El niño sin nombre probablemente terminó en una alcantarilla. Ya no supe. No quise saber lo que pasó después de las sábanas rosas y los brillos metálicos que eran unos dientes asesinos. Yo misma me volví rosada, con pequeños destellos homicidas. Me fui a vivir en la inconsciencia de mi verano lleno de sopores, sin más esperas.
A ella no le gusta, verás. No le gusta que su personaje sea dulcemente cruel, como un niño que apedrea pajaritos indefensos.No le gustó que reptara hasta sumergirme en las aguas de la vida y la muerte, y lo cambiara todo por unos años más de adolescencia. Pero soy tan esencialmente yo misma que ella no puede cambiarme ni ponerse demasiado autobiográfica. Le gustan los niños, sabe qué hacer con esos pequeños bultitos de mantas que deambulan de regazo en regazo mientras escuchan monerías hipócritas. Una vez cargué una bebé, la hija de una amiga. Un revoltijo de felpa y tejido pastel. Justo cuando encontraba sus ojos, Andrés me tomó una foto y balbuceó algo sobre lo bonitos que serían nuestros hijos. Una oleada de náusea se precipitó desde la parte de mi estómago que guarda los miedos y estuve a punto de arrojar a la cría por la ventana. Así. No sé qué soy, pero no soy un horno. Padezco de los nervios ¿te había dicho? ¿Me imaginas limpiando caca, aguantando gritos? Yo no lidio ni con mis pantys sucias. Mírala. Se fue a servir otra taza de café. Me evita. O sea, ella me reprueba, pero me escribe ¿te imaginas? La loca es ella, que se la pasa buscando, haciéndose la santa. Escribiendo sobre gente torcida. Cuidadito. Igual un día te cumple las promesas y termina escribiendo sobre ti. ¿Te acuerdas? Te dijo que escribiría tu vida el día en que ya no te quisiera. Un día cualquiera se pone a deformarte el esqueleto. O la imaginación se le desboca y va a terminar poniéndole voces a tu cuento. Es un peligro, te lo juro.
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