Anoche descubrí que estoy embarazada. O lo corroboré, más bien. Días de sueño, caderas pesadas, sangrado ausente. Y por alguna razón siento la necesidad de ser muy vocal al respecto. Extensamente vocal. Ya sea un embarazo largo, a término, o uno breve, terminado por la incapacidad de mi útero de retener embriones, me es preciso atenderlo, pausarme, mirarme tranquilamente al ombligo, que está hundido detrás de la piel flácida de mi primera preñez.
Esta mañana he caído en la cuenta de que mi manera de gestar se centra en la ensoñación. Tiendo a gravitar sobre mí misma, repasar mil veces sobre la formación del tubo neural, a hablarle al grupo de células en ebullición que me alborota el vientre. Ahora, sin embargo, está Diego presente y justo ahora me pide que lo tenga sobre mis rodillas. Maternidad doble, una incipiente y otra presente, demandante.
Diego ha escrito su nombre 10
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No pude acabar la nota cuando la comencé porque, pues, tengo un niño que mañana cumple 5 años y normalmente no me deja escribir o trabajar o hacer otra cosa que no sea maternarlo.
Los días fueron complicados por las náuseas y el cansancio. Y el mundo entró en fase 3 de esta pandemia que se antoja casi artificial, con el aislamiento a medias y el trabajo suspendido, ya por reanudarse. Yo sigo gestando, ya humana, después de los terribles días de la metoclopramida que me dejó sin dopamina por unos días, deseando morirme. Ahora casi me siento una persona, casi me siento optimista y es rarísimo.
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