A cierta edad descubrí que las lealtades están hechas en China. Cuestan 3 pesos la docena y no son biodegradables; desde luego, dejan un regusto plástico en quien se atreve a tragárselas. Dejan también algo de dolor, pero procuramos olvidarlas pronto, lo más pronto posible, para seguir por el camino de lucecitas y novedades. De nuestras pobres lealtades, sólo queda un reguero de mugre descompuesta, que dejará pestilente al planeta hasta la próxima resurrección.
Desde luego, los novatos en este negocio pasamos tiempos duros hasta que encontramos el grabado delator en el reverso de cada lealtad que se desvanece. Empezamos a jugar con ellas, también. Decidimos comprar el instante y desechar la lealtad china, que sólo entorpece los pasos por este mundo. Prefiero un par de días de cinismo bien puesto, entre sábanas ajenas, que una vida de vagos buenos deseos, de 'hubiera' que son más bien patéticos y esconden al maestro de las lealtades chinas, desesperado porque le crean, pero siempre traidor.
Sé traicionar. Lo he hecho un par de veces en la vida, con las cartas abajo y mirando directo a los ojos. Normalmente, con otro traidor. Lo que nunca se me dio fue detectar ese tipo especial de mentiras que son peligrosas porque el que las dice las cree por un momento. Y cuando se parecen tanto a la sinceridad, termino por ser fiel, devota, coherente hasta la empuñadura. Pendeja, pues.
Ahora no sé que soy, a qué sabe la permanencia y mis propias lealtades. I can be a bad person too. Tal vez no mala, tal vez sólo convencida de la verdad única del instante, de lo vano que es desear el control de los minutos de otros. Y dejar de actuar como si alguien pudiera controlarme.
Lo único que queda después de las lealtades de plástico chino es el amor, más solo y más puro que nunca. Consciente, con los ojos bien abiertos. Ya sin accidentes que le importen, que le estorben.
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