miércoles, 19 de abril de 2017

Feminismo, depresión y otras cosas. Parte 1.

Hace casi una semana me agarró un ataque de mi depresión autodiagnosticada. No sé cómo se llame cuando ocurre así, ocasionalmente, como un bajón de glucosa en la sangre, pero más relacionado con las sustancias que hacen que te sientas con ganas de quedarte en este mundo.

Fue bastante nefasto. Traté de usar mis mecanismos usuales de alivio, el paseo al aire libre, la película rosa. Pero a lo mejor fue muy mala idea ver la última de Bárbara Mori, porque me dejó toda nefasteada y con ganas de llorar. El amor no te colma vacíos existenciales y eso es muy duro de ver en una pinche película palomera, carajo. 

Pasa que a veces me siento sola, infinitamente sola y repudiada por el mundo. Según mis sesudas investigaciones en Internet, lo más probable es que nunca sintiera un poco de chingado apego de chiquita. Mi madre no tiene recuerdos de mí y mi hermano mayor, que me cuidaba, dice que me daban un chupón con miel para que no llorara y me estuviera quietecita frente a la tele. That's pretty much it. Entonces, como los pedagogos y los psicólogos afirman, crecí con un vacío emocional verdaderamente espantoso: soy ansiosa y tengo necesidad infinita de afecto; me pongo completamente crazy frente al abandono (o lo que yo percibo como abandono).

Hoy leí un par de artículos en El País, uno sobre la maternidad como oportunidad de sanar las propias heridas frente al espejo magnificador que son los críos, que me llevó a otro, de título que se antoja un tanto dramático: "¿Por qué mi madre no me quiere?" o algo así. De pronto, mientras deslizaba el pulgar por la pantalla, me sentí menos freak por mis mommy issues: ahí estaba la descripción de la madre infantilizada que es egocéntrica y hace que sus hijes sean quienes se ocupen de su bienestar, la que ve como una enemiga a la hija, la juzga y la critica todo el tiempo. Ahí estaba yo, ansiosa y con sentimiento de abandono, incapaz de entablar relaciones sanas porque, pues, bueno, wey, yo todavía sueño (o soñaba) con una madre capaz de ser empática y de proporcionarte consuelo en situaciones difíciles. O alguien con quien se pueda hablar tranquilamente sin sentirte atacada, digo.

Decir que me hizo llorar es poco. Sentí un cataclismo interno, pero era uno bueno. Yo no tengo la culpa de que mi santa paridora no me quiera y no me lo estoy inventando. Todos estos años, cuando abordaba el tema, aún en terapia, me topaba con un muro hecho de dogmas: "pues, te ha de querer, aunque a su modo", ya sabrán, porque las madres siempre quieren incondicionalmente.
Y ahí estaba yo, intentando comprender ese cariño envenenado, neurótico, que me hace sentir mierda cada vez que paso más de doce horas en su compañía.

Wey, alimentar a alguien e intentar que no se muera no es amor, neta, es cualquier otra cosa si no va acompañado de respeto y de algo de empatía. Hasta los perros en la calle sobreviven de cosas que encuentran tiradas. Yo sobreviví, pero eso no quiere decir que me quiera quien me cuidó, ni siquiera que me conozca.




martes, 6 de diciembre de 2016

Disciplina

Leo el título del boletín que babycenter me envía con regularidad y el estómago se me revuelve. Leo el método para que un niño de dos años deje de morder y patear y me asqueo definitivamente. 

Probablemente nadie esté de acuerdo conmigo en esta, pero tengo que decírtelo: yo no soy nadie para disciplinarte. Y odio esa palabra, disciplina, que a mí sólo me sugiere uniformes grises, barrotes y gritos furiosos de adultos importantes. Tanto la odio, que nunca la he practicado. Aquí te diré un secreto: la verdad es que nunca he hecho nada por obligación. Ni siquiera ir a la escuela. O a este trabajo, que con sus más y sus menos nos deja vivir nuestra vida unas dieciocho horas al día y a mí me hace sentir una persona cuerda.

Pensarás: me cuidas porque estás obligada a ello. Pero eso es mentira. Te cuido, te traje a este mundo, porque te amo más allá de cualquier explicación razonable. Te abrazo, te canto, te limpio, te alimento y arreglo tu desmadre porque te quiero y quiero verte mientras creces. Más que verte, necesito olerte, sentirte mientras lo haces. Nadie va a venir a fiscalizar cuántos aros de cereal dejamos en el piso, pequeño mío. En lo nuestro no he podido sentir jamás el peso de una obligación. Si acaso, la carga de los límites que obedecen a mi humana resistencia, que a veces me deja imposibilitada para inventar otro juego o cocinar algo más sabroso. 

Entonces, nada más lejos de mí que intentar condicionar tu conducta. Seguro que lo hago, porque vamos, te pongo ropa y pañales y te llevo a una guardería todos los días. Lo hago porque así son las cosas, porque yo necesito que alguien esté contigo mientras me ausento, porque creo que pasarás frío si no te envuelvo en esas prendas miniatura, porque no quiero andar detrás de ti limpiando tus desechos. No porque yo me crea con la autoridad moral para pensar que nada de eso sea mejor que las otras infinitas formas de cuidar de un infante.

Siento que me perdería de algo muy tuyo si me pusiera a mí misma como medida de las cosas. Por ahora es mi turno de esperar y cuidar, de vigilar mientras permito que te estires y florezcas. No de disciplina.


lunes, 26 de septiembre de 2016

Soy tan oscura. Me volví de barro, cuando todo en mí era aire y estrellas. Te escucho, por una mala broma del destino, reír con ganas a través de la pared, mientras conversas con la chica del trasero firme y el pelo largo. Sé que últimamente no te hago reír mucho. Últimamente soy toda datos científicos de crianza, problemas familiares, análisis de la textura de secreciones.

I'm not the cool girl anymore. Lo cual no es necesariamente malo. Tampoco necesariamente triste. Y quizá no sea cierto que tú tranquilamente te pongas a buscar una nueva fuente de admiración y coquetería, ahora que voy con la cabeza casi al rape y no te busco el cuerpo casi nunca. No es necesariamente cierto, pero lo sé desde ese lugar que carece de palabras y se niega a razones. Es un lugar arbitrario, el sitio de los celos. Aunque, más que celos, a veces sólo siento resignación.

Tu naturaleza de niño egoísta es así, no ibas a permitir que mi transformación te destemplara el ánimo o la zona de confort en la que nunca hay conflictos ni dudas ni heridas, donde todo es risa cachonda y ligera, sin consecuencias. Desde luego, amable como eres, mantienes tus atenciones de psicoterapeuta conmigo, lo cual no implica que en realidad te importe (¿qué es lo que te conmueve, después de todo? ¿existe?) o que asumas mi locura y mis consecuencias.

No lo hiciste antes, no lo harás nunca. Soy de barro, pesada, pétrea, oscura, pegada a la tierra. Demasiado oscura y demasiado triste. Just don't have the strenght to be a clown.

viernes, 12 de agosto de 2016

Soledad

Un perro rabioso que me acosa desde que puedo recordar. El sentimiento difuso, omnipresente, casi omnipresente, de estar sumergida en una pecera. El hastío, la nada, los neurotransmisores que no encuentran su cauce.

Empiezo a tener sueño. La espiral descendente que me hará buscar el estímulo que deje en carne viva a mi ánima, hasta devolverme la capacidad de soportarme a mí misma, de tolerar el día. El mecanismo es el mismo de siempre, pero el aprendizaje me ha conducido a evitar el drama como alivio del tedio. He llegado a la conclusión de que sólo la creación, el deleite de la mente y los sentidos, puede salvarnos de la nada. Sólo el placer, el efímero y esquivo placer, otorga sentido a este transcurrir de los latidos, encaramados como mosquitas microscópicas en un mundo que es a la vez insignificante y majestuoso.

El deseo de conectar con otro, con otros, un hambre instintiva que se pelea con este delicado mundo interno de contemplación. Ver otra cara reaccionar a la mía, ser capaz de disfrutar una botella de vino, una comida, un momento. Reírme. ¿Pero de qué? Aquí viene mi depresión auto diagnosticada de nuevo. El exilio auto impuesto respecto de los otros, que me son siempre ajenos o atemorizantes, cuando no directamente tóxicos.

La tóxica soy yo. Enredada sobre mí misma, chupándome el veneno. Sólo maravillada ante un pequeño niño que no ha olvidado cómo vivir. Ante el mundo que extiende sus lugares desconocidos como una tentación, eterno llamado a no volver. Ante la posibilidad del amor (¿cuál amor? ) inventado, con cara de hombre, con olor de hombre, pero con manos de mujer.


miércoles, 10 de agosto de 2016

Los iracundos

¿En qué círculo del infierno se encuentran los que se dejaron llevar por la furia? En el quinto, me recuerda Wikipedia. Tal vez no debí leer la Divina Comedia hace tantos años, porque la he olvidado casi por completo. Sólo recuerdo que en el corazón de las tinieblas no hay fuego, sino hielo infinito.

Los iracundos, hundidos en el lodo, impotentes, mordiéndose con los propios dientes. Así hoy yo, buscando metáforas baratas para sentirme atrapada por mi propia, ilusoria miseria.
Dame una fábula, una conseja que me permita jugar con esas imágenes del medievo, para acomodarlas a esta realidad de enajenación incompleta, de pequeña rebeldía ante el escritorio y el pantalón de poliéster, de ser poca cosa y mucho sentimiento de injusticia.

Admiro a los iracundos. La rabia constante debería ser considerada disciplina olímpica, porque un día  de eso alcanza para dejarte completamente exhausto. Ira, un sentimiento que encuentro tan inútil.
La realidad, sin embargo, parece desmentirme. Veo a los iracundos abrirse paso en la vida, con el temor que genera su rabia. Iracundo mi padre con el cinturón en la mano, reventando a cuerazos a mi hermano, adolescente y borracho. Mi madre, reventando la cuchara de madera en la espalda del niño que no quería comer habas. Terribles ante niños indefensos.

Porque la ira, desde luego, sólo impone si va acompañada de un poco de poder. El suficiente para que el miedo viva alrededor tuyo. De hecho, a veces el poder genera, por sí solo, la percepción de una ira temible, aunque nunca se materialice. Así mi padre, temeroso de las reacciones de sus hijos adultos. Así mi madre, que me miente para no hacerme enojar y piensa que si eso pasa dejaré de pasarle su mesada. Tengo un mínimo poder doméstico y han inventado mi ira. La que me emborucó como bola de estambre y me dejó bebiendo té verde, respirando con cuidado, descubriendo que me dibujan los miedos de los otros.


jueves, 14 de julio de 2016

14-07-2016

Yo escribo siempre desde un limbo: el no-lugar de quien no escogió bando, una lectora desordenada, asistemática, que no puede sentirse intelectual ni tecnócrata, porque le falta el eje de la teoría y se niega a hacer cualquier cosa que no sea un disfrute.

Tengo el alma empeñada, pero nunca la vendí. Eso lo sé porque cada vez sigo siendo capaz de encontrar calma en la maraña de reglas, ejercicio casi lúdico que le da sentido a los días pasados frente a la pantalla, pensando, siempre dándole vueltas a la existencia: la mía, la tuya, nuestra relación que poco a poco deja de ser una simbiosis.

Me avergüenza que esta sea una de mis pasiones. ¿Cómo podríamos decirlo, sin usar un lenguaje hosco, frío, realmente feo? Creo que no se puede. Sólo si me piensas un poco ingenua, un poco cínica también y al tiempo. Sólo así podrías entender que cobre un sueldo mejor que cualquier beca y me deslice con cierta placidez en el placer del café y el escritorio matutino, pequeñas conquistas en un sistema que por pura coincidencia supe descifrar.

Leí a Natalia Ginzburg, sobre las pequeñas virtudes. ¿Alguna vez te han dado ganas de aplaudir después de terminar un artículo? Así me pasó. Esta mujer supo poner en palabras justas, exactas, lo que siento yo hacia ti, hacia mí, en este peculiar mundo que se ha formado desde que existimos juntos.

Si alguna vez soy incapaz de decírtelo, busca el ensayo. Esos son mis deseos para ti. Libre frente al dinero, frente a las pequeñas cosas, apasionado, lleno de amor a la vida. Ignorante de tu propio bolsillo. Deseo para ti lo que he obtenido para mí: esa indiferencia a la fecha en que depositan el salario, que importa pero no tanto, porque para lo esencial alcanza. Porque las mañanas siempre son espacios para entender cosas nuevas, apasionarme y renegar; porque así llego a encontrarte, lista para zambullirme en tu mundo, para ver las cosas a 75 centímetros del suelo.

No me importa si triunfas o fracasas. Me importa que nadie, más que tú, determine tu camino. No te voy a mentir: es un poco solitario así. Puede que te resulte difícil encontrar con quién ser tú mismo, en tu banalidad y en tus profundidades, que tus elecciones sean cuestionadas. Pero valdrá la pena: lo sabrás porque serás capaz de disfrutar tus días, aunque los sufras.

Bienvenido a la vida una vez más. Que se te colmen los sentidos y el alma.

viernes, 10 de junio de 2016

Maillard

La descubrí por accidente, buscando poemas sobre el cuerpo, tratando de traducir en palabras el gozo infinito de las horas pasadas inventando caricias, llenas de semen, saliva y fluidos que de tanto mezclarse sólo podían ser nuestros, no tuyos ni míos.

Se me reveló paralizada de placer, abrumadora como un torrente, sufriente y gozosa, atónita como yo ante el cuerpo del otro que nunca vuelve a ser el mismo después de que nos hemos derramado sobre él, por más medidas higiénicas que se tomen después del estertor, doblemente delicioso porque además era un estertor ilícito, culpable.

Ella escribía mis dudas, mis obsesiones, mi caída al vacío después de cada encuentro que era como recibir una descarga eléctrica. Recuerdo mi propia mente emborronada, me veía a mí misma como un pájaro cayendo a plomo, girando tras recibir el proyectil, delirante. Caía sólo para poder levantarme y buscar un poco más de aquello que era mayor y mejor que cualquiera de los dos. Éramos apenas sirvientes de ese deseo implacable, materializábamos en nuestra carne ordinaria la danza extraordinaria que ordenaba alguna divinidad, deseosa de mostrar su perfección a este mundo.

Ahora intento leer sus Diarios, que me retan, me contorsionan, me dejan la cabeza adolorida. Descubro que la intimidad, el vértigo, el susurro mínimo, existen en letra impresa, listos para dejarme temblando, sintiéndome desnuda, aterrada ante la evocación del pasado y la soledad, la soledad que oprime y libera, el destino de los que sueñan y los que sienten más allá de los límites de su propia piel.

Siento que cometo una inmoralidad, un acto transgresor inconcebible al abrir aquí  el libro de color arena clara, editado con una sobriedad que esconde su contenido explosivo. Me siento esa niña tramposa, asustada de que le descubrieran el mundo inabarcable que ocultaban los tomos de aspecto inofensivo que iban y venían de la biblioteca municipal, un universo poblado por viajeros incansables, bestias imaginarias, heroínas locas, muchachos ordinarios y hasta niñas pre púberes, que la Poniatowska hacía preparar para el matrimonio, ese matadero disfrazado de altar (que, al fin y al cabo, suelen ser lo mismo).

Leo a esta mujer con mis años de burócrata a cuestas, y me hace sentir absurdamente viva, nuevamente tocada por el rayo de la palabra, ese logos totalizador que a veces nos elige sólo para martirizarnos.