Cualquier invento sería menos creíble que lo que pasó esa noche. Ahí estabas, nacamente metido en el jacuzzi de un hotel de lujo en la colonia Roma, con la ropa interior mojada. Como si no hubiéramos cogido ocho veces antes, en ese fin de semana de cita a ciegas en pleno invierno y todavía guardaras algún pudor clasemediero sobre tu desnudez.
La clasemediera pudorosa debí haber sido yo. O quizá no, porque los niños obreros no son clase media, son pobres y punto. La pobreza da cierta agilidad para encuerarse frente a un extraño. O simplemente era demasiado golfa. Ve tú a saber. Las copas rebosantes de Moët visten, aunque no cubran ni uno de mis senos, así que me paseaba tranquilamente por la habitación, removiendo el hielo, poniendo a punto las cosas. Estaba tan cómoda que la conversación se fue a la tranquila comparación de prejuicios. En ese momento nos conocíamos de toda la vida.
Puede ser que eso fuera lo que te dejara contarme tu romance, la ausencia de tensión entre nuestros cuerpos cansados, el vapor y cierta inocencia que deja el contacto fortuito.
Empezaste a hablar de él con los brazos extendidos sobre el borde de la tina. Un poco en tu papel de hombre de mundo, de cabrón. Tú eras parte de la corte de estudiantes pachecos que revoloteaba en torno al hijo perdido de un joyero ruso, que decidió dilapidar su mesada en un país del tercer mundo. Eras una compañía casi distinta, con tu inglés de los videojuegos y el cine.
Era un hombre hermoso. Así lo dijiste. Era bellísimo, con las rastas casi blancas, de tan rubias y los ojos azules de princesa eslava. La espalda quemada en el sol de todo el mundo. Quieras que no, eso pone. Hasta yo, que te observaba curiosa, me imaginé aferrándome a esos hombros. Mojada. Hablaste del vello dorado de sus brazos y su dolor de niño mimado sin darte cuenta que te crecía la erección con cada uno de los adjetivos.
Un día te llevó a Nueva York y despertaste pasmado en su apartamento, con una resaca descomunal y un mar de sustancias desconocidas por delante. Una modelo ucraniana se les unió a la noche siguiente, dejándose penetrar por todos lados mientras aspiraba un polvo misterioso de la foto familiar de Sasha. Ni en tus sueños más salvajes lo habrías creído, así que fue como en un sueño que te arrodillaste a mamar la verga más hermosa del mundo.Nunca te sentiste más amado que entre sus sábanas y tuviste que regresar a tu facultad con el culo adolorido y los sentimientos enrevesados. A cogerte a todas las mujeres que se te cruzaran en el camino sin mirarlas a los ojos y sentarte con cuidado mientras el esfínter se te emparejaba con el corazón.
No pasó otra vez. Sasha llevaba prisa por desvanecerse de un mundo enfermo de fealdad y apretó a fondo el acelerador. Todas las drogas, todos los cuerpos, todas las fiestas para dejarlo ir. Tan hermoso que no pertenecía a este mundo.
Para entonces, sujetabas tus rodillas con los brazos y sollozabas como un niño pequeño. Te levanté como pude y entre chapaleos y pucheros te llevé a la cama. Tenías las manos afianzadas a mí con desesperación que no comprendí. Poco a poco dejaste de llorar y buscaste lugar entre mis muslos. No sabría decir qué pasó después, porque eso no era ni lujuria ni afecto. Eras apenas un náufrago asustado.
Me gustó sentir el frío en mi cara a la mañana siguiente, mientras caminaba por Reforma. Te imaginé agradecido de no tener qué volver a verme.
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