¿Cuánto tiempo me queda de ti, de este dolor de ti, de esta ansiedad tan conocida y tan nueva?
¿Cómo eres posible tú y qué vas a hacer conmigo, que sólo puedo enamorarme de esta manera dolorida y martirizada, como un San Sebastián cualquiera?
Mi amor es una carga, una tempestad, una incomodidad. Yo no sé que hacer con él, porque no hay un mar que no lo escupa y por más que sea tuyo, darte este amor es como entregarte un elefante.
Te mirará dulcemente mientras pisotea tu jardín y no entenderá por qué no puede dormir contigo. Pobre de mi amor elefante, que no cabe en ningún lado y no está hecho para esta ciudad de callejones y casitas de Infonavit. Que no cabe en tu vida, que no cabe en tu casa y te mira desde su jaula de circo, que espera cada escapada tuya, sabiendo que no podrá seguirte, porque es enorme y torpe y un poco estúpido, dios, qué estúpido es mi amor elefante.
Sabe algunas cosas, sin embargo. Que no puede entrar en tu casa, que le profesas buena voluntad aunque lo destruya todo, tímidamente, a su paso.
Sabe también que no puedes cumplir su nostálgico sueño de elefante y montarle un zoo. Otra cosa hubiera sido, sí, haber nacido en la India y vagar mansamente en la llanura.
Mi amor elefante, sin embargo, te espera con una paciencia de paquidermo triste. Te espera siempre, siempre, hasta que el tiempo y el circo y tu casita diminuta lo consuman todo, hasta que la memoria le falte a fuerza de recordarte.
Pobre, pobre amor elefante.
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