miércoles, 25 de abril de 2018

Las cosas acaban.

¿Tendría que haber un final?
No lo sé.

Sé que soy intolerante y que la pasión me duró poquito. Ah, qué profética me volví cuando escribí de puro ardor que ya me había comprometido con la soledad. Hoy escribo desde mi mesa de comedor, con un vino rancio porque ya no hay más. ¿Será posible considerar a la soltería una vocación o es una pobre excusa para no construir vida con una pareja, como animalitos del arca de Noé? Porque de estos ires y venires, de mis propios exabruptos, me convenzo que el amor es una cuestión de pura voluntad, de ganas de sobreponerse a las exigencias del otro y construir un lugar, un cobijo.

Lo malo de mí es que me da por patear el cobijo si viene acompañado de cosas que para mí son inaceptables. Si me siento atacada, fiscalizada, huyo, aunque mi interlocutor tenga la mejor de las intenciones, aunque su manera de querer esté moldeada por una cierta brusquedad que me es tan familiar y por lo mismo tan repelente.

La verdad es que me da pena que un amor pase tan sin registro, que sea tan fácil dejar atrás las conversaciones, las vulnerabilidades, el delirio, todos los pedacitos de corazón que se ponen en manos del otro. No es que sea siempre así. He querido tercamente, sólo que no le tocó a E.

Puede también que la razón de que todo se haya ido a la mierda sea algo mucho más visceral, instintivo. Siento, desde que parí, que no puedo amar ni relacionarme con alguien que no quiera a mi hijo, y que lo trate con respeto. Tal vez E quería quererlo, pero cómo saber, si su cariño estaba todo salpicado de insultos que querían ser juguetones y a mí sólo me resultaban hirientes y enfurecedores.
Hay dentro de mí una profunda intolerancia, un instinto de defensa que se activa ante la mínima sospecha de que algo pueda hacerle daño a mi bebé. Y ahí quedó la cosa. Lo que no he podido decir de frente, y me pesa, pero siento la profunda necesidad de guardar silencio.


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