viernes, 26 de octubre de 2012

El espejo

Yo vivo aquí, con mi necesidad enfermiza de contar, nutriéndome de la tragedia, de la deriva de los otros. Al borde de la psicosis, cuando la otra no puede con su propia oscuridad, vengo a transformar su porquería amorfa en cobardes manchas de bits, contando la historia desde el lado de la tramposa omnipotencia del escritor, para que ella pueda seguir sonriendo, para que pueda continuar con su existencia aparentemente inocente, limpia de rencores y remordimientos.
 
Suelo enamorarme de mujeres fatales, seres cuya sed de autodestrucción lo devore todo, hasta mi devoción, para acabar alejándome, reprochando el horror que me postró de hinojos. Mi pasión, disfrazada de amistad, se agazapa en el silencio.
 
Como asesino serial, codicio lo que no tengo: la sonrisa irresistible, los senos en flor, cierta estupidez que en el mundo pasa por candor y a mí siempre me ha parecido el disfraz que usaría una planta carnívora para hacerse pasar por un geranio. Soy lo que se llama una mustia. Con la identidad hecha a base de intelecto, sueño con ser capaz de esa seducción, como pez abisal con la luz.
 
Soy una gran admiradora del desastre. Compro boletos en primera fila, caliento las palmas en el fulgor de la pira funeraria y, mientras tanto, me como un malvavisco asado en la destrucción. A veces, me da la impresión de ser un Oliveira cualquiera, un pobre personaje de Sábato que anda perdido tras una Alejandra de espuma.
 
Yo soy ese Martín, con la doble impotencia de ser mujer y un mirón pusilánime. Pero no se engañen. También soy la que se oculta, muerta de miedo, deseosa de salvar y salvarse, contando la historia de ese ser que se destruye, un hombre tras otro, cargando culpas imaginarias, clavando los colmillos en otra víctima propiciatoria.
 
No hay víctimas ni verdugos absolutos en este cortejo de perdición, en el que me vuelvo carne blanda para el monstruo de su ego, un dulce tapete para el lodo de las pequeñas victorias permitidas sobre los hombres, esos hombres que siempre veré ajenos, inermes, como yo, ante un escote y la posibilidad de una vagina.
 

3 comentarios:

TOMADOR ASIDUO dijo...

Hace un rato que no te leía, siempre me ha gustado, chido que sigas publicando.

TOMADOR ASIDUO dijo...

Está con madre lo de "Soy una gran admiradora del desastre"

La que no es. dijo...

Gracias, es bueno encontrar eco de vez en cuando.