lunes, 10 de agosto de 2020

24 semanas, 6 días

 Ya tengo que dejar los borradores guardados, porque luego no recuerdo las fechas reales de esas entradas a medio hacer. 

Sigo embarazada. Ahora el feto se mueve con regularidad, se ha puesto de cabeza puntualmente, tengo una panza redonda como luna llena. Es una panza muy bonita, a decir verdad. Tira de mi piel como si fuera la primera vez que albergara un ocupante humano, pequeño, pero lleno de huesos, de órganos miniatura que funcionan como un milagro. 

D ha crecido mucho también estos meses. Casi como su hermano. Su vocabulario se ha extendido como bacterias en un pan viejo. Crece en redes complejas que dan cuenta de su vida interior, casi siempre oculta por el iPad, su compañía en estos meses sin escuela en los que aprendió a nombrar virus, a usar cubrebocas y a aceptar que no hay juegos del centro comercial ni amiguitos en el parque. 

También aprendió a declarar, en todos los contextos posibles, que su mamá está embarazada. Que por eso vomita, por eso tiene una barriga hinchada, por eso se mueve con dificultad y se va al hospital corriendo ante la urgencia de sentirse mal. Esto último no es nada tranquilizador a los treinta y cuatro años, me imagino que a los cinco y medio es una reverenda patada en el culo. La posibilidad de que tu mamá se vaya y no vuelva más.

Enferma, loca y harta, D me ha querido muchísimo de cualquier manera en estos años que tenemos de conocernos. Le he dado mi amor en los términos más absolutos de los que soy capaz como una forma de amarme a mí misma, de curar heridas de niños que no fueron abrazados jamás y que él no conoció. Le he amado, pues, de manera egoísta y caótica. 

Voy a interrumpir esto y postearlo de cualquier manera. Tengo hambre y sueño (otra vez).

Siempre quiero morirme. Ahora hago trampa. Me encierro a trabajar pero también a procrastinar y también a llorar porque nunca me imaginé estar tan embarazada y tan deprimida.

lunes, 27 de abril de 2020

Fase 2 o tener bebés en el fin del mundo.

Anoche descubrí que estoy embarazada. O lo corroboré, más bien. Días de sueño, caderas pesadas, sangrado ausente. Y por alguna razón siento la necesidad de ser muy vocal al respecto. Extensamente vocal. Ya sea un embarazo largo, a término, o uno breve, terminado por la incapacidad de mi útero de retener embriones, me es preciso atenderlo, pausarme, mirarme tranquilamente al ombligo, que está hundido detrás de la piel flácida de mi primera preñez.

Esta mañana he caído en la cuenta de que mi manera de gestar se centra en la ensoñación. Tiendo a gravitar sobre mí misma, repasar mil veces sobre la formación del tubo neural, a hablarle al grupo de células en ebullición que me alborota el vientre. Ahora, sin embargo, está Diego presente y justo ahora me pide que lo tenga sobre mis rodillas. Maternidad doble, una incipiente y otra presente, demandante.

Diego ha escrito su nombre 10

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No pude acabar la nota cuando la comencé porque, pues, tengo un niño que mañana cumple 5 años y normalmente no me deja escribir o trabajar o hacer otra cosa que no sea maternarlo.
Los días fueron complicados por las náuseas y el cansancio. Y el mundo entró en fase 3 de esta pandemia que se antoja casi artificial, con el aislamiento a medias y el trabajo suspendido, ya por reanudarse. Yo sigo gestando, ya humana, después de los terribles días de la metoclopramida que me dejó sin dopamina por unos días, deseando morirme. Ahora casi me siento una persona, casi me siento optimista y es rarísimo.

jueves, 15 de agosto de 2019

Resaca

Según  Wikipedia, la resaca marina es una corriente superficial de agua, que retrocede desde la costa hacia el mar. Se genera principalmente por la rotura irregular de las olas a lo largo de la cresta, llegando bruscamente a la playa con un índice elevado de energía, desvaneciéndose luego sobre el fondo para, posteriormente, regresar hacia el mar por un canal a través de las olas.

Podríamos decir, después de 52 días de vivir a la orilla del mar, que mi vapuleada humanidad (alma, cuerpo, psique) fue arrojada al océano y atrapada por la resaca. La resaca: los cuidados, el cáncer, la muerte, piadosa, sí, pero muerte siempre. La vida culereándose un leve, porque bien sabemos, sabemos siempre, que puede ser peor.

El peligro real de las corrientes de resaca no es el ser arrastrado por ellas mar adentro, sino la forma en que la persona reacciona: muchos bañistas entran en pánico y tratan de nadar contra la corriente, cansándose enseguida y hundiéndose. 

La vuelta a Guanajuato después de los días misericordiosos en el Caribe estuvo marcada por un vómito abundante y fétido en el auto, mientras madre, Diego y yo estábamos atrapadas en la carretera, en medio del calor de las tres de la tarde de diciembre. La vuelta a Guanajuato y ese vómito en el que nos estuvimos macerando una hora y pico, significaban -yo no lo sabía- el ominoso principio del final de la vida de mi madre.

Apenas unos días antes lo habíamos sabido: metástasis, el hígado invadido, no tiene caso operar, señora, para qué la molestamos. Si acaso, vamos a esperar a que nos autoricen el tratamiento de inmunoterapia que sólo se consigue en Suiza y es lo más avanzado. Feliz Navidad. Nos vemos el tres de enero. Mi mamá no llegó a ver el tres de enero.

(Lo escribo y tengo qué parar: mi mamá no llegó al tres de enero, mi mamá no comió rosca de Reyes. mi mamá no me envió memes cursis el catorce de febrero, mi mamá no festejó su cumpleaños 60 ni verá a mi hijo cumplir 4 años, mi mamá ya sólo se me aparece en sueños y aun en sueños sé que está muerta, mi mamá ya no volverá, ya no se va a reír ni a enojar ni a sentir agradecida ni herida ni una chingada, mi mamá está muerta y de la muerte no se vuelve Diego, abuelita no va a venir a visitarnos aquí a Mazatlán.)

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No tuve el valor de seguir. La resaca, no, yo tratando de resistirla, me cortó el aire y yo casi me muero. Casi cedo al encanto de la promesa del mar dulce, del Pacífico que prometía olvido y paz, por fin paz.

Todavía siento cómo me llama y que algún día voy a abandonarme a ese susurro que sigue presente a medio país de distancia, a horas y horas de mi dulce mar. 

Just... not today.


viernes, 21 de diciembre de 2018

Solsticio

Estoy buscando salmos.

También estoy paralizada, tratando de saber qué decir, qué hacer, a qué hora correr.

No puedo.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Días de otoño en tiempos revueltos

Mi casa está silenciosa. No sé si el año entrante seguirá siendo mi casa, pero he decidido hacer lo humanamente posible para que así siga.

Es un día de tregua, o al menos así lo siento. Mi madre ha regresado a su casa y he pasado los días con Diego, cada vez menos bebé y más compañero. Fuimos a la sierra y me atrevo a pensar en que fuimos felices ahí, correteando con las perras, haciendo picnic o "pini", como él dice. Cada día, especialmente los días "malos", estoy un poquito más convencida de lo providencial de mi pequeña familia, de este raro privilegio de ver crecer a las células que me habitaron y que hoy son voluntad y verbo, carne y alma que salta y se regocija. Porque Diego es un niño feliz, o al menos me lo parece. Se acurruca a mi lado en el sillón como un gatito, arma rompecabezas, descifra el mundo, aprende palabras nuevas en esa escuela privada que le elegí nada más porque se encuentra en las montañas.

Es un día bueno, precisamente porque,  como todos los fines de semana que me quedo a solas con mi hogar después de días de mucha saturación emocional, la ansiedad me apresa. Pero no me vence ya. He aprendido a reconocerla, a darle sedantes, a dejarla salir en forma de carreras demenciales, ejercicio o a invitarle una copa de vino. He aprendido, sobre todo, a hacerme responsable de mí misma y de mi hijo, sin necesidad de demandar el auxilio absoluto de algún interés romántico.

Las nubes de tormenta (nunca he usado mejor esa imagen tan común) siguen en el horizonte, sé que se acercan. Anuncian los cambios, lo irremediable. Pero (quizá sea el chocolate con vino tinto) por hoy sé que las atravesaré y seré fuerte para los míos, sé que la fuerza viene del amor y que el amor no es ingenuo ni trágico, pero sí constante. 

Diego a veces me dice: ya no te quiero nunca más. Yo le contesto que está bien, que yo sí lo quiero aunque me enoje, aunque se enoje. Y tal vez no sea capaz de lograr otra cosa en esta vida, tal vez estoy muy cansada y empecé todo demasiado temprano y ya no me queden ganas de dejar el cuerpo y las horas empezando otra vez, pero sí estoy orgullosa de esta maternidad y este amor.

Acabo de ver Briget Jones otra vez y aunque amo mucho al personaje, con sus muslos abundantes, su torpeza y su fe en el amor abstracto de un hombre, porque refleja tanto de mí misma, también me distancio de la protagonista. Tal vez pueda disfrutar de mis Daniel Cleaver, de los que pasan por mi vida ofreciendo orgasmos, charlas apasionadas, risas, hasta ternura. Siempre voy a estar enamorada de sus pasiones, siempre voy a tener esas horas largas conmigo. Sus espaldas, sus risas, sus miradas, sus historias. Pero quizá sea buen momento aceptar que a mis treinta y tres años, no los necesito. También que el corazón y la intimidad no son para ellos, a lo mejor nada más porque estoy decididamente rota y soldé mal. Porque los elijo igualmente rotos e inhabilitados para amarme. Ahora, en lugar del culparlos por lo que no pueden ser, quizá aprenda a gozarlos y dejarlos ir con apenas una sonrisa, una llorada de tarde y algo de nostalgia.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Día de muerte

Es peculiar, creo, o al menos una coincidencia macabra, que hoy hayan entregado los primeros resultados concluyentes del cáncer de mi madre. El tumor original, parece ser, sí está en el seno.

(Este quería ser un post de fb, pero nomás de imaginarme las palabras de simpatía o consuelo me dieron arcadas; en eso me parezco a mi madre).

Metástasis. Eso lo supimos después del jueves aquel. Primero malignidad, luego, metástasis y origen indeterminado. Las células invasoras de origen desconocido. Un chingadazo tras otro, una realidad más horrenda que la anterior cada semana y ni siquiera ha comenzado el tratamiento.

Madre dice que no quiere quimioterapia. Esa idea me trajo con náuseas durante semanas, y ahora las siento otra vez. Piernas de chicle, ganas de gritar, ganas de quemarlo todo. Estoy llena de rabia. Ella no se puede morir ¿me explico? La afirmación ni es verdadera, ni es racional, pero es la única que encuentro para verbalizar mi pinche vértigo. No, señora, usted no tiene derecho de hacerme sentir esto, no puede abandonarme emocionalmente en la infancia y salirme con esto como un truco final, como un mago que se envuelve en su capa para desaparecer después de sacar al conejo del sombrero. O hacerlo en chile rojo, que para el caso es lo mismo.

No se puede morir ahora que ya no hay golpes, ni humillaciones, ni carencias. No se puede morir ahora que tiene seis nietos en este mundo y todos la adoran. Lo que más rabia me da es que ella parece, justamente, desear el final y luego me siento mierda por que hasta su actitud ante la enfermedad me cause resentimiento.

Quiero decirle: no nos dejes sin luchar. Aguanta. Pero qué putada es eso, qué putada decirle eso a alguien que tiene el cuerpo invadido. No es mi cuerpo, no caben mis reclamos. Ya muchos ha recibido de quienes han creído que sí.

Pero igual tengo niebla en mi cabeza. Igual mi respuesta es mandar a mi hermano por unas cervezas. Igual -miserable adicta- le voy a tupir al clonazepam para seguir viviendo.

Cómo se parecen estos tiempos a un mar picado, sabiendo, como sé, que no sé nadar. Y cada ola me sepulta un poquito. Cada ola, también, me deja respirar.