas entre escuela y trabajo no son lo común a los quince años. Esa noche empezó a beber.
Olía a las cinco de la mañana. Un minuto o dos antes del despertador, ella se incorporó de la esponja que separaba su espalda de la base metálica y encendió el calentador. Tres cucarachas tamaño ratón salieron delante de la flama habitual.
Aquella vida implicaba cerrar los ojos sin mucho romanticismo, a pesar de lo que se diga de la escasez...
Sacó el uniforme sin planchar y dejó que el pelo húmedo y enredado le mojara la camisa. Se calzó las botas con un dejo de entusiasmo y empezó a narrar en tercera persona cada una de sus acciones matutinas, que implicaron la carencia de leche, que se le olvidó comprar la noche anterior.
A las seis en punto salió con el cd de Nirvana y le tuvo sin cuidado cada una de las miradas amenazantes de los automovilistas ante su figura pequeña y delgada, fantasmal a esa hora.
El camión de Industrias se detuvo con el tiempo justo y ella saltó para evitar un charco añejo. Le gustaba salir temprano, no por que amara la puntualidad, sino porque detestaba la cercanía de otros seres humanos. Prefería el autobús semivacío de las seis quince, escoger su lugar en el salón de clases y esperar, sin ganas, a que dieran las siete y ella pudiera tener en qué pensar para sobrevivir otro día en la ciudad gris de septiembre, en el edificio verde bilis que era su refugio.
No conocía a Marx más que de lejos, pero sospechaba que doce horas entre escuela y trabajo no son lo común a los quince años. Esa noche empezó a beber.
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