domingo, 23 de septiembre de 2018

Silencios


1. Los árboles se suceden en la mañana fría, es un pequeño desfile vertiginoso el de la ventanilla del coche. D está sentado en su asiento para niños pequeños, la luz casi plateada de esta hora ilumina su carita ovalada con tintes de documental o de película hiperrealista del cine mexicano de los noventas.
Habla de los colores: red es rojo en inglés, ese autobús es white, los árboles son green, vamos a rebasar ese carro, mamá.

A veces está de fondo el soundtrack de Cars 3, últimamente Pedro Guerra, otras el radio. No-tan-discretamente intento mostrarle a mi hijo la música que me emociona. A veces callamos por minutos y vemos la mañana llena de escolares transcurrir mientras subimos hacia la montaña. Lo sorprendo por el retrovisor, atento a la calle. Me cuido de interrumpir su observación del mundo, que tanto me recuerda a mis elucubraciones sobre los nombres de los desodorantes que llegamos a vender en la papelería de mi infancia.

2. Apenas sube al asiento del copiloto, M comienza el relato de la semana, apenas motivado por un par de preguntas más bien tontas y llenas de lugares comunes que le hago. Describe cómo le enfurece la injusticia del mundo, su lectura de Fausto, la felicidad que le inunda al usar ese cuerpo flexible de veintiún años bailando y jugando al fútbol.

El tráfico y la lluvia alentan el trayecto, también vuelven incierto el destino. Hemos quedado en tomar café esta tarde y las expectativas están en el aire.  Descubre a Hombres G en la memoria del estéreo y sube el volumen. Canta. Yo apenas tarareo por lo bajo. "¿Y tú?", me espeta de pronto. "Háblame de ti". Le digo que no tengo un discurso preparado sobre mí misma. Ríe y me dice que lo sabe.

3. Hemos pasado juntos la tarde, y me he enamorado un poco cuando expuso su lectura de Cuerpos en la presentación del poemario (me gusta esa palabra, que suena a rosario de poemas). Son las ocho de la noche y comemos esquites, pido el mío con chile del que no pica.
Le cuento de M y su pregunta. J se ríe y dice con sorna que tal vez tendría más qué decir si hubiera fundado una revista en la Facultad de Letras. Le contesto que lo mío es ser espectadora. Prefiero escuchar.
Nunca me subí a una mesa en medio de la peda a declamar un poema y una vez conocí a una mujer extraordinaria, una superviviente del nazismo viviendo en medio del Bajío porque así son esas vidas.
Ella me dijo, rodeada de discos de ópera y libros, en sus últimos años, que había pospuesto el ejercicio de la escritura hasta que dejara de encontrar cosas interesantes para leer. A los noventa y tres años eso no había sucedido aún. No fue un consejo, pero lo tomé como tal. Al menos en parte. Me dedico a escuchar y venir aquí, a llevar la escritura como una herida oculta y vergonzante.

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