Llévenme por las carreteras en el coche rojo que se deshizo contra un muro de contención. Llévenme por los caminos de la depresión y la locura que me regalaron atardeceres precisos entre volcanes que entienden de los pesares del amor.
A quemarme la lengua con el chocolate espeso del otro lado del mar, a pasear de la mano de un extraño por el parque del Retiro y jugar a que nada me hacía falta. Llévenme a llenarme los ojos de belleza familiar y extraña, a los muros, a la Anunciación, al desfile triste de las putas africanas por Chueca.
Déjenme descansar un momento mientras me hace el vermut en esa tarde en la que todo ardía: la calle, mi piel, el silencio. Vamos al desierto, a soñar con el adobe abandonado. Llévenme a la cerveza barata de Maruata, al miedo de Puerto Escondido, al Caribe y su turquesa engañoso, inacabable. Al hombre que vendía "Lays" para vivir y me regaló las que hicieran falta.
Úntenme la lengua con sal de gusano, dejen que mis sentidos se nublen. Que me sienta inmortal con un vino afrutado, intoxicante. Que pueda reír y dejar de buscar. Dejen correr la carretera bajo el coche rojo, la carretera sola, con sus promesas de reventarme todas las pústulas de amor echado a perder de tanto guardarse.
Regrésenme la tarde gris de Catedral, la vela al santo nonato, el perdón que pedí por mis pecados, por sus pecados. Las noches de pesadilla con la ausencia comiéndome los huesos como un cáncer en ese hotel sin ventanas. La cordura, la eterna salvación del camino, la esperanza de lo incierto.
Llévenme a bailar bajo la lluvia con pelucas de colores, a la vieja resaca de pesadilla, a la luz boreal de las migrañas.
Ay Dios mío, cómo te amé.
Te amé por todos los caminos.
Un poco de más.
Sin saber mucho. Inventándome lo demás.
Y ahora voy a parir a ese hijo que hice yo sola, persiguiendo tu ausencia.
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