martes, 2 de septiembre de 2014
All female existence, perhaps, is made of waiting.
sábado, 30 de agosto de 2014
Las horas de la tarde
Si le hubiera dicho a mi mamá que mi sueño era pasar la tarde del sábado haciendo mis deberes de francés con más de dos mascotas alrededor, sola en mi casa de la montaña, quizá me hubiera corregido. O abofeteado. O tirado al barranco más cercano, ante mi evidente posesión satánica (¿quién si no el amo de la oscuridad podría inspirar semejante vandalismo a la imagen del marido y los tres hijos que debería tener en este momento, de acuerdo con la tele, la iglesia y todas las películas que he visto?)
Lo bueno es que no podía habérselo dicho, porque no tenía ni puta idea. Supongo que mucho tiempo creí lo que el mundo tuviera qué decirme sobre estar completa y sobre ser feliz. Muchos de estos casi veintinueve años los he vivido en el malaferre, en una torcida interpretación de que el amor triunfa siempre.
Pues resulta que sí. El amor triunfa siempre, aunque no siempre viene acompañado de un vato dispuesto a arruinar la química sexual con toneladas de convivencia diaria. A veces viene en la forma de un hogar construido a base de hipotecas, buena voluntad y gente que tiene la decencia de estar ahí sin estorbarse mucho. De perros y gatos adoptados. Niños por venir, al menos convencional de los hogares, que se inauguró con una leve inundación y problemas de plomería. El amor en mi vida se parece un mucho a la paz, con cambios en las prioridades y viajes al tiradero de basura para encontrar futuros muebles.
Supongo que todavía tomará un montón de tiempo aceptar que la vida no es perfecta, que uno rara vez es coherente y que a veces las cosas sólo son lo que son. Uno no siempre sabe qué son, es cierto. Sólo podemos atisbar franjas de color que se mueven confusamente. Quizá sea por todo el chocolate y por Carla Bruni, pero ¿de eso se trata vivir, qué no?
miércoles, 20 de agosto de 2014
lunes, 26 de mayo de 2014
Good night, sweet prince
Cualquier invento sería menos creíble que lo que pasó esa noche. Ahí estabas, nacamente metido en el jacuzzi de un hotel de lujo en la colonia Roma, con la ropa interior mojada. Como si no hubiéramos cogido ocho veces antes, en ese fin de semana de cita a ciegas en pleno invierno y todavía guardaras algún pudor clasemediero sobre tu desnudez.
La clasemediera pudorosa debí haber sido yo. O quizá no, porque los niños obreros no son clase media, son pobres y punto. La pobreza da cierta agilidad para encuerarse frente a un extraño. O simplemente era demasiado golfa. Ve tú a saber. Las copas rebosantes de Moët visten, aunque no cubran ni uno de mis senos, así que me paseaba tranquilamente por la habitación, removiendo el hielo, poniendo a punto las cosas. Estaba tan cómoda que la conversación se fue a la tranquila comparación de prejuicios. En ese momento nos conocíamos de toda la vida.
Puede ser que eso fuera lo que te dejara contarme tu romance, la ausencia de tensión entre nuestros cuerpos cansados, el vapor y cierta inocencia que deja el contacto fortuito.
Empezaste a hablar de él con los brazos extendidos sobre el borde de la tina. Un poco en tu papel de hombre de mundo, de cabrón. Tú eras parte de la corte de estudiantes pachecos que revoloteaba en torno al hijo perdido de un joyero ruso, que decidió dilapidar su mesada en un país del tercer mundo. Eras una compañía casi distinta, con tu inglés de los videojuegos y el cine.
Era un hombre hermoso. Así lo dijiste. Era bellísimo, con las rastas casi blancas, de tan rubias y los ojos azules de princesa eslava. La espalda quemada en el sol de todo el mundo. Quieras que no, eso pone. Hasta yo, que te observaba curiosa, me imaginé aferrándome a esos hombros. Mojada. Hablaste del vello dorado de sus brazos y su dolor de niño mimado sin darte cuenta que te crecía la erección con cada uno de los adjetivos.
Un día te llevó a Nueva York y despertaste pasmado en su apartamento, con una resaca descomunal y un mar de sustancias desconocidas por delante. Una modelo ucraniana se les unió a la noche siguiente, dejándose penetrar por todos lados mientras aspiraba un polvo misterioso de la foto familiar de Sasha. Ni en tus sueños más salvajes lo habrías creído, así que fue como en un sueño que te arrodillaste a mamar la verga más hermosa del mundo.Nunca te sentiste más amado que entre sus sábanas y tuviste que regresar a tu facultad con el culo adolorido y los sentimientos enrevesados. A cogerte a todas las mujeres que se te cruzaran en el camino sin mirarlas a los ojos y sentarte con cuidado mientras el esfínter se te emparejaba con el corazón.
No pasó otra vez. Sasha llevaba prisa por desvanecerse de un mundo enfermo de fealdad y apretó a fondo el acelerador. Todas las drogas, todos los cuerpos, todas las fiestas para dejarlo ir. Tan hermoso que no pertenecía a este mundo.
Para entonces, sujetabas tus rodillas con los brazos y sollozabas como un niño pequeño. Te levanté como pude y entre chapaleos y pucheros te llevé a la cama. Tenías las manos afianzadas a mí con desesperación que no comprendí. Poco a poco dejaste de llorar y buscaste lugar entre mis muslos. No sabría decir qué pasó después, porque eso no era ni lujuria ni afecto. Eras apenas un náufrago asustado.
Me gustó sentir el frío en mi cara a la mañana siguiente, mientras caminaba por Reforma. Te imaginé agradecido de no tener qué volver a verme.
jueves, 22 de mayo de 2014
Some kid
Pues mira. Yo no te parí. Eso ya lo sabes, porque te llevo 7 años y no estamos en China como para que me haya estrenado en la maternidad cuando apenas sabía leer. Tengo casi treinta años, y soy un señor. Digamos que, sin mucho esfuerzo, podría empezar mis discursos con "a tu edad yo...". Porque tengo la mitad de mi vida trabajando. Pero tampoco es cuestión de irritarte.
Tenemos una mamá y un papá en común. Puede que incluso partes de una historia confusa. Además, puede que no te enteres, pero yo te quise desde que eras una protuberancia en el regazo de mi madre y después pude ver tu cara arrugada y rojiza. Desde que un domingo de septiembre hubo una carrera al hospital y te trajeron, somnoliento y pequeñito. Así empezamos nuestra particular amistad, que incluyó el conocimiento de tus pañales sucios y tus horarios de sueño. De tus primeras palabras y tu personalidad solemne.
Yo me fui pronto de casa, y para cuando tú eras un chiquillo con cara de sepulturero, yo me ganaba la vida en otra ciudad. Así nos perdimos un poco. Sucedió que una tarde mi madre ya no supo qué hacer contigo y retomamos la charla cuando eras apenas un adolescente calenturiento metido en una casa con demasiados santos y muy pocas indicaciones anticonceptivas. Para cuando madre decidió que quería volver al pueblo, fue natural que vivieras conmigo. Me alegré de mandar a mi matrimonio un poco a la mierda para poder cuidarte. Simplemente porque nadie me importa en este universo como tú.
Y aquí estamos, cinco años después, con el mismo estira y afloja que llevamos desde tu preparatoria eterna. Ahora eres un hombre y usas barba de vagabundo, que te enorgullece. Otra vez reprobaste una materia de la ingeniería que escogiste y yo tengo miedo de estarlo haciendo todo mal.
Verás: no me pesa mantenerte. Y podría ser mejor, podrías tener un auto y no una bici de segunda mano. Quizá una computadora moderna y un Iphone. Un montón de mierda que no necesitas y que además no te has ganado. Pero creo que eso sería darte definitivamente en la madre, porque aprenderías a depender de mí, a acostumbrarte a las comodidades y nos llegarían tus treinta sin que pudieras ganarte la vida. No quiero que te suceda eso.
Mis prejuicios más profundos hacen que la mediocridad me horrorice. La dependencia, peor. Muy temprano pude ver que quien depende nunca tendrá completa su dignidad. Simplemente porque cuando uno estira la mano no puede decirle al proveedor que se vaya a la mierda. Y ese es un privilegio de dioses, hijo mío. La libertad, la auténtica libertad. Esa que hace que cada cerveza sepa tan bien, porque tú te la pagas. Que hasta los condones de una aventura cualquiera vengan de ti y no haya otro ser humano que pueda decirte qué hacer con tu cuerpo, porque serás sólo tú quien afronte las consecuencias de tus actos. Esa clase de libertad es la que yo quisiera darte.
En esta época de crisis, con gente de mi edad viviendo con sus padres, me es particularmente doloroso ser dura. Pero veo a mi alrededor y no quiero eso para ti. Quiero que tú seas lo que quieras ser, pero sin pedirle permiso a nadie, que sueñes en grande, que vivas y descubras lo grandioso que hay en ti. Que pruebes tus alas y le mientes la madre al mundo si es que eso te apetece. Que si un día se te cae el mundo seas capaz de volver a construirlo, que pierdas el miedo.
Y supongo que a eso se enfrentan todos los que decidieron criar a alguien. Sobre todo cuando uno no tuvo nada gratis. Quisieras otorgar ese confort, el consuelo. Desafortunadamente contigo me ha tocado aprender que cuando uno se da cuenta de que abajo de la cuerda floja está una red, es muy fácil dejarse caer.
Te quiero, muchacho, te quiero siempre. Y estoy llena de dudas, de incertidumbres. No sé si la vida debe ser así, como yo te la pretendo enseñar. Sólo tengo mi propia experiencia para creer que estoy buscando algo bueno para ti. Tal vez no lo sepa nunca. Pero uno nunca sabe nada de cierto en esta puta vida.
lunes, 19 de mayo de 2014
Bale berga la bida (o de cómo las epifanías existenciales me duran tres días)
Ya calando el ejercicio existencial así, profundo, denso y melancólico, con visita al curandero local, meditación, catarsis y una cantidad de mamadas y chaquetas mentales que no me es posible enumerar de un jalón por exceso de hueva, he llegado a la conclusión de que la única verdad de la condición humana es la insatisfacción y la desesperanza.
La verdad de las verdades es que te escribí un mensajito tímido y desgarrador a medio día del jueves. Sin muchas vueltas te dije que te extraño un chingo y supongo que ya he visto demasiadas películas rosas, así que me puse a esperar una respuesta del tipo: "soy un pendejo, dejaré todo por ti, viviremos juntos y todos los putos días te haré café en la mañana, después de media hora de sexo oral". O sea, no es que yo no sepa a estas alturas que en efecto eres un pendejo (seamos objetivos, querido, soy la única vieja que has tenido que sale bien en las fotos) o que media hora de sexo oral al día sea suficiente, pero por algo se empieza, ¿no?
Desde luego, pasé de la esperanza infundada al estoicismo fingido en cuestión de microsegundos. Aparte, te atribuí virtudes de héroe griego o villano del oeste y me juré que seguramente verías el mensaje y lo ignorarías, porque a) eres un culero y te valgo madre o b) en verdad me conoces tanto y te importo de tal manera en tu fatal situación, que sabrías que el silencio era el único bálsamo posible para mi alma dolorida, anhelante de lo que no fue. Pero como siempre, saliste con tus chingadas medias tintas y terminamos teniendo una conversación larga e infructuosa por Whattsapp, idéntica a tooooodas las que hemos tenido desde el verano del 97 (ok, 2012) en la que desde luego dices que me quieres mil y que soy lo máximo, pero que pues no. Igual ya no te supliqué por nada (punto para la autoestima!), si acaso tuve el buen gusto de decirte que amigos no somos ni lo seremos.
Acto seguido, hice lo que tenía qué hacer. Llegué a mi casa, a las 6 de la tarde me metí en una pijama de Hello Kitty, abrí una botella de vino, el Youtube, una caja de kleenex y me senté en el suelo a berrear. Por todo. Por ti, por mí y por tanta chingadera que nos hemos hecho y dicho. 6 horas después, estaba pedísima, ligeramente avergonzada de haberte malacopeado masivamente en el fakebook y aliviada. Un poco honestamente aliviada. Un poco satisfecha de que el drama no se me quedara entre pecho y espalda, o entre dedos y teclado.
Wey, la vida no es nada sin dramas, pequeños y grandes. Sin pasiones, sin música, sin lo inútil. La vida desnuda es un mero latido. Obviamente no soy tan zen y por eso no puedo vivir con mi puro reflejo en el espejo. No me malentiendas, me caigo poca madre, pero esta bronca es tan simple como que no me eres necesario, pero sí indispensable.Tú y todas las cosas inútiles que cabían en el mundo infantil, construido con aire y que a lo mejor no era lo que yo pensaba pero sí más de lo que ahora creo.
Hay tantas cosas que no nos dijimos...
miércoles, 14 de mayo de 2014
III
El niño sin nombre probablemente terminó en una alcantarilla. Ya no supe. No quise saber lo que pasó después de las sábanas rosas y los brillos metálicos que eran unos dientes asesinos. Yo misma me volví rosada, con pequeños destellos homicidas. Me fui a vivir en la inconsciencia de mi verano lleno de sopores, sin más esperas.
A ella no le gusta, verás. No le gusta que su personaje sea dulcemente cruel, como un niño que apedrea pajaritos indefensos.No le gustó que reptara hasta sumergirme en las aguas de la vida y la muerte, y lo cambiara todo por unos años más de adolescencia. Pero soy tan esencialmente yo misma que ella no puede cambiarme ni ponerse demasiado autobiográfica. Le gustan los niños, sabe qué hacer con esos pequeños bultitos de mantas que deambulan de regazo en regazo mientras escuchan monerías hipócritas. Una vez cargué una bebé, la hija de una amiga. Un revoltijo de felpa y tejido pastel. Justo cuando encontraba sus ojos, Andrés me tomó una foto y balbuceó algo sobre lo bonitos que serían nuestros hijos. Una oleada de náusea se precipitó desde la parte de mi estómago que guarda los miedos y estuve a punto de arrojar a la cría por la ventana. Así. No sé qué soy, pero no soy un horno. Padezco de los nervios ¿te había dicho? ¿Me imaginas limpiando caca, aguantando gritos? Yo no lidio ni con mis pantys sucias. Mírala. Se fue a servir otra taza de café. Me evita. O sea, ella me reprueba, pero me escribe ¿te imaginas? La loca es ella, que se la pasa buscando, haciéndose la santa. Escribiendo sobre gente torcida. Cuidadito. Igual un día te cumple las promesas y termina escribiendo sobre ti. ¿Te acuerdas? Te dijo que escribiría tu vida el día en que ya no te quisiera. Un día cualquiera se pone a deformarte el esqueleto. O la imaginación se le desboca y va a terminar poniéndole voces a tu cuento. Es un peligro, te lo juro.
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