sábado, 16 de septiembre de 2017

Mara y casi 32

Es un día de asueto y estuve esperando con ansias la hora de la siesta de Diego desde la mañana, sólo para paralizarme durante media hora viendo redes sociales, como en estupor.

La muerte de Mara se ha vuelto tendencia, porque nos evidenció a las mujeres de clase media y media alta, que también somos vulnerables a los desconocidos que se sienten dueños de nuestros cuerpos y en última instancia, de nuestras vidas. Ya no basta el control cedido de nuestra privacidad a través del GPS para hacernos sentir seguras. Y eso es algo que me paraliza, que no me dejó dormir: las aplicaciones para contratar transporte privado se venden como seguras porque te dan el nombre del conductor, sus placas, queda guardado el viaje. Aún así, el chofer de Mara se sintió lo suficientemente confiado como para llevarla a un motel, no se sabe si inconsciente o no, violarla (o dejar que alguien más lo hiciera) y matarla (o llevarla al matadero). Eso sólo habla de una interiorización de la impunidad reinante bien cabrona. Ya sabemos que a los varones se les educa para vernos como basura, como objetos; pero vamos, los objetos también son protegidos por la ley y a ese hombre le importó tres carajos. O le llegaron al precio, vaya una a saber.

No dejo de pensar en ella, en el departamento en Cholula donde viví cuatro meses, a unas cuadras de donde la asesinaron, en mi sobrina casi adolescente, cuyo padre ya no la deja usar shorts. En la normalización de la violencia, de la violencia contra las mujeres en específico y el temor, siempre el temor.

Pienso en mí, claro, en que dejé de tener miedo unos años y luego lo recuperé al traer a mi hijo al mundo. Todos los días me peleo con el pánico de dejarlo en una guardería, donde nadie sabe si un día la encargada dejará que su marido abuse de los niños, o si se va a quemar o a caer; con el hecho de vivir "solos" o sea, sin varones mayor de edad en casa; con el temor de que me lo arrebaten al subir al callejón, de sufrir un accidente y que nadie se entere por horas. En fin, diario es luchar porque el miedo no gane, y confiar y seguir viviendo hasta que no, porque si algo aprendí después de que mi propia tía me lastimara la vulva a los dos años, o de que mi vecino me emboscara para golpearme y tratar de violarme a los catorce, es que las peores cosas pueden ocurrir sin abordar siquiera un camión urbano.

Y aunque el miedo tenga todos los fundamentos, no quiero dejar que gane, chingado. Por eso voy a seguir viajando con Diego, voy a seguir llevándolo a la guardería y a la escuela, porque tengo qué trabajar y aunque me quedara de otra, seguir vivos. en nuestra cotidianidad es una forma de resistencia.

Este mes cumplo 32 años de estar jugándole a la chingona en este mundo que me considera menos que mierda. Y si llego a ese día, obviamente voy a celebrarlo.

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