jueves, 4 de mayo de 2017

Control

Quién no se ha preguntado alguna vez ¿soy un monstruo, o es esto ser una persona?” Clarice Lispector.

Vengo aquí porque el mundo se empeña en trivializar mis acciones de la mañana y yo siento asco de la alegre forma en que normalizamos las primeras interacciones violentas, permeadas de poder. Hoy le jalé el pelo a mi hijo de dos años, que amenazaba con romperme un documento importante. Pero no lo lastimé por eso. Fue porque le dije que no lo hiciera y se rió traviesamente. Él no lo sabe, pero la risa ante mis enojos es una de las formas más efectivas de ponerme histérica y violenta. Supongo que sólo vio una cara chistosa y le dio risa. El tirón de pelo no varió mucho su actitud, pues siguió corriendo por la habitación, derribando objetos. Las lecciones de mi madre me hicieron doler el estómago. "Pégale", la sentía susurrar, "¿cómo se va a burlar de su madre?".

No lo hice. No volví a lastimarlo, porque en los estándares de mi educación, tendría que haberlo medio matado y ni siquiera en ese pozo de confusión que es la rabia concibo causarle dolor premeditadamente. Debo de confesar que admiro a ese niño: la risa ante el poder ha sido una de las muestras de valentía más impresionantes de la historia, porque le demuestras su inefectividad a la violencia, cuya finalidad última es inculcar el miedo. Mi hijo, como su joven prima, parece tener madera de periodista o de agente de la DEA. Su risa es inquebrantable, aun ante los manoteos y las caras del adulto enojado, exasperado e indefenso en su remedo de disciplina.

"Pégale", repitió mi hermano, en la barra del desayuno. "A éste" dijo, refiriéndose a su propio hijo de dos años, "le tengo que dar sus buenos de vez en cuando, porque si no va a acabar cacheteándome como a Lupita".  Le dije que, a juzgar por las veces en que nuestros padres se dedicaron devotamente a coserlo a chingadazos, la violencia no sirve ni para dar miedo, en casos singulares como el suyo y el de mi hijo. A Pablo lo amarraban a una silla de castigo, le pegaban con un cinturón, una pala de cocina, la mano, un zapato, lo que encontraran, hasta cansarse. Mi madre llegó a gritarle cosas como "bestia inmunda". Y él se reía. Se reía en la cara de todos los que quisieron cuadrarlo a golpes, se reía hasta cuando ya tenía la piel roja y cuando, al día siguiente, no podía sentarse por la inflamación en las nalgas. Enseguida, planeaba su venganza. Juguetes, plantas, perfumes, herramientas, todos los objetos preciados desaparecieron en sus manitas rencorosas. Es el mismo Pablo que, veinte años después, viene a decirme que él aprendió sobre las consecuencias de sus actos por medio del dolor y que así debe ser enseñado a los niños que no pueden defenderse, a quienes les quintuplicamos el peso. Es el que ni siquiera en la cárcel aprendió a tener miedo. Francamente creo que su postura es un mero asidero en este mundo sin respuestas contundentes sobre lo que estamos haciendo.

Queremos pensar que siempre tendremos algún control sobre los niños, que de alguna manera, si hacemos una cosa o la otra lograremos apartarlos de un destino terrible, de ser horribles personas o entusiastas de la tauromaquia. La verdad es que no podemos. Las figuras parentales nomás podemos querer, procurar, acompañar. Y lo "bueno" o "malo" de nuestras crías es mucho más atribuible a su propio albedrío que a nuestro intento de guía. Eso no quiere decir que no seamos un peso importante o que nuestras acciones les dejen indemnes, pero si estoy yo aquí escribiendo sobre mi propia mierda quiere decir que la crianza no es determinante. Esa es mi esperanza y mi temor.

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