martes, 12 de octubre de 2021

Historia de un nacimiento.

 He pospuesto escribir sobre el día que naciste, L. Quizá porque no naciste como yo quería que nacieras. Quizá porque me estaba muriendo y no me enteré de prácticamente nada. Pero creo que algún día querrás saber. 

Ese día, el 5 de noviembre, empezó soleado y plácido. El día de cumplir 37 semanas de embarazo y esperar a que anunciaras tu deseo de conocer el mundo, que ya habías anticipado, debo decir. A las 35 semanas tuve contracciones tan fuertes que rompí una toalla con las manos tratando de contener el dolor.

De alguna manera aguanté. Aguantamos. A pesar de haberte visto tantas veces en el ultrasonido, no imaginaba tu cara, no podía adivinar el timbre y el color exacto de tu llanto. Sin embargo, a las nueve de la noche con veinticinco minutos de ese día de noviembre, cuando te escuché por fin, lo supe y regresé a este mundo, a encontrarme contigo sobre mi pecho, con tu pequeño grito exacto.

Hice un esfuerzo descomunal por mantenerme consciente para verte, para fijarme tu carita en la memoria. Estabas lleno de vérnix, te llamé Gatito como a tu hermano, luego mi cabeza estalló porque eres alguien distinto. Te dije hola y noté tu pelito. Nos dieron unos minutos misericordiosos para amarnos y serenarnos. Tu papá guardó silencio, muerto de miedo, apenas siguiendo las indicaciones de los médicos, que te llevaron lejos de mí para observarte. Él fue contigo, a mirarte en esas peceras gélidas que son las incubadoras.

Yo sé que no son heladas en realidad, que irradian calor. Pero así sentí cuando te llevaron. Yo me quedé temblando en la sala de recuperación, violentamente volviendo en mí, tratando de mover los pies, porque cuando me respondieran los dedos podría pedir que me llevaran a la habitación a reunirme contigo. Lloré un poquito, una enfermera me tiró un cobertor encima, me pidió descansar. Acababa de regresar del otro mundo para acunarte, no tenía ganas de descansar. Tenía ganas de que tu papá me tomara la mano, de comerme algo para el hambre bestial que traía. No tenía ganas de descansar en el pasillo oscuro y solitario.

Nos reunimos pasada la medianoche, bebé. Qué poquito supe de ti, además de que ya estabas adormecido y nos jodieron el inicio de la lactancia. Pero prevalecimos. Te pegaste a mis pezones, que poco a poco te dieron calostro, y yo intentaba acomodarme contigo y con mi herida de diez centímetros en el vientre, que me dolía brutalmente y no me dejaba incorporarme. 

Qué pequeño, qué frágil eras, qué 50 centímetros y 2 kilos 700 gramos. Eras flaquito, tus pies estaban fríos y amoratados. Qué delicioso el chocolate que tu papá me dio a escondidas de los médicos. Qué tortura la espera para que nos liberaran del hospital y poder regresar a casa. Qué reto fue viajar en la parte trasera de mi camioneta, caminando, pero abierta y vulnerable.

Contigo nació tu papá, de alguna manera. Nació la familia de 4, la mamá de 2, el hermano menor de Diego. Llegaste y nos transformamos. Apareciste el día de la Revolución Rusa de octubre, que por ajustes del calendario se celebra en noviembre. Llegaste cuando llega mi parte favorita del año, el otoño pleno, el invierno. Te abracé al vuelo, te acuné en el fular, lloré cuando la leche me llenó los pechos y no pude dormir el tercer día después de llegar a casa. Lloré cuando me dio fiebre y cuando P quiso marcharse después de que D le dijo que no la quería en casa. Lloré y abracé a tu papá, que también lloró cuando perdió a tu abuelo, apenas unos días después de que llegaras al mundo. 

Te dimos tu primer baño en el lavabo. Tu papá temblaba de frío y de miedo de lastimarte. Algunas noches, te llevó con él para que yo pudiera dormir un poco. Te daba leche materna a cucharadas y dormías sobre su pecho. Desde que naciste has dormido con nosotros. Con él, conmigo, con tu hermano, a veces todos a la vez. Nos hacemos bolita.

Con independencia de lo cómica que me resulta la idea del regreso a ser una buena salvaje, de ser madre mamífera y apegada, -tan apegada que es tema de reproche de las compañeras feministas- compartimos el sueño, el hambre y el juego, porque te miro y no puedo dejar de sentir tu calor y tu necesidad de que acompañe tu descubrimiento del mundo. Tu hermano y tú deberán perdonarme, porque son mi vínculo con la vida, porque soy un árbol agonizante que resiste solamente por sus brotes tiernos. Te miro y puedo renacer. Tu cara y tus bracitos me cubren de un amor que jamás creí posible para mí. Con tu hermano y contigo pude comenzar a mirarme y a sentirme capaz hasta de quererme, porque a lo mejor mi auto percepción está manchada de insultos y miedo, pero lo que atisbo a través de ti es tan luminoso que me da la certeza de que mi existencia no es enteramente fútil.

Escribo para ti y no puedo dejar de pensar que escribo para D también. Naciste con una madre dividida desde ya, pero eres generoso y amas a tu hermano como lo amo yo. Mi bebé sol, me ha tomado semanas escribir apenas unos párrafos, porque evocarte tan pequeño es algo difícil y desata lágrimas. Pero pronto será tu primer cumpleaños y estaremos juntos para paladear el mundo y el pastel de naranja que pienso hacer para ti. Si un día tienes dudas, que te quede claro, S, mi querido: tu nacimiento nos calentó el corazón y a mí, me hizo darle gracias al Dios en el que no creo.




martes, 18 de agosto de 2020

Nueve Lunas

 Dice Gabriela Wiener que "Nueve Lunas" es un género de porno que trata sobre embarazadas calientes. Su libro también se llama así. Lo leí ayer, sin poder parar. No importa que explore tópicos que me son familiares como mis propias estrías, o quizá por eso. Mis embarazos -ahora lo confirmo- de cualquier manera son incompatibles con la novedad o con cualquier tema ajeno a gestar y a criar. La capacidad de devorar información se circunscribe a mi presente inmediato, mi empatía queda absorta en las experiencias de otras mujeres que han gestado, todas iguales, todas distintas.

Me pasa incluso con Wiener, a quien leo desde muy lejos en la vida y en la geografía. Aunque quizá no tanto, si con ella he coincidido en la lectura de un señor español muy rancio, que se lleva las manos a la cabeza ante la idea de que una mujer no quiera pasar los primeros años después del parto con su criatura colgada. A diferencia de  ella, que deja entrever sus ganas de abandonarse a las aguas de maternar como le salga del coño, he estado preguntándome durante más de media década si mi decisión de hacerle caso al señor rancio y a las señoras de la Liga de la Leche tiene algo de sentido en mi vida de recién llegada a la clase media y su moral, cuando mi propia madre abrazó con calor la lactancia artificial, las carriolas y las cunas. Un signo de progreso frente al rebozo, la cría a la espalda y la chichi sin horario. Obviamente cuando me vio con D amarrado en un fular, sacándome la teta en la calle, me preguntó por qué era tan tacaña que no podía comprarle una cunita al bebé. Pero igual me acostumbré tan rápido a mis maneras de mujer empobrecida que me dio flojera hacer otra cosa.


lunes, 10 de agosto de 2020

24 semanas, 6 días

 Ya tengo que dejar los borradores guardados, porque luego no recuerdo las fechas reales de esas entradas a medio hacer. 

Sigo embarazada. Ahora el feto se mueve con regularidad, se ha puesto de cabeza puntualmente, tengo una panza redonda como luna llena. Es una panza muy bonita, a decir verdad. Tira de mi piel como si fuera la primera vez que albergara un ocupante humano, pequeño, pero lleno de huesos, de órganos miniatura que funcionan como un milagro. 

D ha crecido mucho también estos meses. Casi como su hermano. Su vocabulario se ha extendido como bacterias en un pan viejo. Crece en redes complejas que dan cuenta de su vida interior, casi siempre oculta por el iPad, su compañía en estos meses sin escuela en los que aprendió a nombrar virus, a usar cubrebocas y a aceptar que no hay juegos del centro comercial ni amiguitos en el parque. 

También aprendió a declarar, en todos los contextos posibles, que su mamá está embarazada. Que por eso vomita, por eso tiene una barriga hinchada, por eso se mueve con dificultad y se va al hospital corriendo ante la urgencia de sentirse mal. Esto último no es nada tranquilizador a los treinta y cuatro años, me imagino que a los cinco y medio es una reverenda patada en el culo. La posibilidad de que tu mamá se vaya y no vuelva más.

Enferma, loca y harta, D me ha querido muchísimo de cualquier manera en estos años que tenemos de conocernos. Le he dado mi amor en los términos más absolutos de los que soy capaz como una forma de amarme a mí misma, de curar heridas de niños que no fueron abrazados jamás y que él no conoció. Le he amado, pues, de manera egoísta y caótica. 

Voy a interrumpir esto y postearlo de cualquier manera. Tengo hambre y sueño (otra vez).

Siempre quiero morirme. Ahora hago trampa. Me encierro a trabajar pero también a procrastinar y también a llorar porque nunca me imaginé estar tan embarazada y tan deprimida.

lunes, 27 de abril de 2020

Fase 2 o tener bebés en el fin del mundo.

Anoche descubrí que estoy embarazada. O lo corroboré, más bien. Días de sueño, caderas pesadas, sangrado ausente. Y por alguna razón siento la necesidad de ser muy vocal al respecto. Extensamente vocal. Ya sea un embarazo largo, a término, o uno breve, terminado por la incapacidad de mi útero de retener embriones, me es preciso atenderlo, pausarme, mirarme tranquilamente al ombligo, que está hundido detrás de la piel flácida de mi primera preñez.

Esta mañana he caído en la cuenta de que mi manera de gestar se centra en la ensoñación. Tiendo a gravitar sobre mí misma, repasar mil veces sobre la formación del tubo neural, a hablarle al grupo de células en ebullición que me alborota el vientre. Ahora, sin embargo, está Diego presente y justo ahora me pide que lo tenga sobre mis rodillas. Maternidad doble, una incipiente y otra presente, demandante.

Diego ha escrito su nombre 10

-----

No pude acabar la nota cuando la comencé porque, pues, tengo un niño que mañana cumple 5 años y normalmente no me deja escribir o trabajar o hacer otra cosa que no sea maternarlo.
Los días fueron complicados por las náuseas y el cansancio. Y el mundo entró en fase 3 de esta pandemia que se antoja casi artificial, con el aislamiento a medias y el trabajo suspendido, ya por reanudarse. Yo sigo gestando, ya humana, después de los terribles días de la metoclopramida que me dejó sin dopamina por unos días, deseando morirme. Ahora casi me siento una persona, casi me siento optimista y es rarísimo.

jueves, 15 de agosto de 2019

Resaca

Según  Wikipedia, la resaca marina es una corriente superficial de agua, que retrocede desde la costa hacia el mar. Se genera principalmente por la rotura irregular de las olas a lo largo de la cresta, llegando bruscamente a la playa con un índice elevado de energía, desvaneciéndose luego sobre el fondo para, posteriormente, regresar hacia el mar por un canal a través de las olas.

Podríamos decir, después de 52 días de vivir a la orilla del mar, que mi vapuleada humanidad (alma, cuerpo, psique) fue arrojada al océano y atrapada por la resaca. La resaca: los cuidados, el cáncer, la muerte, piadosa, sí, pero muerte siempre. La vida culereándose un leve, porque bien sabemos, sabemos siempre, que puede ser peor.

El peligro real de las corrientes de resaca no es el ser arrastrado por ellas mar adentro, sino la forma en que la persona reacciona: muchos bañistas entran en pánico y tratan de nadar contra la corriente, cansándose enseguida y hundiéndose. 

La vuelta a Guanajuato después de los días misericordiosos en el Caribe estuvo marcada por un vómito abundante y fétido en el auto, mientras madre, Diego y yo estábamos atrapadas en la carretera, en medio del calor de las tres de la tarde de diciembre. La vuelta a Guanajuato y ese vómito en el que nos estuvimos macerando una hora y pico, significaban -yo no lo sabía- el ominoso principio del final de la vida de mi madre.

Apenas unos días antes lo habíamos sabido: metástasis, el hígado invadido, no tiene caso operar, señora, para qué la molestamos. Si acaso, vamos a esperar a que nos autoricen el tratamiento de inmunoterapia que sólo se consigue en Suiza y es lo más avanzado. Feliz Navidad. Nos vemos el tres de enero. Mi mamá no llegó a ver el tres de enero.

(Lo escribo y tengo qué parar: mi mamá no llegó al tres de enero, mi mamá no comió rosca de Reyes. mi mamá no me envió memes cursis el catorce de febrero, mi mamá no festejó su cumpleaños 60 ni verá a mi hijo cumplir 4 años, mi mamá ya sólo se me aparece en sueños y aun en sueños sé que está muerta, mi mamá ya no volverá, ya no se va a reír ni a enojar ni a sentir agradecida ni herida ni una chingada, mi mamá está muerta y de la muerte no se vuelve Diego, abuelita no va a venir a visitarnos aquí a Mazatlán.)

-------------------------

No tuve el valor de seguir. La resaca, no, yo tratando de resistirla, me cortó el aire y yo casi me muero. Casi cedo al encanto de la promesa del mar dulce, del Pacífico que prometía olvido y paz, por fin paz.

Todavía siento cómo me llama y que algún día voy a abandonarme a ese susurro que sigue presente a medio país de distancia, a horas y horas de mi dulce mar. 

Just... not today.


viernes, 21 de diciembre de 2018

Solsticio

Estoy buscando salmos.

También estoy paralizada, tratando de saber qué decir, qué hacer, a qué hora correr.

No puedo.