Ya tengo que dejar los borradores guardados, porque luego no recuerdo las fechas reales de esas entradas a medio hacer.
Sigo embarazada. Ahora el feto se mueve con regularidad, se ha puesto de cabeza puntualmente, tengo una panza redonda como luna llena. Es una panza muy bonita, a decir verdad. Tira de mi piel como si fuera la primera vez que albergara un ocupante humano, pequeño, pero lleno de huesos, de órganos miniatura que funcionan como un milagro.
D ha crecido mucho también estos meses. Casi como su hermano. Su vocabulario se ha extendido como bacterias en un pan viejo. Crece en redes complejas que dan cuenta de su vida interior, casi siempre oculta por el iPad, su compañía en estos meses sin escuela en los que aprendió a nombrar virus, a usar cubrebocas y a aceptar que no hay juegos del centro comercial ni amiguitos en el parque.
También aprendió a declarar, en todos los contextos posibles, que su mamá está embarazada. Que por eso vomita, por eso tiene una barriga hinchada, por eso se mueve con dificultad y se va al hospital corriendo ante la urgencia de sentirse mal. Esto último no es nada tranquilizador a los treinta y cuatro años, me imagino que a los cinco y medio es una reverenda patada en el culo. La posibilidad de que tu mamá se vaya y no vuelva más.
Enferma, loca y harta, D me ha querido muchísimo de cualquier manera en estos años que tenemos de conocernos. Le he dado mi amor en los términos más absolutos de los que soy capaz como una forma de amarme a mí misma, de curar heridas de niños que no fueron abrazados jamás y que él no conoció. Le he amado, pues, de manera egoísta y caótica.
Voy a interrumpir esto y postearlo de cualquier manera. Tengo hambre y sueño (otra vez).