Los viernes pueden ser terribles. Lo son cuando significan algo. Algo que a veces importa más, otras menos. Que te vas a ponerte el disfraz de esposo y padre ejemplar. Tu costoso disfraz, que a veces es más bien triste. Hoy eso importó un poco más.
Yo me quedo en esta orilla y lo sé, así como lo he sabido siempre. Hoy te busqué los ojos, pero la mirada ya se te había ido a otra parte. Mi pleito -ahora lo sé- no es contigo. Nunca lo fue. Es con la parte de mi ser que sólo se ve a través de ti. La que todavía se retuerce de angustia si cree que te está aburriendo. Otra vez no puedo más. Otra vez quiero que te borres y que no importes. Que te vayas con tus idealizaciones a otra parte, que no me lastimen tus alusiones a un pasado que me es ajeno. Donde no sienta la profunda injusticia de ser público, cómplice y víctima de tu monólogo de juguete roto.
Yo estoy tan rota como tú. Y es grave, mucho más grave, porque yo tengo una cría diminuta debajo de las costillas, a la que tendré qué explicarle el mundo. Su comienzo, que fuiste tú, de alguna manera. Que fue esto que no acaba de ser pero ya tiene una abultada consecuencia. Claro que es ya tan demandante que he pasado semanas sin pensarte. Pero hay noches que vuelvo a odiarme a mí misma por buscar tu calor, un rescoldo que me alivie del mundo por un par de horas. Vuelvo a mi mundo variopinto agradeciendo que no estés ahí, pero siempre echándote en falta.
Me siento loca, me veo loca. me reconozco loca y digo: nunca más. Por el niño que crece, por mí. Nunca más encajaré mis uñas tras mi cerebro, buscando alivio de tu silencio. Nunca más veré cualidades que no tienes, nunca más pasaré por alto tus trajes lustrosos de mugre, tu barba descuidada, tus marcas de acné, la verborrea con que encubres la superficialidad de tus conocimientos sobre ciertas cosas. Nunca más te saldrás de la fila de los mortales, nunca más tendrás tu olimpo particular en mi torcida mente de niña desamparada. Te destierro de mis afectos, Peter Pan. Te destierro de mis oraciones y mis ruegos. Nunca más me heriré contigo, Peter Pan. Nunca más.
jueves, 9 de junio de 2016
La isla
Acá, por ejemplo, quería escribir sobre Cuba, porque el calor redondito de este abril me tiene a la piel evocando ese otro calor pegajoso que sólo se disfrutaba de noche, cuando una podía salir a caminar. Yo no conocí a la Habana fiestera, porque tuve a bien ir sola y no sé si preñada, pero muy convencida de velar por mi seguridad -lo que no me pasó en otros viajes-.
Tal vez era eso, el cuerpo dictando sus reglas indiscutibles, la vida anidando. Tal vez fueron las hormonas las que me llevaron por las provincias cargando bebés y calentándome el corazón con cabecitas rizadas. Pero me gustó lo que vi. Con todo y las quejas, el calor, los timos y la soledad.
Es más una sensación que un recuerdo preciso. La calle Obispo, mil veces recorrida, siempre distinta, siempre en otro tiempo. La banqueta y sus niños libres, desenvueltos, sin amenazas de violadores, pederastas y criaturas malignas. Las casas abiertas, las comunidades de madres tomando café y contándote su vida, toda de un jalón, en un departamento de inspiración soviética que a mí me recordó otros multifamiliares en mi infancia.
Si hay algo sabroso y sorprendente en esta vida es escuchar a Lola recibir una panda de desconocidas en su casa, mientras el niño mexicano rompe la timidez y se integra a los juegos de los otros desconocidos, que serán sus amigos esa tarde.
Si hay algo más cálido y bonito todavía, es haberte confundido con los mexicanos que conociste en la casa de huéspedes un par de días antes y dejarte llevar por la cirquera de pelo rojo que para taxis ilegales para hacer el recorrido hasta la casa de una amiga que no ha visto nunca.
Fuimos a un cine, a ver el estreno de Meñique, la primera peli animada hecha por cubanos, con canciones de Silvio Rodríguez y claras alusiones a la política del régimen. Niños, palomitas en cucurucho, la ausencia del aire acondicionado que da por supuesto cualquier clasemediera oficinista mexicana. Un viaje en el tiempo a mi propia infancia ambientada por la Solidaridad de Carlos Salinas y su arquitectura social deprimente.
Aquí puedes pensar que regresé a besar el suelo capitalista, pero la verdad es que no. Llegué acá y me invadió la parálisis ante la vida de consumo, la nostalgia por un buen ron y una gente que más que jabones te pide que te bajes un momento de la nube y te sientes a escuchar su vida, que les dejes ver qué traes en la tuya, por qué tan desconfiada, mexicana.
Extrañé montar al caballo tranquilo que soportó mi peso por las tres horas de recorrido. El paso rápido, la sensación de suficiencia y libertad. Los libros por céntimos, el barrio chino lleno de cubanos.
Esa isla que apenas sueño ha desaparecido este año. La Revolución se vistió de Chanel y probablemente todo se vaya a la mierda bien pronto: la nutrición de los niños, la libertad, la educación.
Conozco a un chico que seguramente comprará un par de tenis Nike.
Tal vez era eso, el cuerpo dictando sus reglas indiscutibles, la vida anidando. Tal vez fueron las hormonas las que me llevaron por las provincias cargando bebés y calentándome el corazón con cabecitas rizadas. Pero me gustó lo que vi. Con todo y las quejas, el calor, los timos y la soledad.
Es más una sensación que un recuerdo preciso. La calle Obispo, mil veces recorrida, siempre distinta, siempre en otro tiempo. La banqueta y sus niños libres, desenvueltos, sin amenazas de violadores, pederastas y criaturas malignas. Las casas abiertas, las comunidades de madres tomando café y contándote su vida, toda de un jalón, en un departamento de inspiración soviética que a mí me recordó otros multifamiliares en mi infancia.
Si hay algo sabroso y sorprendente en esta vida es escuchar a Lola recibir una panda de desconocidas en su casa, mientras el niño mexicano rompe la timidez y se integra a los juegos de los otros desconocidos, que serán sus amigos esa tarde.
Si hay algo más cálido y bonito todavía, es haberte confundido con los mexicanos que conociste en la casa de huéspedes un par de días antes y dejarte llevar por la cirquera de pelo rojo que para taxis ilegales para hacer el recorrido hasta la casa de una amiga que no ha visto nunca.
Fuimos a un cine, a ver el estreno de Meñique, la primera peli animada hecha por cubanos, con canciones de Silvio Rodríguez y claras alusiones a la política del régimen. Niños, palomitas en cucurucho, la ausencia del aire acondicionado que da por supuesto cualquier clasemediera oficinista mexicana. Un viaje en el tiempo a mi propia infancia ambientada por la Solidaridad de Carlos Salinas y su arquitectura social deprimente.
Aquí puedes pensar que regresé a besar el suelo capitalista, pero la verdad es que no. Llegué acá y me invadió la parálisis ante la vida de consumo, la nostalgia por un buen ron y una gente que más que jabones te pide que te bajes un momento de la nube y te sientes a escuchar su vida, que les dejes ver qué traes en la tuya, por qué tan desconfiada, mexicana.
Extrañé montar al caballo tranquilo que soportó mi peso por las tres horas de recorrido. El paso rápido, la sensación de suficiencia y libertad. Los libros por céntimos, el barrio chino lleno de cubanos.
Esa isla que apenas sueño ha desaparecido este año. La Revolución se vistió de Chanel y probablemente todo se vaya a la mierda bien pronto: la nutrición de los niños, la libertad, la educación.
Conozco a un chico que seguramente comprará un par de tenis Nike.
Delirio
Lo único real son mis manos. Manos grandes, llenas de venas aparentes y nudillos toscos, impropios de una señorita. Crecí observando mis manos bastas y deseando la delicadeza de los nudillos pálidos y dedos finos de otras mujeres.
Podríamos decir que mi rostro no existe, porque yo no confío en los espejos. Confío en la parálisis que me invade cuando intento corregir mi gesto, esconder las encías cuando río. Lo único que ha salido de eso es que siempre aparezco con mirada amenazante en las fotos.
Si algo existe de mi rostro es mi nariz, porque alcanzo a verla, sosteniendo el marco de los anteojos. Si la veo, es quizá demasiado prominente para ser bella. Prominente, flaca y apenas un poco ganchuda, dicen los espejos.
Puedo decirte que existen también las calles torcidas en invierno, por las que camino de prisa. Existe la gente en ellas, la lluvia helada y grácil, las moles grises de piedra enmohecida, putrefacta. Los jardines demasiado breves y escarpados, inútiles para pasear con una carriola. Existe esta ciudad de la que me enamoré, tumba, nido, manicomio a la medida de mis soledades intermitentes.
Más que mi cara, tú deberías saber que yo soy un mero presentimiento, un latido. Bum, bum, bum. Soy el latido perceptible después de que el café llega a zarandearme gentilmente las neuronas. Soy mis propios ojos, abiertos de gozo en las mañanas misericordiosamente frías, soy el aire helado que entra a mis pulmones, cargado de apenas de los humores que deja el inicio del día: los oficinistas perfumados, la calle recién barrida, el humo de los autos y el de la tostadora de café en el callejón.
Todavía no huele a mierda el día y por eso es que puedo caminarlo, vivirlo, intentarlo.
No soporto las tardes, los mediodías que deberían ser patrimonio exclusivo de la siesta. Si hay horas muertas son estas, porque la mañana resplandece y la noche agoniza, pero ambas seducen en su ingenuidad o su podredumbre. Odio las tardes porque se parecen a la gente decente, con la cabeza bien asentada y a medio camino de todo lo que vale la pena vivir. Nunca fui capaz de hacer nada a media tarde, que no implicara comer o dormir. Hasta coger es insoportable a esas horas, en las que el sudor y el día inacabado te impiden remolonear. Dame las seis de la mañana o las doce de la noche, no las patéticas tres de la tarde con su sol descarado y su gente apendejada de hambre.
Pero te decía. Mis manos. Son capaces de abarcar rostros enteros, de desaparecer cuerpos bajo ellas. En mis manos cabía la espalda de mi recién nacido, su cabeza. En sus relieves apenas rugosos se detenía el cuerpo resbaladizo, anfibio, de mi criatura apenas despertada a la vida.
Mis manos son reales pero yo no voy a ninguna parte. Yo no tengo un hilo conductor, soy puras evocaciones. Imágenes que no puedo atrapar con esos dedos eficientes y utilitarios, de hombre.
Yo soy siempre los otros, los que amaron, los que traicionaron, los que se consagraron a una escultura, los que pueden echar tortillas de maíz en el comal, los que descifran partituras y los que son capaces de terminar una novela.
Yo soy las imágenes que dejan los otros en mí, soy cada una de las copas bebidas, de las risas, de los ridículos, las caminatas, los sueños.
Yo soy este delirio que no se anima a callarse de una vez.
Mi propia alucinación.
Podríamos decir que mi rostro no existe, porque yo no confío en los espejos. Confío en la parálisis que me invade cuando intento corregir mi gesto, esconder las encías cuando río. Lo único que ha salido de eso es que siempre aparezco con mirada amenazante en las fotos.
Si algo existe de mi rostro es mi nariz, porque alcanzo a verla, sosteniendo el marco de los anteojos. Si la veo, es quizá demasiado prominente para ser bella. Prominente, flaca y apenas un poco ganchuda, dicen los espejos.
Puedo decirte que existen también las calles torcidas en invierno, por las que camino de prisa. Existe la gente en ellas, la lluvia helada y grácil, las moles grises de piedra enmohecida, putrefacta. Los jardines demasiado breves y escarpados, inútiles para pasear con una carriola. Existe esta ciudad de la que me enamoré, tumba, nido, manicomio a la medida de mis soledades intermitentes.
Más que mi cara, tú deberías saber que yo soy un mero presentimiento, un latido. Bum, bum, bum. Soy el latido perceptible después de que el café llega a zarandearme gentilmente las neuronas. Soy mis propios ojos, abiertos de gozo en las mañanas misericordiosamente frías, soy el aire helado que entra a mis pulmones, cargado de apenas de los humores que deja el inicio del día: los oficinistas perfumados, la calle recién barrida, el humo de los autos y el de la tostadora de café en el callejón.
Todavía no huele a mierda el día y por eso es que puedo caminarlo, vivirlo, intentarlo.
No soporto las tardes, los mediodías que deberían ser patrimonio exclusivo de la siesta. Si hay horas muertas son estas, porque la mañana resplandece y la noche agoniza, pero ambas seducen en su ingenuidad o su podredumbre. Odio las tardes porque se parecen a la gente decente, con la cabeza bien asentada y a medio camino de todo lo que vale la pena vivir. Nunca fui capaz de hacer nada a media tarde, que no implicara comer o dormir. Hasta coger es insoportable a esas horas, en las que el sudor y el día inacabado te impiden remolonear. Dame las seis de la mañana o las doce de la noche, no las patéticas tres de la tarde con su sol descarado y su gente apendejada de hambre.
Pero te decía. Mis manos. Son capaces de abarcar rostros enteros, de desaparecer cuerpos bajo ellas. En mis manos cabía la espalda de mi recién nacido, su cabeza. En sus relieves apenas rugosos se detenía el cuerpo resbaladizo, anfibio, de mi criatura apenas despertada a la vida.
Mis manos son reales pero yo no voy a ninguna parte. Yo no tengo un hilo conductor, soy puras evocaciones. Imágenes que no puedo atrapar con esos dedos eficientes y utilitarios, de hombre.
Yo soy siempre los otros, los que amaron, los que traicionaron, los que se consagraron a una escultura, los que pueden echar tortillas de maíz en el comal, los que descifran partituras y los que son capaces de terminar una novela.
Yo soy las imágenes que dejan los otros en mí, soy cada una de las copas bebidas, de las risas, de los ridículos, las caminatas, los sueños.
Yo soy este delirio que no se anima a callarse de una vez.
Mi propia alucinación.
lunes, 30 de noviembre de 2015
Siete mujeres
Una mesa circular agrupa a siete mujeres. Cada una está marcada por los hombres: su presencia, su ausencia, su modo particular de relacionarse con ellos. Cada una soportando un rumor a su espalda, como un letrero malintencionado de escuela secundaria.
P. está sola. Pero tal vez no lo estuvo siempre. Todas sabemos que es lesbiana y exuda el estereotipo: fuerte, neta, alta y casi andrógina. Bella y gastadamente andrógina. A los 38, la naturaleza se encargó de bombardearla con la bendita maldición de quitarle la opción a la que ya había renunciado, con una histerectomía de emergencia que la dejó preguntándose... P. se definió en su negación hacia los varones, que en esta sociedad del centro de la República se lleva tan bien con la imagen de decencia.
A su derecha está L., una mujer guapa y femenina, el amor rabioso y apenas disimulado de P., que se largó a vivir a 400 kilómetros de aquí cuando L. se casó y alumbró a una niña fea como el padre, que sin embargo ha heredado las maneras delicadas de la madre. L. sigue mirando con ternura a P., quizá las manos perdidas debajo del mantel se acuerden de Nacho Cano y sus canciones. L. pasa la canasta del pan con sus dedos manicurados mientras se habla de jefes maduros y atractivos, divorciados. L. es el upgrade de uno de ellos, que como siempre ocurre, se casó con la novia de la preparatoria que se quedó en calidad de ama de casa, sólo para divorciarse y conseguir una esposa de mejores gustos.
B. está embarazada por tercera vez, de un marido en camino al estrellato profesional. Cada hito de esa carrera ha sido convenientemente asegurado con un hijo más. Todos varones, todos sanos y perfectos, salidos de una mujer con habilidades para parir y criar sin quejarse ni buscarse otro entretenimiento. En una mesa de profesionistas, B. es la única esposa de. La única que debe contestar preguntas que no se refieren a ella, la única que no ha conocido de primera mano el salario. Una rareza de los años 50, colada en la reunión de mujeres que tratan de ser tomadas en serio dentro del mundo de hombres que ha conquistado su esposo. Por alguna curiosidad ginecológica, la única que ha dado a luz por parto vaginal, en medio de abogadas que sólo pudieron echar a sus niños al mundo mediante una intervención quirúrgica. Habría qué hacer un estudio sobre las interferencias de la vida profesional en la dilatación del cuello uterino.
G. está de regreso del psiquiátrico, a donde la mandaron dos frascos de barbitúricos y un fracaso matrimonial que se conoció en 6 estados. Fresca, recién divorciada y con una discreta cirugía de busto, se ofrece guapa y sarcástica. Es mi favorita, porque está a la vuelta de todo: amor, desamor, hijos, amantes, sexo, éxito, teorías. Por eso y porque detrás del Chanel bien plantado, se percibe tremenda esencia de libertad que no han apagado 15 años de oficina. Una libertad frágil, un poco hecha a la histeria, en la que se adivinan las largas noches mirando los pies enfundados en calcetines a media pregunta, de esas que ni siquiera se pueden verbalizar.
G. es mi favorita porque es una niña perdida, como yo.
G. es mi favorita porque es una niña perdida, como yo.
Yo, que estoy en medio, con mi hijo en brazos. También definida por los hombres: más precisamente, por la ausencia de uno, el que me hizo el hijo. Cercada por preguntas sobre la llegada del inexistente hermano de mi pequeño, que afortunadamente cambian hacia guarderías, horarios de oficina, extensión de la lactancia. Todas miran cuando saco la teta para amamantar y todas paran un momento para ajustar el discurso progresista ante mi descaro evidente, que es más pereza ante los biberones que ganas de retar a la sociedad. Que la sociedad se rete sola. Soy la más joven aquí; quizá también, la que menos entiende de la tensión que nos pone máscaras frente a las otras.
S. está a mi lado, con los rumores malintencionados que levanta el marido atractivo y joven, de mirada bobalicona, que guarda silencio ante sus intervenciones en otros ambientes. S. fea, exitosa y segura, sin historias fuera del guión. Una fugitiva de la maldición de las profesionistas sin hombres que llenan el imaginario popular femenino con terrores a la tercera década y al útero implacable que, aseguran, tarde o temprano reclamará su vacío. S. con la casa de cuento y el mito de la vida resuelta que adivino injusto, porque la vida puede ser mierda hasta en la seguridad del molde. Una hijita parece haberle revivido la ternura en el rostro cansado de ver expedientes.
A. trata sin éxito de que su niño de 2 años se quede quieto para seguir la conversación. Dolorosamente guapa para esta reunión, intensamente agradable, habla como reina sin corona del muy reciente ex marido, que anda por la vida desmintiendo las fotos de Facebook que los proclaman lindos y felices.
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Llegué a un punto de este texto en que me duele seguir.
Yo...yo aprendí a usar los prejuicios para ordenar una realidad que se presenta caótica. Aprendí a ridiculizar lo diferente para no tener qué pensar demasiado en lo semejante. Vi a estas mujeres sentadas a la mesa, cada una representando un estereotipo, una categoría, atacando en la conversación el modo de vida de la otra. Cada quien desde una trinchera imaginaria, cada una marcada en el discurso por algo tan ajeno como sus relaciones con los varones. No pude evitar verlas y pensar: lesbiana, divorciada, casada, ama de casa, soltera.
Ha pasado un tiempo desde que las vi. La odiosa observación de entonces, hoy releída, me parece machista y obsoleta. ¿Cómo es que no podemos ser vistas sin pensar en nuestras relaciones con un pene? Ni yo pude sustraerme a mirarlas a través de ese cristal. Poco sé si les gustan los musicales o las telenovelas, las bandas de rock o las orquestas. Si son de izquierda, de derecha o si la política no les interesa. Si leen, si van al cine, si tienen pequeñas obsesiones secretas.
En gran parte, no sé de ellas porque ellas mismas se niegan. La conversación de esa mañana no se apartó del papel de compañeras, de madres. De la natación de la pequeña, del parto complicado, de la ex esposa del marido. Claro, el útero marca la vida. Pero ¿hay vida después del útero? ¿Existimos las mujeres?
Me sentí desnuda al leer nuevamente el borrador que escribí aquella noche. Me sentí asqueada. Parte del eficiente sistema que nos reduce a máquinas de parir, clasificando sin reflexión a esas mujeres que se sentaron a la mesa en una mañana de sol.
Lo único que persiste en mi mente de esa mañana, es la herida oculta que adiviné detrás de cada rostro ecuánime, el grito reservado para nunca o para después.
S. está a mi lado, con los rumores malintencionados que levanta el marido atractivo y joven, de mirada bobalicona, que guarda silencio ante sus intervenciones en otros ambientes. S. fea, exitosa y segura, sin historias fuera del guión. Una fugitiva de la maldición de las profesionistas sin hombres que llenan el imaginario popular femenino con terrores a la tercera década y al útero implacable que, aseguran, tarde o temprano reclamará su vacío. S. con la casa de cuento y el mito de la vida resuelta que adivino injusto, porque la vida puede ser mierda hasta en la seguridad del molde. Una hijita parece haberle revivido la ternura en el rostro cansado de ver expedientes.
A. trata sin éxito de que su niño de 2 años se quede quieto para seguir la conversación. Dolorosamente guapa para esta reunión, intensamente agradable, habla como reina sin corona del muy reciente ex marido, que anda por la vida desmintiendo las fotos de Facebook que los proclaman lindos y felices.
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Llegué a un punto de este texto en que me duele seguir.
Yo...yo aprendí a usar los prejuicios para ordenar una realidad que se presenta caótica. Aprendí a ridiculizar lo diferente para no tener qué pensar demasiado en lo semejante. Vi a estas mujeres sentadas a la mesa, cada una representando un estereotipo, una categoría, atacando en la conversación el modo de vida de la otra. Cada quien desde una trinchera imaginaria, cada una marcada en el discurso por algo tan ajeno como sus relaciones con los varones. No pude evitar verlas y pensar: lesbiana, divorciada, casada, ama de casa, soltera.
Ha pasado un tiempo desde que las vi. La odiosa observación de entonces, hoy releída, me parece machista y obsoleta. ¿Cómo es que no podemos ser vistas sin pensar en nuestras relaciones con un pene? Ni yo pude sustraerme a mirarlas a través de ese cristal. Poco sé si les gustan los musicales o las telenovelas, las bandas de rock o las orquestas. Si son de izquierda, de derecha o si la política no les interesa. Si leen, si van al cine, si tienen pequeñas obsesiones secretas.
En gran parte, no sé de ellas porque ellas mismas se niegan. La conversación de esa mañana no se apartó del papel de compañeras, de madres. De la natación de la pequeña, del parto complicado, de la ex esposa del marido. Claro, el útero marca la vida. Pero ¿hay vida después del útero? ¿Existimos las mujeres?
Me sentí desnuda al leer nuevamente el borrador que escribí aquella noche. Me sentí asqueada. Parte del eficiente sistema que nos reduce a máquinas de parir, clasificando sin reflexión a esas mujeres que se sentaron a la mesa en una mañana de sol.
Lo único que persiste en mi mente de esa mañana, es la herida oculta que adiviné detrás de cada rostro ecuánime, el grito reservado para nunca o para después.
lunes, 27 de abril de 2015
No sólo quisiera decir más, quisiera decir mejor. Pero aquí estoy, casi catatónica, acuciada solamente por la necesidad que tendré de recordar esta noche.
Vienes a este mundo mañana. En quince horas deberé tener puesta una bata de hospital y estaré contando los minutos para conocerte. Un muchachito como cien mil muchachitos. Pero mío, pero hecho de mi sangre, tripulante de mis huesos. En quince horas conoceré esa faceta de la existencia humana que es territorio vedado a los varones, que es un signo cambiante y misterioso, universal pero que siento único: me añadiré a la maternidad en cuanto vea tu cara. Y sospecho que no seré más la mujer que creo conocer.
Siento frío y anticipación, dudas, miedos, alivio ante la certeza de que mi cuerpo podrá descansar del reto inconmensurable que ha sido convertirme en tu primer hogar. Esperanza de que todo vaya bien y no te aparten de mí, porque no imagino mi cuerpo solo, sin ti, así de pronto. Tú me necesitas y yo a ti.
Mis maneras neuróticas repasan una y mil veces los preparativos, como un conjuro contra la catástrofe. Es un hábito que tengo desde segundo de primaria, cuando soñaba que llegaba tarde al primer día de clases y que sobrevivió intacto hasta los viajes en avión que me regalé para que vieras un poco de mundo en mis ojos.
Apenas puedo con esta humanidad elefantiásica, que es el resultado de este viaje de ocho meses, veinticuatro días y veinte kilos de más. Pero, por alguna razón, siento una pequeña tristeza cuando pienso que es la última noche en la que somos uno.
lunes, 13 de abril de 2015
Acto de contrición
Será que aparezco más por estos lares, justo ahora que estoy por parir...pero qué colección de azotes los míos.
Me arrepiento de no dejar que mi lado alivianado escriba de vez en cuando.
Me arrepiento de no dejar que mi lado alivianado escriba de vez en cuando.
viernes, 10 de abril de 2015
Los caminos
Llévenme a Oaxaca, porque ando herida. Llévenme a tomar mezcal y a rezar a Santo Domingo; llévenme a cubrirme de oro mientras atardece.
Llévenme por las carreteras en el coche rojo que se deshizo contra un muro de contención. Llévenme por los caminos de la depresión y la locura que me regalaron atardeceres precisos entre volcanes que entienden de los pesares del amor.
Llévenme por las carreteras en el coche rojo que se deshizo contra un muro de contención. Llévenme por los caminos de la depresión y la locura que me regalaron atardeceres precisos entre volcanes que entienden de los pesares del amor.
A quemarme la lengua con el chocolate espeso del otro lado del mar, a pasear de la mano de un extraño por el parque del Retiro y jugar a que nada me hacía falta. Llévenme a llenarme los ojos de belleza familiar y extraña, a los muros, a la Anunciación, al desfile triste de las putas africanas por Chueca.
Déjenme descansar un momento mientras me hace el vermut en esa tarde en la que todo ardía: la calle, mi piel, el silencio. Vamos al desierto, a soñar con el adobe abandonado. Llévenme a la cerveza barata de Maruata, al miedo de Puerto Escondido, al Caribe y su turquesa engañoso, inacabable. Al hombre que vendía "Lays" para vivir y me regaló las que hicieran falta.
Úntenme la lengua con sal de gusano, dejen que mis sentidos se nublen. Que me sienta inmortal con un vino afrutado, intoxicante. Que pueda reír y dejar de buscar. Dejen correr la carretera bajo el coche rojo, la carretera sola, con sus promesas de reventarme todas las pústulas de amor echado a perder de tanto guardarse.
Regrésenme la tarde gris de Catedral, la vela al santo nonato, el perdón que pedí por mis pecados, por sus pecados. Las noches de pesadilla con la ausencia comiéndome los huesos como un cáncer en ese hotel sin ventanas. La cordura, la eterna salvación del camino, la esperanza de lo incierto.
Llévenme a bailar bajo la lluvia con pelucas de colores, a la vieja resaca de pesadilla, a la luz boreal de las migrañas.
Ay Dios mío, cómo te amé.
Te amé por todos los caminos.
Un poco de más.
Sin saber mucho. Inventándome lo demás.
Y ahora voy a parir a ese hijo que hice yo sola, persiguiendo tu ausencia.
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