viernes, 28 de septiembre de 2018

Tiempo

He estado leyendo un poemario chiquito de Alaíde Foppa sobre las palabras y el tiempo, en estos días en los que parece que todo se detuvo por un grupo de células que creció sin control bajo la axila de mi madre. No sé muy bien qué es el cáncer, sólo sé que se anuncia con tejidos invasores que se niegan a morir como cualquier célula. No sé si mi mamá tiene cáncer, pero los médicos han estado mirándonos a los ojos con seriedad desde los escritorios, pronunciando las palabras "probable" y "maligno". 

Entonces, precipitados todos en nuestro terror a esas palabras, acudimos a un servicio privado de salud, rápido e igualmente desalentador. Lo que iba a ser la extracción de un ganglio sobrecrecido terminó en una herida del tamaño de mi cesárea, masas ocultas removidas, con un penn rose sujeto por hilo quirúrgico a un extremo. Otro movimiento de cabeza. La concentración tan alta de células en el tejido parece cáncer. 

Antes de la certeza, tenemos este paréntesis que debe durar diez días y lleva tres. Un tiempo de acarrear cubetas, llevar vasos con agua, limpiar heridas, cambiar vendajes, poner ropa, quitarla, fregarla con cloro para que suelte los pigmentos de la sangre, trenzar el pelo abundante de mi madre y sentirla realmente frágil por primera vez en mi vida. 

Se me ha ido la ira, el rencor por nuestra historia espinosa se me hizo miedo. Miedo y rabia porque, por más que una sepa que el fin de la vida puede estar en la esquina, llegar a casa a media noche, presentarse brutal o absurdo, no puede evitar imaginar, desear, hacer planes. Me dio rabia pensar que mi hijo de tres años tal vez no tendrá un santuario para su rebeldía adolescente en forma de mujer bajita y rechoncha de ojos amielados que nadie heredó. Me da rabia que la vida no parezca querer darle tregua a una mujer que ya tuvo que padecer todas las violencias externas y ahora tenga que afrontar a su propio cuerpo sabotéandole el ánimo.

Y aun así agradezco el paréntesis, la oportunidad de cuidar, de dar masajes en los brazos que siento menguados, de cepillar el pelo que empieza a adelgazarse por motivos que desconozco. Porque todavía es todo mirar películas cursis y acomodar frazadas, aunque ya esté dejando yo el cuerpo en la empresa, que me duele como cuando trabajaba dieciséis horas en el café o como aquella vez que hice rappel y senderismo sin saber en qué me estaba metiendo.

Miro a mis hermanos, a mi papá, revolverse como palomas asustadas. Unos más que otros. P, el mayor, el que ha tenido la relación más complicada con mi madre, la más dolorosa y llena de sentimientos encontrados, ha comenzado un bombardeo de frases motivacionales y sugerencias dietéticas para alejar a la desgracia. Me recuerda a mí misma, a los siete años, dándole a él toda clase de razones para dejar de fumar. Como si los datos científicos o tener la razón sobre algo nos pudieran dar algún tipo de control sobre la vida que se retuerce como culebra y encuentra su cauce, como si un argumento pudiera convencer a quien amamos de dejar de hacerse mierda.

Pero lo entiendo. Entiendo bien de dónde viene este frenesí por hacer, que nos da la ilusión de influir sobre el contenido del sobre que van a entregarnos el jueves.

Happy birthday to me. 

No hay comentarios: