He pospuesto escribir sobre el día que naciste, L. Quizá porque no naciste como yo quería que nacieras. Quizá porque me estaba muriendo y no me enteré de prácticamente nada. Pero creo que algún día querrás saber.
Ese día, el 5 de noviembre, empezó soleado y plácido. El día de cumplir 37 semanas de embarazo y esperar a que anunciaras tu deseo de conocer el mundo, que ya habías anticipado, debo decir. A las 35 semanas tuve contracciones tan fuertes que rompí una toalla con las manos tratando de contener el dolor.
De alguna manera aguanté. Aguantamos. A pesar de haberte visto tantas veces en el ultrasonido, no imaginaba tu cara, no podía adivinar el timbre y el color exacto de tu llanto. Sin embargo, a las nueve de la noche con veinticinco minutos de ese día de noviembre, cuando te escuché por fin, lo supe y regresé a este mundo, a encontrarme contigo sobre mi pecho, con tu pequeño grito exacto.
Hice un esfuerzo descomunal por mantenerme consciente para verte, para fijarme tu carita en la memoria. Estabas lleno de vérnix, te llamé Gatito como a tu hermano, luego mi cabeza estalló porque eres alguien distinto. Te dije hola y noté tu pelito. Nos dieron unos minutos misericordiosos para amarnos y serenarnos. Tu papá guardó silencio, muerto de miedo, apenas siguiendo las indicaciones de los médicos, que te llevaron lejos de mí para observarte. Él fue contigo, a mirarte en esas peceras gélidas que son las incubadoras.
Yo sé que no son heladas en realidad, que irradian calor. Pero así sentí cuando te llevaron. Yo me quedé temblando en la sala de recuperación, violentamente volviendo en mí, tratando de mover los pies, porque cuando me respondieran los dedos podría pedir que me llevaran a la habitación a reunirme contigo. Lloré un poquito, una enfermera me tiró un cobertor encima, me pidió descansar. Acababa de regresar del otro mundo para acunarte, no tenía ganas de descansar. Tenía ganas de que tu papá me tomara la mano, de comerme algo para el hambre bestial que traía. No tenía ganas de descansar en el pasillo oscuro y solitario.
Nos reunimos pasada la medianoche, bebé. Qué poquito supe de ti, además de que ya estabas adormecido y nos jodieron el inicio de la lactancia. Pero prevalecimos. Te pegaste a mis pezones, que poco a poco te dieron calostro, y yo intentaba acomodarme contigo y con mi herida de diez centímetros en el vientre, que me dolía brutalmente y no me dejaba incorporarme.
Qué pequeño, qué frágil eras, qué 50 centímetros y 2 kilos 700 gramos. Eras flaquito, tus pies estaban fríos y amoratados. Qué delicioso el chocolate que tu papá me dio a escondidas de los médicos. Qué tortura la espera para que nos liberaran del hospital y poder regresar a casa. Qué reto fue viajar en la parte trasera de mi camioneta, caminando, pero abierta y vulnerable.
Contigo nació tu papá, de alguna manera. Nació la familia de 4, la mamá de 2, el hermano menor de Diego. Llegaste y nos transformamos. Apareciste el día de la Revolución Rusa de octubre, que por ajustes del calendario se celebra en noviembre. Llegaste cuando llega mi parte favorita del año, el otoño pleno, el invierno. Te abracé al vuelo, te acuné en el fular, lloré cuando la leche me llenó los pechos y no pude dormir el tercer día después de llegar a casa. Lloré cuando me dio fiebre y cuando P quiso marcharse después de que D le dijo que no la quería en casa. Lloré y abracé a tu papá, que también lloró cuando perdió a tu abuelo, apenas unos días después de que llegaras al mundo.
Te dimos tu primer baño en el lavabo. Tu papá temblaba de frío y de miedo de lastimarte. Algunas noches, te llevó con él para que yo pudiera dormir un poco. Te daba leche materna a cucharadas y dormías sobre su pecho. Desde que naciste has dormido con nosotros. Con él, conmigo, con tu hermano, a veces todos a la vez. Nos hacemos bolita.
Con independencia de lo cómica que me resulta la idea del regreso a ser una buena salvaje, de ser madre mamífera y apegada, -tan apegada que es tema de reproche de las compañeras feministas- compartimos el sueño, el hambre y el juego, porque te miro y no puedo dejar de sentir tu calor y tu necesidad de que acompañe tu descubrimiento del mundo. Tu hermano y tú deberán perdonarme, porque son mi vínculo con la vida, porque soy un árbol agonizante que resiste solamente por sus brotes tiernos. Te miro y puedo renacer. Tu cara y tus bracitos me cubren de un amor que jamás creí posible para mí. Con tu hermano y contigo pude comenzar a mirarme y a sentirme capaz hasta de quererme, porque a lo mejor mi auto percepción está manchada de insultos y miedo, pero lo que atisbo a través de ti es tan luminoso que me da la certeza de que mi existencia no es enteramente fútil.
Escribo para ti y no puedo dejar de pensar que escribo para D también. Naciste con una madre dividida desde ya, pero eres generoso y amas a tu hermano como lo amo yo. Mi bebé sol, me ha tomado semanas escribir apenas unos párrafos, porque evocarte tan pequeño es algo difícil y desata lágrimas. Pero pronto será tu primer cumpleaños y estaremos juntos para paladear el mundo y el pastel de naranja que pienso hacer para ti. Si un día tienes dudas, que te quede claro, S, mi querido: tu nacimiento nos calentó el corazón y a mí, me hizo darle gracias al Dios en el que no creo.