Estoy buscando salmos.
También estoy paralizada, tratando de saber qué decir, qué hacer, a qué hora correr.
No puedo.
viernes, 21 de diciembre de 2018
lunes, 19 de noviembre de 2018
Días de otoño en tiempos revueltos
Mi casa está silenciosa. No sé si el año entrante seguirá siendo mi casa, pero he decidido hacer lo humanamente posible para que así siga.
Es un día de tregua, o al menos así lo siento. Mi madre ha regresado a su casa y he pasado los días con Diego, cada vez menos bebé y más compañero. Fuimos a la sierra y me atrevo a pensar en que fuimos felices ahí, correteando con las perras, haciendo picnic o "pini", como él dice. Cada día, especialmente los días "malos", estoy un poquito más convencida de lo providencial de mi pequeña familia, de este raro privilegio de ver crecer a las células que me habitaron y que hoy son voluntad y verbo, carne y alma que salta y se regocija. Porque Diego es un niño feliz, o al menos me lo parece. Se acurruca a mi lado en el sillón como un gatito, arma rompecabezas, descifra el mundo, aprende palabras nuevas en esa escuela privada que le elegí nada más porque se encuentra en las montañas.
Es un día bueno, precisamente porque, como todos los fines de semana que me quedo a solas con mi hogar después de días de mucha saturación emocional, la ansiedad me apresa. Pero no me vence ya. He aprendido a reconocerla, a darle sedantes, a dejarla salir en forma de carreras demenciales, ejercicio o a invitarle una copa de vino. He aprendido, sobre todo, a hacerme responsable de mí misma y de mi hijo, sin necesidad de demandar el auxilio absoluto de algún interés romántico.
Las nubes de tormenta (nunca he usado mejor esa imagen tan común) siguen en el horizonte, sé que se acercan. Anuncian los cambios, lo irremediable. Pero (quizá sea el chocolate con vino tinto) por hoy sé que las atravesaré y seré fuerte para los míos, sé que la fuerza viene del amor y que el amor no es ingenuo ni trágico, pero sí constante.
Diego a veces me dice: ya no te quiero nunca más. Yo le contesto que está bien, que yo sí lo quiero aunque me enoje, aunque se enoje. Y tal vez no sea capaz de lograr otra cosa en esta vida, tal vez estoy muy cansada y empecé todo demasiado temprano y ya no me queden ganas de dejar el cuerpo y las horas empezando otra vez, pero sí estoy orgullosa de esta maternidad y este amor.
Acabo de ver Briget Jones otra vez y aunque amo mucho al personaje, con sus muslos abundantes, su torpeza y su fe en el amor abstracto de un hombre, porque refleja tanto de mí misma, también me distancio de la protagonista. Tal vez pueda disfrutar de mis Daniel Cleaver, de los que pasan por mi vida ofreciendo orgasmos, charlas apasionadas, risas, hasta ternura. Siempre voy a estar enamorada de sus pasiones, siempre voy a tener esas horas largas conmigo. Sus espaldas, sus risas, sus miradas, sus historias. Pero quizá sea buen momento aceptar que a mis treinta y tres años, no los necesito. También que el corazón y la intimidad no son para ellos, a lo mejor nada más porque estoy decididamente rota y soldé mal. Porque los elijo igualmente rotos e inhabilitados para amarme. Ahora, en lugar del culparlos por lo que no pueden ser, quizá aprenda a gozarlos y dejarlos ir con apenas una sonrisa, una llorada de tarde y algo de nostalgia.
viernes, 2 de noviembre de 2018
Día de muerte
Es peculiar, creo, o al menos una coincidencia macabra, que hoy hayan entregado los primeros resultados concluyentes del cáncer de mi madre. El tumor original, parece ser, sí está en el seno.
(Este quería ser un post de fb, pero nomás de imaginarme las palabras de simpatía o consuelo me dieron arcadas; en eso me parezco a mi madre).
Metástasis. Eso lo supimos después del jueves aquel. Primero malignidad, luego, metástasis y origen indeterminado. Las células invasoras de origen desconocido. Un chingadazo tras otro, una realidad más horrenda que la anterior cada semana y ni siquiera ha comenzado el tratamiento.
Madre dice que no quiere quimioterapia. Esa idea me trajo con náuseas durante semanas, y ahora las siento otra vez. Piernas de chicle, ganas de gritar, ganas de quemarlo todo. Estoy llena de rabia. Ella no se puede morir ¿me explico? La afirmación ni es verdadera, ni es racional, pero es la única que encuentro para verbalizar mi pinche vértigo. No, señora, usted no tiene derecho de hacerme sentir esto, no puede abandonarme emocionalmente en la infancia y salirme con esto como un truco final, como un mago que se envuelve en su capa para desaparecer después de sacar al conejo del sombrero. O hacerlo en chile rojo, que para el caso es lo mismo.
No se puede morir ahora que ya no hay golpes, ni humillaciones, ni carencias. No se puede morir ahora que tiene seis nietos en este mundo y todos la adoran. Lo que más rabia me da es que ella parece, justamente, desear el final y luego me siento mierda por que hasta su actitud ante la enfermedad me cause resentimiento.
Quiero decirle: no nos dejes sin luchar. Aguanta. Pero qué putada es eso, qué putada decirle eso a alguien que tiene el cuerpo invadido. No es mi cuerpo, no caben mis reclamos. Ya muchos ha recibido de quienes han creído que sí.
Pero igual tengo niebla en mi cabeza. Igual mi respuesta es mandar a mi hermano por unas cervezas. Igual -miserable adicta- le voy a tupir al clonazepam para seguir viviendo.
Cómo se parecen estos tiempos a un mar picado, sabiendo, como sé, que no sé nadar. Y cada ola me sepulta un poquito. Cada ola, también, me deja respirar.
(Este quería ser un post de fb, pero nomás de imaginarme las palabras de simpatía o consuelo me dieron arcadas; en eso me parezco a mi madre).
Metástasis. Eso lo supimos después del jueves aquel. Primero malignidad, luego, metástasis y origen indeterminado. Las células invasoras de origen desconocido. Un chingadazo tras otro, una realidad más horrenda que la anterior cada semana y ni siquiera ha comenzado el tratamiento.
Madre dice que no quiere quimioterapia. Esa idea me trajo con náuseas durante semanas, y ahora las siento otra vez. Piernas de chicle, ganas de gritar, ganas de quemarlo todo. Estoy llena de rabia. Ella no se puede morir ¿me explico? La afirmación ni es verdadera, ni es racional, pero es la única que encuentro para verbalizar mi pinche vértigo. No, señora, usted no tiene derecho de hacerme sentir esto, no puede abandonarme emocionalmente en la infancia y salirme con esto como un truco final, como un mago que se envuelve en su capa para desaparecer después de sacar al conejo del sombrero. O hacerlo en chile rojo, que para el caso es lo mismo.
No se puede morir ahora que ya no hay golpes, ni humillaciones, ni carencias. No se puede morir ahora que tiene seis nietos en este mundo y todos la adoran. Lo que más rabia me da es que ella parece, justamente, desear el final y luego me siento mierda por que hasta su actitud ante la enfermedad me cause resentimiento.
Quiero decirle: no nos dejes sin luchar. Aguanta. Pero qué putada es eso, qué putada decirle eso a alguien que tiene el cuerpo invadido. No es mi cuerpo, no caben mis reclamos. Ya muchos ha recibido de quienes han creído que sí.
Pero igual tengo niebla en mi cabeza. Igual mi respuesta es mandar a mi hermano por unas cervezas. Igual -miserable adicta- le voy a tupir al clonazepam para seguir viviendo.
Cómo se parecen estos tiempos a un mar picado, sabiendo, como sé, que no sé nadar. Y cada ola me sepulta un poquito. Cada ola, también, me deja respirar.
viernes, 28 de septiembre de 2018
Tiempo
He estado leyendo un poemario chiquito de Alaíde Foppa sobre las palabras y el tiempo, en estos días en los que parece que todo se detuvo por un grupo de células que creció sin control bajo la axila de mi madre. No sé muy bien qué es el cáncer, sólo sé que se anuncia con tejidos invasores que se niegan a morir como cualquier célula. No sé si mi mamá tiene cáncer, pero los médicos han estado mirándonos a los ojos con seriedad desde los escritorios, pronunciando las palabras "probable" y "maligno".
Entonces, precipitados todos en nuestro terror a esas palabras, acudimos a un servicio privado de salud, rápido e igualmente desalentador. Lo que iba a ser la extracción de un ganglio sobrecrecido terminó en una herida del tamaño de mi cesárea, masas ocultas removidas, con un penn rose sujeto por hilo quirúrgico a un extremo. Otro movimiento de cabeza. La concentración tan alta de células en el tejido parece cáncer.
Antes de la certeza, tenemos este paréntesis que debe durar diez días y lleva tres. Un tiempo de acarrear cubetas, llevar vasos con agua, limpiar heridas, cambiar vendajes, poner ropa, quitarla, fregarla con cloro para que suelte los pigmentos de la sangre, trenzar el pelo abundante de mi madre y sentirla realmente frágil por primera vez en mi vida.
Se me ha ido la ira, el rencor por nuestra historia espinosa se me hizo miedo. Miedo y rabia porque, por más que una sepa que el fin de la vida puede estar en la esquina, llegar a casa a media noche, presentarse brutal o absurdo, no puede evitar imaginar, desear, hacer planes. Me dio rabia pensar que mi hijo de tres años tal vez no tendrá un santuario para su rebeldía adolescente en forma de mujer bajita y rechoncha de ojos amielados que nadie heredó. Me da rabia que la vida no parezca querer darle tregua a una mujer que ya tuvo que padecer todas las violencias externas y ahora tenga que afrontar a su propio cuerpo sabotéandole el ánimo.
Y aun así agradezco el paréntesis, la oportunidad de cuidar, de dar masajes en los brazos que siento menguados, de cepillar el pelo que empieza a adelgazarse por motivos que desconozco. Porque todavía es todo mirar películas cursis y acomodar frazadas, aunque ya esté dejando yo el cuerpo en la empresa, que me duele como cuando trabajaba dieciséis horas en el café o como aquella vez que hice rappel y senderismo sin saber en qué me estaba metiendo.
Miro a mis hermanos, a mi papá, revolverse como palomas asustadas. Unos más que otros. P, el mayor, el que ha tenido la relación más complicada con mi madre, la más dolorosa y llena de sentimientos encontrados, ha comenzado un bombardeo de frases motivacionales y sugerencias dietéticas para alejar a la desgracia. Me recuerda a mí misma, a los siete años, dándole a él toda clase de razones para dejar de fumar. Como si los datos científicos o tener la razón sobre algo nos pudieran dar algún tipo de control sobre la vida que se retuerce como culebra y encuentra su cauce, como si un argumento pudiera convencer a quien amamos de dejar de hacerse mierda.
Pero lo entiendo. Entiendo bien de dónde viene este frenesí por hacer, que nos da la ilusión de influir sobre el contenido del sobre que van a entregarnos el jueves.
Happy birthday to me.
domingo, 23 de septiembre de 2018
Silencios
1. Los árboles se suceden en la mañana fría, es un pequeño desfile vertiginoso el de la ventanilla del coche. D está sentado en su asiento para niños pequeños, la luz casi plateada de esta hora ilumina su carita ovalada con tintes de documental o de película hiperrealista del cine mexicano de los noventas.
Habla de los colores: red es rojo en inglés, ese autobús es white, los árboles son green, vamos a rebasar ese carro, mamá.
A veces está de fondo el soundtrack de Cars 3, últimamente Pedro Guerra, otras el radio. No-tan-discretamente intento mostrarle a mi hijo la música que me emociona. A veces callamos por minutos y vemos la mañana llena de escolares transcurrir mientras subimos hacia la montaña. Lo sorprendo por el retrovisor, atento a la calle. Me cuido de interrumpir su observación del mundo, que tanto me recuerda a mis elucubraciones sobre los nombres de los desodorantes que llegamos a vender en la papelería de mi infancia.
2. Apenas sube al asiento del copiloto, M comienza el relato de la semana, apenas motivado por un par de preguntas más bien tontas y llenas de lugares comunes que le hago. Describe cómo le enfurece la injusticia del mundo, su lectura de Fausto, la felicidad que le inunda al usar ese cuerpo flexible de veintiún años bailando y jugando al fútbol.
El tráfico y la lluvia alentan el trayecto, también vuelven incierto el destino. Hemos quedado en tomar café esta tarde y las expectativas están en el aire. Descubre a Hombres G en la memoria del estéreo y sube el volumen. Canta. Yo apenas tarareo por lo bajo. "¿Y tú?", me espeta de pronto. "Háblame de ti". Le digo que no tengo un discurso preparado sobre mí misma. Ríe y me dice que lo sabe.
3. Hemos pasado juntos la tarde, y me he enamorado un poco cuando expuso su lectura de Cuerpos en la presentación del poemario (me gusta esa palabra, que suena a rosario de poemas). Son las ocho de la noche y comemos esquites, pido el mío con chile del que no pica.
Le cuento de M y su pregunta. J se ríe y dice con sorna que tal vez tendría más qué decir si hubiera fundado una revista en la Facultad de Letras. Le contesto que lo mío es ser espectadora. Prefiero escuchar.
Nunca me subí a una mesa en medio de la peda a declamar un poema y una vez conocí a una mujer extraordinaria, una superviviente del nazismo viviendo en medio del Bajío porque así son esas vidas.
Ella me dijo, rodeada de discos de ópera y libros, en sus últimos años, que había pospuesto el ejercicio de la escritura hasta que dejara de encontrar cosas interesantes para leer. A los noventa y tres años eso no había sucedido aún. No fue un consejo, pero lo tomé como tal. Al menos en parte. Me dedico a escuchar y venir aquí, a llevar la escritura como una herida oculta y vergonzante.
jueves, 23 de agosto de 2018
¿Cuántas veces es lícito dejarse acariciar por un recuerdo?
Odio ser mujer. Odio estar entrenada para recordar los detalles de una piel sudorosa y una lengua tersa, mientras aparento mesura.
domingo, 29 de julio de 2018
Historia sin cabeza.
Empezó como algo casual. Que es como todo empieza en una red social semianónima. Andaba buscando a quién leer para odiar y lo encontré a él. Había llegado a mi TL arrastrado por una ola de mame sobre los tríos y leí completos sus relatos sobre encuentros sórdidos en hoteles de paso con parejas hetero, salpicados de honestidad sobre las buenas posibilidades teóricas de la bisexualidad y la atroz dificultad para ponerlas en práctica.
Se exhibía como cínico y marginal, a veces hasta violento, siempre agudo, aunque un tanto inverosímil por la ortografía impecable. Una deliciosa sarta de opiniones impopulares que, no obstante, no llegaban a hacerlo parecer un cerdo.
Fue en noviembre. Me estaba desahogando de la rabia provocada por un imbécil acosador de la vida real y apareció en mi bandeja de mensajes privados con una oferta tentadora: podía desaparecer al culero por una suma que se me antojó bastante módica. Desafortunadamente, no trabajaba fuera del área Metropolitana.
La oferta tuvo, sin embargo, un extraño efecto en mí. Pude sentir claramente la humedad creciendo en mi entrepierna y el flujo de sangre hacia mi pelvis. Tuve que ir a la cuenta alterna a declarar "chacal sicario no, porque me enamoro alv". Supongo que fue la percepción de la testosterona fluyendo lo que me puso así. Este personaje combinaba, de golpe, las dos cosas que más me ponen en la vida: habilidad verbal y peligro.
Por aquel entonces yo iniciaba un intento de relación con E y no hice mucho caso. Fantaseé un poco con el usuario sin nombre ni cara y la excitación se desvaneció entre sentimientos del mundo real, ambiciones laborales y ocupaciones maternas.
Durante meses interactuamos esporádicamente en una forma que no me atrevería a llamar flirteo, pero de pronto denotaba empatía mutua. Me seguía gustando leerlo. Cada que me encontraba en algún destello de su relato de alma exhausta, disfrutaba el instante. Presentía una afinidad que me sigue resultando inasible, porque los intercambios de mensajes privados eran breves, puntuales, sin esas caracterizaciones generales del otro. Sin embargo, me dejaba ver su vida cotidiana a través de referencias explícitas que, sin embargo, revelaban poco.
Una noche, de esas que da la maternidad monoparental, me sentía particularmente caliente y frustrada, porque la lencería que planeaba usar cuando tenía pareja había llegado cuando coger era ya un recuerdo medio nebuloso. Me encontré bebiendo vodka y tomándome fotos enfundada en un ridículo conjunto rojo, sin saber a quién mandárselas. Mis dos opciones habituales parecían ocupadas, así que bajé la pantalla buscando reemplazos. No lo pensé mucho, gracias a mi amigo el vodka, y de pronto ya estaba obteniendo un par de comentarios mucho más respetuosos de lo que podría esperarse de un desconocido de internet en la madrugada. Como estoy bien pendeja para sextear, ahí quedó.
Otra noche de ebriedad con el teléfono en la mano, escribí al mundo: "send nudes". Y el mundo respondió con algunas dickpicks generosas. También le respondí incoherencias sobre las posibilidades sexuales de los jóvenes y su torso apareció en mi pantalla. "Yo te debía una", decía. El mensaje se quedó esperando a que lo viera hasta la mañana siguiente, porque no soy de esas personas que puedan desvelarse con alcohol encima.
Lo primero que noté fueron sus manos, de dedos largos y estéticos. Tenía la piel clara; la sombra cubría su cara, que dejaba ver apenas el contorno de una barba. No había grasa en su torso y los brazos de bronceado desigual aparecían marcados. Por alguna razón, lo que más me excitó de esa fotografía fue la camiseta negra colgando de su codo, a medio quitar, cubriendo su sexo.
Alabé la foto y creo que si hubiéramos estado de frente, nos habríamos reído, incómodos. Le dije que si no estuviéramos tan lejos tal vez valdría la pena ir a tomar algo, por los lols. Estuvo tímidamente de acuerdo. Pasó un mes.
Había llegado a su ciudad y como todo lo que pasa en mi vida, lo documenté en internet, esperando que él me leyera. Lo hizo. La primera noche envió un mensaje que sentí lleno de ternura, sobre el DF lluvioso. Me encanta que me digan obviedades como esa, porque cuando yo me atrevo a decir algo así es debido a que la emoción me gana y me pongo un poco idiota.
Con mi poco encanto le conté que la lluvia nos había recibido estrepitosamente, pero sobrevivimos. También le dije que me habría encantado verlo y, como otra vez estaba caliente, le mandé una foto en calzones, los cuales eran enormes, por cierto. Me disculpé por mi pobre imitación de Bridget Jones y empezó un sexting delicado, que a poco iba perdiendo la rigidez. Hasta que la pausa se fue extendiendo y yo me quedé extrañada ante la pantalla del teléfono, semidesnuda y sintiéndome completamente ridícula con el labial rojo aplicado ex profeso. Sexting interruptus. Y yo que pensaba que la virtualidad me salvaría de semejantes fiascos. Pues no. Los hombres también se quedan dormidos (o sin batería en el celular, como explicó la tarde siguiente) cuando están recibiendo fotos de las partes menos bronceadas de una desconocida.
Pensé que ese sería el justo punto final para la interacción de dos entes, aunque todavía me mataba de curiosidad ver su cara. En un último intento de revivir las cosas, se lo dije. Contestó que sí, pero más tarde. Supongo que, dos semanas después, no es muy probable que suceda.
Desde entonces, espío las manos de los desconocidos para ver si reconozco los dedos largos de la fotografía. Por las noches, me masturbo pensando en el hombre sin rostro, mientras imagino que los brazos y el torso que conozco me abrazan en la oscuridad y muerdo su boca, pero no le quito el pasamontañas, con el que relleno el espacio de las sombras. Es perturbador fantasear que te coge un hombre sin cabeza.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)