Pues mira. Yo no te parí. Eso ya lo sabes, porque te llevo 7 años y no estamos en China como para que me haya estrenado en la maternidad cuando apenas sabía leer. Tengo casi treinta años, y soy un señor. Digamos que, sin mucho esfuerzo, podría empezar mis discursos con "a tu edad yo...". Porque tengo la mitad de mi vida trabajando. Pero tampoco es cuestión de irritarte.
Tenemos una mamá y un papá en común. Puede que incluso partes de una historia confusa. Además, puede que no te enteres, pero yo te quise desde que eras una protuberancia en el regazo de mi madre y después pude ver tu cara arrugada y rojiza. Desde que un domingo de septiembre hubo una carrera al hospital y te trajeron, somnoliento y pequeñito. Así empezamos nuestra particular amistad, que incluyó el conocimiento de tus pañales sucios y tus horarios de sueño. De tus primeras palabras y tu personalidad solemne.
Yo me fui pronto de casa, y para cuando tú eras un chiquillo con cara de sepulturero, yo me ganaba la vida en otra ciudad. Así nos perdimos un poco. Sucedió que una tarde mi madre ya no supo qué hacer contigo y retomamos la charla cuando eras apenas un adolescente calenturiento metido en una casa con demasiados santos y muy pocas indicaciones anticonceptivas. Para cuando madre decidió que quería volver al pueblo, fue natural que vivieras conmigo. Me alegré de mandar a mi matrimonio un poco a la mierda para poder cuidarte. Simplemente porque nadie me importa en este universo como tú.
Y aquí estamos, cinco años después, con el mismo estira y afloja que llevamos desde tu preparatoria eterna. Ahora eres un hombre y usas barba de vagabundo, que te enorgullece. Otra vez reprobaste una materia de la ingeniería que escogiste y yo tengo miedo de estarlo haciendo todo mal.
Verás: no me pesa mantenerte. Y podría ser mejor, podrías tener un auto y no una bici de segunda mano. Quizá una computadora moderna y un Iphone. Un montón de mierda que no necesitas y que además no te has ganado. Pero creo que eso sería darte definitivamente en la madre, porque aprenderías a depender de mí, a acostumbrarte a las comodidades y nos llegarían tus treinta sin que pudieras ganarte la vida. No quiero que te suceda eso.
Mis prejuicios más profundos hacen que la mediocridad me horrorice. La dependencia, peor. Muy temprano pude ver que quien depende nunca tendrá completa su dignidad. Simplemente porque cuando uno estira la mano no puede decirle al proveedor que se vaya a la mierda. Y ese es un privilegio de dioses, hijo mío. La libertad, la auténtica libertad. Esa que hace que cada cerveza sepa tan bien, porque tú te la pagas. Que hasta los condones de una aventura cualquiera vengan de ti y no haya otro ser humano que pueda decirte qué hacer con tu cuerpo, porque serás sólo tú quien afronte las consecuencias de tus actos. Esa clase de libertad es la que yo quisiera darte.
En esta época de crisis, con gente de mi edad viviendo con sus padres, me es particularmente doloroso ser dura. Pero veo a mi alrededor y no quiero eso para ti. Quiero que tú seas lo que quieras ser, pero sin pedirle permiso a nadie, que sueñes en grande, que vivas y descubras lo grandioso que hay en ti. Que pruebes tus alas y le mientes la madre al mundo si es que eso te apetece. Que si un día se te cae el mundo seas capaz de volver a construirlo, que pierdas el miedo.
Y supongo que a eso se enfrentan todos los que decidieron criar a alguien. Sobre todo cuando uno no tuvo nada gratis. Quisieras otorgar ese confort, el consuelo. Desafortunadamente contigo me ha tocado aprender que cuando uno se da cuenta de que abajo de la cuerda floja está una red, es muy fácil dejarse caer.
Te quiero, muchacho, te quiero siempre. Y estoy llena de dudas, de incertidumbres. No sé si la vida debe ser así, como yo te la pretendo enseñar. Sólo tengo mi propia experiencia para creer que estoy buscando algo bueno para ti. Tal vez no lo sepa nunca. Pero uno nunca sabe nada de cierto en esta puta vida.