Hace casi una semana me agarró un ataque de mi depresión autodiagnosticada. No sé cómo se llame cuando ocurre así, ocasionalmente, como un bajón de glucosa en la sangre, pero más relacionado con las sustancias que hacen que te sientas con ganas de quedarte en este mundo.
Fue bastante nefasto. Traté de usar mis mecanismos usuales de alivio, el paseo al aire libre, la película rosa. Pero a lo mejor fue muy mala idea ver la última de Bárbara Mori, porque me dejó toda nefasteada y con ganas de llorar. El amor no te colma vacíos existenciales y eso es muy duro de ver en una pinche película palomera, carajo.
Pasa que a veces me siento sola, infinitamente sola y repudiada por el mundo. Según mis sesudas investigaciones en Internet, lo más probable es que nunca sintiera un poco de chingado apego de chiquita. Mi madre no tiene recuerdos de mí y mi hermano mayor, que me cuidaba, dice que me daban un chupón con miel para que no llorara y me estuviera quietecita frente a la tele. That's pretty much it. Entonces, como los pedagogos y los psicólogos afirman, crecí con un vacío emocional verdaderamente espantoso: soy ansiosa y tengo necesidad infinita de afecto; me pongo completamente crazy frente al abandono (o lo que yo percibo como abandono).
Hoy leí un par de artículos en El País, uno sobre la maternidad como oportunidad de sanar las propias heridas frente al espejo magnificador que son los críos, que me llevó a otro, de título que se antoja un tanto dramático: "¿Por qué mi madre no me quiere?" o algo así. De pronto, mientras deslizaba el pulgar por la pantalla, me sentí menos freak por mis mommy issues: ahí estaba la descripción de la madre infantilizada que es egocéntrica y hace que sus hijes sean quienes se ocupen de su bienestar, la que ve como una enemiga a la hija, la juzga y la critica todo el tiempo. Ahí estaba yo, ansiosa y con sentimiento de abandono, incapaz de entablar relaciones sanas porque, pues, bueno, wey, yo todavía sueño (o soñaba) con una madre capaz de ser empática y de proporcionarte consuelo en situaciones difíciles. O alguien con quien se pueda hablar tranquilamente sin sentirte atacada, digo.
Decir que me hizo llorar es poco. Sentí un cataclismo interno, pero era uno bueno. Yo no tengo la culpa de que mi santa paridora no me quiera y no me lo estoy inventando. Todos estos años, cuando abordaba el tema, aún en terapia, me topaba con un muro hecho de dogmas: "pues, te ha de querer, aunque a su modo", ya sabrán, porque las madres siempre quieren incondicionalmente.
Y ahí estaba yo, intentando comprender ese cariño envenenado, neurótico, que me hace sentir mierda cada vez que paso más de doce horas en su compañía.
Wey, alimentar a alguien e intentar que no se muera no es amor, neta, es cualquier otra cosa si no va acompañado de respeto y de algo de empatía. Hasta los perros en la calle sobreviven de cosas que encuentran tiradas. Yo sobreviví, pero eso no quiere decir que me quiera quien me cuidó, ni siquiera que me conozca.
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