lunes, 19 de mayo de 2014

Bale berga la bida (o de cómo las epifanías existenciales me duran tres días)

Ya calando el ejercicio existencial así, profundo, denso y melancólico, con visita al curandero local, meditación, catarsis y una cantidad de mamadas y chaquetas mentales que no me es posible enumerar de un jalón por exceso de hueva, he llegado a la conclusión de que la única verdad de la condición humana es la insatisfacción y la desesperanza.

La verdad de las verdades es que te escribí un mensajito tímido y desgarrador a medio día del jueves. Sin muchas vueltas te dije que te extraño un chingo y supongo que ya he visto demasiadas películas rosas, así que me puse a esperar una respuesta del tipo: "soy un pendejo, dejaré todo por ti, viviremos juntos y todos los putos días te haré café en la mañana, después de media hora de sexo oral". O sea, no es que yo no sepa a estas alturas que en efecto eres un pendejo (seamos objetivos, querido, soy la única vieja que has tenido que sale bien en las fotos) o que media hora de sexo oral al día sea suficiente, pero por algo se empieza, ¿no?

Desde luego, pasé de la esperanza infundada al estoicismo fingido en cuestión de microsegundos. Aparte, te atribuí virtudes de héroe griego o villano del oeste y me juré que seguramente verías el mensaje y lo ignorarías, porque a) eres un culero y te valgo madre o b) en verdad me conoces tanto y te importo de tal manera en tu fatal situación, que sabrías que el silencio era el único bálsamo posible para mi alma dolorida, anhelante de lo que no fue. Pero como siempre, saliste con tus chingadas medias tintas y terminamos teniendo una conversación larga e infructuosa por Whattsapp, idéntica a tooooodas las que hemos tenido desde el verano del 97 (ok, 2012)  en la que desde luego dices que me quieres mil y que soy lo máximo, pero que pues no. Igual ya no te supliqué por nada (punto para la autoestima!), si acaso tuve el buen gusto de decirte que amigos no somos ni lo seremos. 

Acto seguido, hice lo que tenía qué hacer. Llegué a mi casa, a las 6 de la tarde me metí en una pijama de Hello Kitty, abrí una botella de vino, el Youtube, una caja de kleenex y me senté en el suelo a berrear. Por todo. Por ti, por mí y por tanta chingadera que nos hemos hecho y dicho. 6 horas después, estaba pedísima, ligeramente avergonzada de haberte malacopeado masivamente en el fakebook y aliviada. Un poco honestamente aliviada. Un poco satisfecha de que el drama no se me quedara entre pecho y espalda, o entre dedos y teclado. 

Wey, la vida no es nada sin dramas, pequeños y grandes. Sin pasiones, sin música, sin lo inútil. La vida desnuda es un mero latido. Obviamente no soy tan zen y por eso no puedo vivir con mi puro reflejo en el espejo. No me malentiendas, me caigo poca madre, pero esta bronca es tan simple como que no me eres necesario, pero sí indispensable.Tú y todas las cosas inútiles que cabían en el mundo infantil, construido con aire y que a lo mejor no era lo que yo pensaba pero sí más de lo que ahora creo.

Hay tantas cosas que no nos dijimos...

No hay comentarios: