Me leo hace cuatro años y no me creo. Tan jovencita, tan tímida, tan determinada a partirme la madre aquí y a dejarlo todo en cualquier día que mis ganas de mar sean más grandes que las de estrenar coche o cambiar las horas de mi vida por números en la cuenta de banco.
No me ganó el mar. Sigo aquí, cada vez más Gregorr Samsa y menos yo, aunque de pronto me dé por implementar maniobras suicidas y ver si de una vez por todas me vetan en ocho estados de la República.
La gente aquí siguió viviendo su vida, y casi sin darme cuenta me cambiaron el elenco de cartón por personajes más parecidos a seres humanos, menos conformes con su condición de esclavos de Circe. Encontré otros outsiders, perdidos en este edificio de tabla roca, nostálgicos del mundo y los empecé a querer, sobre todo porque mi propia esencia comenzó a teñirse de burocracia, sin diluirse del todo.
Sobre todo, porque escogí la incertidumbre de esta seguridad a pensarme para siempre la misma.
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